- HISTORIAS DE SEXO (O CASI) -

LA VENTANA

Por: Jorge Alberto Durán Ramírez

 Lunes 2 de mayo.

 Llevo una semana aquí, encerrado entre cuatro paredes, sin otra cosa para hacer que ver montones de papeles, pilas enteras se levantan hasta llegar al techo. Todavía no entiendo por qué mi jefe me mandó a este lugar, en realidad nada más le menté la madre, ¡pero se lo merecía!, le pedí un aumento y lo único que hizo fue reírse. Ni modo, se enojó y me quiere castigar encerrándome, seguramente espera que vaya de lambiscón a pedirle perdón, quiere que bese el suelo donde pisa, como los demás, pero no lo va a lograr, ni una palabra saldrá de mi boca.


¡A que suerte la mía!, pero eso me pasa por bocón, me hubiera quedado callado, pero en realidad me hace falta el dinero, si fuera rico no tendría que trabajar, me dedicaría a rascarme el ombligo o vendría aquí con los costales de billetes y las monedas y pasaría el día contándolos, con la puerta abierta para que todos se murieran de envidia y cuando mi jefe viniera lo mandaría a la chingada y le aventaría el dinero a su carota de mono.

Vino la señorita Pérez, guapa la muchacha pero muy apretada, apenas si me saluda y casi ni me mira, dejó algo sobre la mesa y corrió las cortinas diciendo “esta muy obscuro, ¿porqué no las abre?”. La luz que inundó la habitación lastimó mis ojos. De tanto papel que hay ni cuenta me había dado, una ventana grande, inmensa, ocupa casi una pared entera, me acerqué a ella y estuve observando, desde aquí puedo ver hasta donde termina la ciudad, las casas, los árboles, y al fondo los cerros, ahorita se ven verdes por que es temporada de lluvias, luego se verán amarillos y así estarán por mucho tiempo hasta que llueva y el verde renazca.

Lo que vi a través de la ventana me dejó impresionado, no porque fuera nuevo, sino porque lo veía distinto, y si ahora lo escribo es porque nadie me escucharía y si lo hicieran no lo entenderían, desde aquí se puede contemplar como pasa el tiempo, cómo los días se van acumulando en una ciudad que está envejeciendo, ver cómo la gente se mueve a través de la calle, de la vida, mientras yo estoy aquí, avejentándome, como la ciudad.

Es hora de la salida, lo único bueno de este día fue haber descubierto un mundo distinto.

Martes 3 de mayo.

Lo primero que hice al llegar fue correr las cortinas, no prendí la luz para permitir que el día entrara poco a poco, estuve sentado frente a la ventana viendo cómo el panorama va cambiando conforme el sol va levantándose, el verde de los montes va subiendo en intensidad, pareciendo en un momento que la luz salía de la misma tierra; caso contrario ocurre con la ciudad, mientras más alto el sol más grises se muestran las calles, a ellas les da vida el movimiento de gente y coches, si las calles estuvieran vacías la ciudad sería mucho más triste que un desierto o un mar, ambos monótonos pero vivos.

Pasé casi toda la mañana sentado, observando, sin pensar, es ahora cuando estoy escribiendo que las ideas salen, siempre que observo algo prefiero poner la mente en blanco, procuro que ningún pensamiento interrumpa lo que mis ojos ven y oyen, es como si tomara fotografías, las imágenes van quedando plasmadas en mí, no sólo en el cerebro sino en todo el cuerpo, me invaden totalmente, de tal manera que cuando recuerdo, vuelvo a vivir la sensación y no sólo es un pensamiento común y corriente.

Cuando el cuarto estaba totalmente iluminado me di cuenta que los papeles que me rodeaban eran el espectáculo más feo que algún humano pudiera ver, así que me dediqué a acomodarlo exactamente en la esquina contraria a la ventana, a pesar de ser un lugar pequeño este acomodo hizo que el espacio se ampliara, casi me sentí a gusto de estar encerrado, la opresión que me ocasionaban estos muros era sofocante, repugnante, en cambio ahora hasta agradable me parece, después de todo casi paso una tercera parte de mi vida aquí, dizque trabajando.

 Miércoles 4 de mayo.


 

 Hoy nuevamente al llegar abrí las cortinas sin prender la luz, pero en vez de sentarme viendo la calle le di la espalda a la ventana, la luz fue invadiendo lentamente este cuarto, lo último que se iluminó fueron los papeles. Me gustó ver como las cosas van cambiando conforme se dibujan con la luz. Si los rayos solares llegaran a nuestro corazón seguro la vida se vería diferente, los problemas y esas cosas tendrían otra dimensión.

Después que el sol iluminó todo, me dediqué a ver la calle, las gentes caminando, ignorándose unos a otros, los coches tratando de ser los primeros en pasar, en estacionarse, las casas que se encuentran en la acera de enfrente, unas solas, de ricos tal vez, otras son departamentos. Justo frente a mi ventana hay una vecindad, junto con el día las casas comenzaron a vivir, primero una señora barriendo, después otra lavando y tendiendo ropa, niños y hombres salen corriendo a la escuela y al trabajo, después de este trajín hay cierta calma. Es chistoso ver como la gente se comporta cuando cree que nadie la ve, se rasca la panza con gran placidez, se acomoda la ropa, se limpia la nariz con los dedos, se baña a cubetazos, se arregla, se peina, hacen muecas, se mete los dedos a la boca para limpiarse los dientes y después se los chupa, saboreando los restos de la comida.

Afuera de la casa el mundo corre a un ritmo distinto al que se vive adentro, las labores cotidianas son su vida, si las señoras no tuvieran que cocinar y limpiar seguro no sabrían que hacer con su tiempo, se pasearían fodongas por la casa, los niños que todavía no van a la escuela son corridos de sus camas y viajan al patio a reunir sus soledades, el escándalo que hacen no rompe la monotonía hogareña. Sus juegos evitan que se enfrenten a la realidad que viven sus familias, son ajenos a todos los problemas, la vida en el patio sólo los prepara para luchar, aprenden a pelear, a defender sus cosas, se enseñan que el mundo es del más fuerte y que los débiles sirven para trabajar por los otros.

Nuevamente llegó la Pérez como todos los días, dejó algo en la mesa y se salió, también llegó mi jefe, vino con otras dos personas, entraron sin tocar, se pusieron a verme, yo fingí estar trabajando, intercambiaron algunas palabras que no pude entender, cuando salieron volví a ver la ventana y con ello a la vida.

Estoy contento de tener ojos, ellos son mi escape de estas cuatro paredes, mientras veo la calle me olvido que estoy encerrado, el tiempo pasa más rápido, casi ni existe.

Jueves 5 de mayo.

 Desde el principio me puse a ver la vecindad, la ventana es lo suficientemente grande como para que vea a través de ella sin darme cuenta que yo estoy encerrado, y como la oficina esta en el cuarto piso es como si volara por encima de las casas observando lo que sucede en ellas.

Me acuerdo cuando niño, en el catecismo me enseñaban que Dios todo lo veía, ahora yo me sentía igual, la vecindad era mi creación y yo la vigilaba. El primero en salir fue el señor del 6, de traje corriente, corbata con el nudo mal hecho, cigarro en la boca, portafolios en mano, en la puerta de su casa quitó el cigarro de su boca y exhalando el humo besó a su mujer, una señora que en lugar de cara tenía una pasta verde (me pregunto si para no oler a tabaco), con pasos apresurados se dirigió al zaguán, vio a ambos lados y con los mismos pasos se encaminó a tomar uno de los colectivos, lo acompañé hasta la esquina y hubiera esperado a que abordara su transporte pero un movimiento en la casa me hizo abandonarlo.

Del departamento 5 salió una hilera de niños, dos hombres y tres mujercitas, todos ellos uniformados con tela a cuadros bien planchadita, igual que el cabello de los niños, pegados con no-se-qué y brillosos, si el sol estuviera en lo alto seguro me deslumbrarían, las niñas con sus trenzas bien hechas rematadas con moños rojos, todos ellos distintos entre sí pero se veían que eran hermanos, cosas de la naturaleza, mientras el más grande era alto y gordo, la más pequeña era menudita. Todos se formaron frente a su puerta y la madre les dio una bendición y una moneda, una bendición y una moneda, total cinco bendiciones y cinco monedas. Tomados de la mano recorrieron el tramo que los llevaba a la vida exterior, se detuvieron en el zaguán, voltearon a ver a su mamá, le dijeron adiós con las manos y caminaron hacia la esquina, apenas dejaron la puerta rompieron la formación, el más grande tomó a la chiquita de la mano y caminó rápido gritando al resto de los hermanos que ya estaban peleando por el dinero, dejando la bendición en la puerta.

Al llegar el gordo y la menuda a la esquina, aquel chifló mientras ésta se tapaba los oídos, como caballitos los hermanos arrancaron a correr para dar alcance a los extremos familiares, ahí se perdieron todos.

Por un momento mis ojos no supieron dónde descansar hasta que frente a la vecindad se detuvo un auto, de él bajó una rubia con peluca, minifalda y bolso, rodeó el coche y metió la cabeza por la ventanilla del conductor y mientras ella besaba una boca con bigote una mano le tocaba las nalgas y la otra le metía unos billetes entre los senos. Sin más, retiróse del auto y se introdujo a la vecindad, su andar reflejaba el cansancio de una noche aburrida de sexo.

Se metió en la casa número 7, justo cuando de la 4 salía un hombre de overol, despeinado, con una bolsa de papel en la mano, alcanzó a ver el trasero que se dirigía a descansar, con la lengua se humedeció los labios y con la mano libre se rascó los testículos, se quedó viendo la puerta cerrada de su vecina y caminó a la salida, volviendo la cabeza esperando a ver si salían las nalgas de sus sueños eróticos. Casi choca con una señora que salía del 3 con tubos en la cabeza y escoba en mano, intercambiaron saludos y mientras el uno salía la otra se dedicó a barrer el polvo del patio, depositando todo lo barrido frente al 7, “basura con basura” debió estar pensando.

Al poco rato salió otra mujer, del 8, con el mismo disfraz y juntas, entre el vaivén de la escoba, se pusieron a chismorrear; no acababan su labor cuando unos niños invadieron el patio, siete chiquillos comenzaron a correr y gritar pateando la basura y esparciéndola nuevamente por todo el patio. Yo traté de adivinar de donde habían salido pero no tenía idea, todos eran igualitos, mocosos, despeinados, mal vestidos, panzones; desde mi ventana no podía saber si eran niños o niñas, entre ellos se trataban igual, empujones, pellizcos, patadas, besos y abrazos se repartían sin miramientos, por momentos jugaban juntos, al rato se dividían, se peleaban entre ellos, se volvían a juntar, se quedaban hablando largo tiempo, a continuación como explosión, volvían a las andadas, a los gritos, a las risas, al llanto.

Viéndolos corretear traté de pensar en mi niñez y me pregunté a donde habían quedado esos recuerdos, en mi mente no quedaba nada, traté de pensar, me forcé a rememorar algún momento, y sólo logré dos imágenes, algo difusas, la primera cuando mi padre llegó con un caballo de madera y con ternura me quitó el miedo que ese aparato me producía, no se si me subí o no; el otro recuerdo fue algo así como mi madre besándome en la frente, me arropaba para dormir.

¿Adónde quedaron los recuerdos, a dónde mis padres, mi infancia?. Todos ellos estaban borrados, a mis padres la última vez que los vi fue cuando les anuncié que me casaría, me advirtieron que esa no era mujer para mí, que no lo deseaban pero que me iba a ir mal. ¡Cuánto diera por haberles hecho caso! Los dejé de ver “para no perturbar mi matrimonio”, con el tiempo me dio pena regresar para decirles que tenían la razón.

Cuando nacieron mis hijos me prometí llevarlos a conocer a sus abuelos, pero por angas o por mangas nunca me atreví. Hoy no sé si viven, si están muertos y quien los enterró; algunas noches sueño que vienen a verme, sin decir palabra, me ven y lloran, mi padre abrazando a mi madre, yo los observo, les pido perdón, me hinco, les beso los pies, pero ni me perdonan ni dejan de llorar. Entonces me levanto y les miento la madre y me despierto llorando y pidiendo perdón.

Los perdí igual que mi niñez, con los años, con la dejadez de alguien que vive sin razón, sin más motivo de vivir que el tener miedo a la muerte.

Ese escándalo de los niños de la vecindad, que nunca escuché con los oídos pero si con el corazón, me hizo pensar en mis hijos, esos que por salir a trabajar no vi como crecieron, como se divirtieron, ni como se enfermaron, ni como su madre volvió contra mi. Para ellos yo solo era un señor que llevaba dinero a su casa, sus cariños sólo aparecían cuando necesitaban algo, Por lo menos así logré sentirlos porque su madre ni siquiera por favor me pedía lana, bastaba abrir la puerta para escuchar una larga lista de necesidades y problemas, la comida me pasaba a la fuerza por la garganta, comía sin hambre, porque aprendí que si me negaba a tragar lo servido, las quejas seguían hasta altas horas de la noche.

Por esa razón opté por quedarme a trabajar horas extras, para no oír lamentos y tener dinero con que callarlos inmediatamente, por eso dejé perder la oportunidad de ser padre, de sentirme importante, de ser útil.

Este día sí me divertí, la alegría de los niños me iluminó el corazón y la vida, los gritos de las madres llamando a los chamacos les rompió el encanto a ellos pero a mí se me quedó adentro. El resto del día ya no sé que pasó, mis ojos estuvieron en la vecindad, vi entrar y salir gente, pero mis pensamientos se fueron a donde la alegría se resguarda de la tristeza.

 

Viernes 6 de mayo.

 

Tan pronto llegué, tomé mi lugar de observador, acerqué más el sillón a la ventana, toqué el frío y limpio cristal, quise sentir que en realidad estaba yo frente a una ventana y que no me encontraba volando, la sensación helada recorrió mi dedo, brazo, cuerpo, ¿será la muerte así?, ¿fría?, ¿te recorrerá el cuerpo mientras tus pensamientos se pierden en la inmensidad?

En eso estaba cuando la vecindad comenzó a vivir, nuevamente el trajeado con su mujer enmascarada; la “Pelucas” bajando de un auto distinto, el mismo beso pero otras manos tocando sus nalgas y metiendo dinero el caminar cansado hacia la cama; otra vez el rascar de testículos, el vaivén de las escobas y los niños con sus juegos infantiles.

Largo rato los estuve observando, se sentaron a platicar, ¿qué se dirían?, ¿qué hablaban tan importante, para tenerlos tanto tiempo sentados?, lamenté no poder oírlos ni enfrascarme en sus palabras, en sus juegos, ¿porqué tiene uno que crecer?, ¿porqué se debe perder la ingenuidad y se vuelve uno desconfiado, cuidadoso de lo que se dice y hace?

Hoy salió una jovencita, se notaba arreglada, como para ir a trabajar, lentamente caminó hacia el zaguán dando los últimos toques a su arreglo, con un andar seguro, lento, confiada abandonó la puerta del departamento 3 para enfrentar la vida, se veía que apenas había dejado su niñez en algún lado, muy joven para trabajar, muy tierna para los lobos que andan sueltos. Cuando llegó a la esquina, un señor se le acercó y le preguntó algo, ella contestó rápidamente siguiendo su andar, él la miró largo tramo y después caminó tras ella.

La mañana fue tranquila en la vecindad, nuevamente llegó la Pérez a mi cuarto, con su carga, me dijo algo, debía de tomar lo que llevaba pues si no el jefe se enojaría. No contesté, cuando salió vi que era un vaso con agua y una pastilla, la tomé porque se veía bonita, quien sabe para que chingáos sería pero no me hizo ni bien ni mal, para evitar problemas decidí tomármela mientras la trajera, no fuera a ser que el jefe encerrara a la Pérez también.

Volví a la ventana, cerca del grupo de niños estaba sentado uno en silla de ruedas, el grupito se levantó y se dirigió a él, uno de ellos, el más grande empezó a empujar la silla, correteando a los demás, el inválido primero se rió pero después el juego fue más brusco, parece que le dio miedo y empezó a gritar y manotear, del 4 salió una señora y diciendo cosas, corrió a los niños quienes despavoridos se fueron a meter quien-sabe-donde, mientras la señora siguió gritándole a su hijo inmóvil, como si fuera el culpable de la crueldad de los otros chamacos, con un bofetada lo empujó hasta meterlo en su casa, al rato salieron nuevamente los niños y siguieron jugando al toro.

A medio día salió la mujer enmascarada con pañoleta en la cabeza y bolsa de mandado, cuando pasaba por el 2 salió por la puerta una señora con aires de solterona, avejentada pero digna, juntas se dirigieron a comprar la comida, chismorreando animadamente.

Al poco rato, del 8, salió una niña con uniforme de secundaria, muy arregladita, a leguas se veía que intentaba verse como señorita pero la cara desmentía el arreglo, en la esquina estaba un mocoso igual que ella, le dio un beso fugaz en la boca y tomados de la mano se perdieron entre coches y gente. Seguro era su primer novio, cuanta candidez hubo en ese beso.

Traté de pensar cuándo di el primer beso, pero lo único que recordé fue a una prostituta bajo de mí, leyendo “Lagrimas y Risas” y mascando chicle mientras yo me revolvía en su interior tratando de sentir alguna presión, o algo que provocara mi orgasmo, tampoco recordé como terminó ese encuentro.


 

De ahí, mi mente saltó a un cuarto de azotea prestado por alguien para llevar a mi novia, me vi entrando abrazándola para aminorar su miedo. Me habían dicho que una señorita apretaba más que una puta, creo que en ese entonces yo tenía 16 ó 17 años, ella tendría 15 pero con unos senos muy bien puestos para su edad, adentro del cuarto comencé a besarla y acariciarla, ella permanecía inmóvil, impávida, ¡imbécil vieja! parecía que no sabía a lo que iba, la desnudé casi a fuerza, yo solo me bajé los pantalones y me metí en ella, pegó un grito y después siguió quieta hasta que acabé. Esa vez tampoco sentí, en mi ignorancia pensaba que coger era lo mismo que hacer el amor, no sabía que para disfrutar del sexo había de sentir más amor que pasión; ahí quedó su virginidad y mi soltería. A los 18 años era un hombre casado con una vieja panzona, creí que el hijo que esperaba sería el comienzo de la felicidad matrimonial, pero no, ¡ni madres!, fue el inicio de una vida aburrida, monótona, que todavía hoy sigo viviendo.

Lunes 9 de mayo

Inicio de una nueva semana. Si ahora quisieran sacarme de este cuarto me dolería mucho abandonarlo, ver a través de mi ventana se ha convertido en una especie de droga, me paso el día viendo a través de ella un mundo que siéndome ajeno lo siento como propio, estoy viviendo y disfrutando como nunca antes: Cómo me hubiera gustado vivir en una vecindad tal como la que mis ojos observan en toda su magnitud, por lo menos la situación es más variada que en casa o en mi trabajo.

Hoy la “Pelucas” llegó en taxi, parece que no le fue tan bien, antes de meterse a su casa el mecánico salió de la suya, sin perder tiempo se dirigió a ella, metió la mano en el bolsillo, dijo algo y le enseño unos billetes cuidándose que no fuera a salir su mujer. La vecina, sin decir palabra, soltó una carcajada, negó con la cabeza y se metió a su casa, el mecánico le mentó la madre con el brazo, se guardó su dinero y caminó a la salida rezando groserías, se detuvo en rato en el zaguán y en lugar de tomar la ruta acostumbrada, tomó la contraria.

Del 3 salió la muchacha trabajadora, arregladita como siempre, la observé detenidamente y a la distancia me pareció que cuando madurara sería una mujer muy bella, aún ahora, a pesar de su juventud era de una hermosura que ya se ve poco, su cabello lacio, bien recortado, con un brillo natural, daban ganas de tocarlo, acariciarlo; mis manos temblaron ante la posibilidad de sentirlos entre ellas. De tez blanca, su piel parecía perfecta, tersa; el cuerpo bien formado, toda ella se manifestaba ingenua, cándida, virgen. Sólo pude suspirar y acompañarla con la vista, en la esquina esperaba nuevamente el tipo de la semana pasada, cuando llegó a él la abordó y comenzó a hablar con ella, al principio ni la vista le dirigió, pero tampoco lo rechazó, simplemente dejó que la acompañara, los seguí hasta donde se perdieron. No pude evitar sentir celos y temor, era demasiado joven para enredarse con un tipo que a leguas se veía ya corrido, ¿qué mentiras iría diciéndole?, ¿de qué manera la estaría envolviendo? Quise salir corriendo y prevenirla pero ¿qué le iba a decir?, opté por permanecer en mi sillón, deseando que nada le sucediera.

Volví los ojos a la vecindad, a los niños que ya se habían apoderado del patio, de su mundo, del único que podían poseer y manejar a su antojo, entre iguales se desenvolvían mejor que en el mundo del adulto, al que no entendían todavía. Pensé que el inválido no saldría hoy, pero su madre lo empujó nuevamente al patio. El grupo de niños al verlo tan solo lo jalaron hasta un rincón y se pusieron a hablar, al poco tiempo volvieron a corretearse por el patio, primero sin el inválido que quedó en el rincón, observándolos, envidiándolos; pero luego lo volvieron a utilizar para hacerse “cochecito”, empujándolo para jugar al toro. Igual que antes el niño primero se rió y después lloró, pero ahora no gritó, tal vez temiendo más a su madre que a los niños, cuando estos se cansaron volvieron al rincón a platicar, pero ahora el centro de atención era el inválido, le hablaban y él respondía, le tocaban las piernas, se las levantaban, yo creo que se preguntaban porqué alguien igual a ellos estaba pegado a una silla.

Vino la Pérez a dejarme la mentada pastilla, la tomé rápidamente para regresar a mi lugar privilegiado, los niños siguieron un rato más con sus juegos, las señoras fueron al mandado y la niña de secundaria fue al encuentro del novio.

A media tarde un joven se metió al departamento 1, como no lo había visto antes pensé que a lo mejor estaba de viaje, al rato salió de su casa y a los quince minutos estaba de regreso con una mujer de senos exuberantes y pocas nalgas, bien vestida; se perdieron en la puerta y no salieron hasta pasadas dos horas, el tipo cerró la puerta y ya no lo volví a ver.

Ya casi al anochecer llegó el mecánico con unos mariachis, venía borracho, les señaló a los músicos en que puerta debían tocar y mientras lo hacían él veía la puerta contraria. Cuando salió su mujer, él todo amor y dulzura, la abrazó y la obligó a no regañarlo, ni por la borrachera ni por los mariachis; despidieron a los rascatripas y se metieron a su casa, de donde tres niños, fueron corridos, entre ellos el de la silla de ruedas, y estuvieron en el patio sin saber que hacer, hasta que ya muy noche los metió la madre.

La señorita trabajadora regresó poco después de que los mariachis se fueran, la veía distinta, algo en su rostro denotaba que un cambio se había dado en ella, estaba feliz, como si... estuviera enamorada. Ella estaba enamorada. Sentí una punzada en el corazón, mi mano derecha se dirigió al pecho y me dio un masaje, cerré los ojos y así estuve hasta la hora de salida.

Martes 10 de mayo.

 El dolor en el pecho no se me quitó en toda noche y me siguió todo el día, no pude dormir, sólo pensaba dos cosas, mi pecho y la chica trabajadora. Como ignoraba su nombre la llamé Cristal, pues su figura, su andar, su risa, toda ella me parecía de ese material, además me imaginé que cualquier cosa podría hacerle daño, romperla, lastimarla.

Desde que llegué me apoderé de mi ventana, deseaba descubrir qué había motivado aquel cambio en Cristal. Hoy la prostituta en lugar de entrar a su casa salió de ella, se notaba preocupada, probablemente el negocio no funcionaba; al rato salió el mecánico, vio la puerta de la vecina y con el brazo le volvió a mentar la madre, precisamente hoy 10 de mayo, día de las madres.

Como un rayo pasó por mi mente la figura frágil de mi mamá, pero los remordimientos la borraron inmediatamente, lo que no pude evitar fue pensar en la primera vez que pasé esta fecha con mi mujer, en mi ingenuidad, creí que ella estaría feliz de haber sido el vehículo para dar una nueva vida al mundo. Ese día me levanté temprano y coloqué en el tocadiscos “Las Mañanitas”, saqué del baño la caja que contenía un suéter, como apenas empezaba a trabajar no tenía dinero, así que compré el regalo en el mercado, era corriente pero se veía bonito. Con una sonrisa de oreja a oreja me dirigí a la recamara y mi mujer, con voz pastosa, me dijo “apaga esa porquería que no pude dormir”, callado le entregué la caja que sin abrir, dejó a un lado de la cama mascullando unas “gracias” y se volvió a dormir, no supe que hacer y me fui al trabajo.

A la salida compré un ramito de violetas y me dirigí a mi casa. Al abrir la puerta vi la casa desordenada, llame a mi mujer y se asomó del baño pero en lugar de darme la bienvenida inició una serie de recriminaciones: que si el suéter era corriente, que a cual pordiosera se lo había robado, que ella no merecía ni el suéter ni el marido que tenía; para suavizar la situación estiré el brazo para entregarle las flores, ella las tomó y las aventó a la mesa y siguió con sus ataques, yo me di la vuelta y la dejé hablando sola, desde entonces no le he vuelto a regalar nada, pero de todas maneras ella encontraba cualquier pretexto para echarme en cara el haber perdido mejores pretendientes, fastidiando su vida.

En esos pensamientos estaba cuando salió Cristal de su casa, hoy se había esmerado en su arreglo, se veía más mujer, la acompañé hasta la esquina donde la esperaba el tipo que la había seguido ayer, se saludaron de mano y él intentó besarle la mejilla, ella lo esquivó pero siguió contenta, radiante.

De repente desee borrar mi pasado, romper las paredes que me aprisionaban y salir a su encuentro, pero no podía hacerlo. El dolor en el pecho volvió a ser patente y cerré los ojos. ¿Cómo la vida es injusta a veces?

 Miércoles 11 de mayo.

 Hoy el dolor desapareció de repente, amanecí con unos ánimos que nunca había sentido, al levantarme se me ocurrió besar a mi mujer, que de la sorpresa quedó despierta hasta que salí de casa. Al llegar a la oficina intenté no abrir la ventana, quise ahogarme entre tanto papelerío pero la tentación fue mayor y al rato ya estaba sentado frente a ella, poniéndome en contacto nuevamente con mi mundo de vecindad.

Hoy la “Pelucas” llegó en taxi nuevamente y se perdió rápidamente en su puerta, al rato salió el mecánico, el trajeado, unos niños a la escuela y otros al patio a jugar. Por supuesto también salió Cristal convertida en mujer y en la esquina, junto a un árbol, el tipo que se había apoderado de sus sueños, hablaron algo señalando un hueco del árbol y se fueron caminando.

Yo me quedé sentado pensando sobre este amor que había nacido en mí, si estuviera más joven mandaría al carajo a mi mujer, a mis hijos, al jefe y me dedicaría a conquistar a Cristal. Ella se me antojaba para protegerla, para cuidarla hasta del viento que alborotaba su cabello al caminar, además intentaría ayudarla para que los peligros de la vida no la tomaran desprevenida. Cristal despertó en mi muchos sentimientos, el amor platónico, el amante apasionado, el del padre amoroso.

Traté de recordar si alguna ocasión otra mujer había ocasionado semejantes sentimientos pero todo pensamiento me volvía a Cristal. En mi corta vida de soltero tuve pocas novias, en realidad no soy muy guapo pero creo que hay tipos más feos que yo y andan con mujeres de bastante buen ver, nunca supe como le hacían, las novias que pude agenciarme eran regularsonas pero me trataban como si me hicieran el favor, apenas si me permitían que la abrazara y solo una me dejó besarla en la boca y aunque a mi me pareció muy bonito, ella se le notaba que no le convencía mucho y más bien lo aceptaba porque los novios “lo hacen”.

A mi mujer le besé un poco más, sobre todo los primeros años por que después hasta eso le disgustaba, varias veces me rechazó por mi aliento a tabaco; las ocasiones que hicimos el amor, entre ellas cuando engendramos a nuestros hijos, no dejaba que la besara pues decía “ya bastante tengo con soportar tus pujidos como para que todavía me babosees”. Así, poco a poco, dejamos de tocarnos, de besarnos; si nos casamos sin amor, con el trato que tuvimos después ni siquiera amigos pudimos ser. Nunca se interesó por mi vida, por el trabajo, por los problemas, apenas si empezaba a contarle mis cosas cuando ella salía con otras y no dejaba que terminara una sola frase. Así me volví mudo.

Recordando todo esto, Cristal me parecía, y lo era, un sueño inalcanzable; pero era mi sueño, lo tenía para mi solo, yo podía saborearlo sin necesidad de compartirlo con nadie.

 

Lunes 16 de mayo

 

El dolor en el pecho me regresó y más fuerte, tanto que no pude hacer nada, mi aliciente, la ventana, no existió en estos días; aunque llegaba a sentarme frente de ella de lo que vi poco llegó al cerebro. La vecindad, mi vecindad, siguió viviendo sin mi supervisión, recuerdo su movimiento, las entradas y salidas de los inquilinos pero ahora todo ello perdió significado, la vida ajena dejó de ser interesante para mí. Me alegraba levemente cuando veía a Cristal pero al recordar ese cambió de niña a mujer enamorada, al abandono venía a mí. No cabe duda que el dolor físico llegaba hasta mi alma. Mi sueño se desvanecía, Cristal se volvía cada vez más inalcanzable, ni siquiera me permitía regocijarme en recordarla.

 

Martes 17 de mayo.

 

El dolor ha cedido un poco, hoy pude ser más consciente de lo que pasaba en la vecindad. La “Pelucas” parece pasa por malos momentos, todos estos días ha llegado en taxi y desde aquí se nota el cansancio y desesperación que la embarga; el mecánico sigue intentando acostarse con ella sin lograrlo, los niños siguen divirtiéndose sin enterarse de lo que pasa a su alrededor, las señoras siguen barriendo la basura y haciendo el mandado. Todo esta igual excepto Cristal, cada vez se le nota más distraída, como si viviera en otro mundo; hoy al salir hacia su trabajo como no vio a su enamorado revisó el árbol de la esquina, de entre sus ramas extrajo un papel, lo desdobló, lo leyó, una, dos, tres veces, lo arrugó, lo tiró y emprendió desilusionada su camino.

Me preguntaba qué habían leído sus ojos que afectó tanto su corazón; esperé a que llegara la Pérez a dejarme mi pastilla y durante ese tiempo no perdí de vista la bola de papel, mis ojos la acompañaron entre el viento y las pisadas, afortunadamente casi permaneció en el mismo lugar. Tan pronto llegó mi pastilla me la tomé y esperé unos segundos para salir corriendo a la esquina. Fue rápido, con cuidado para que no me vieran, fui por el papel y regresé a la ventana, nadie se dio cuenta de mi escapada. Ya más tranquilo desarrugué el papel, era un tesoro para mí, las manos de Cristal lo habían tocado, quise sentir, a través de él, los dedos de mi querida niña, tardé mucho tiempo en estirarlo y cuando lo hice finalmente mis ojos también se sintieron heridos, no podía creer que este recado fuera para pequeña amada, la indignación me llenó la cabeza, el coraje se concentró en mis manos y rompí el papel, el dolor volvió a mi pecho pero en esta ocasión no me importó, yo tenía que hacer algo y no sabía qué.

A pesar de haberlo leído una sola vez tenía grabado el mensaje en la memoria: “Tuve que salir de la ciudad. Piensa lo que te dije. Regreso en ocho días por la respuesta, si es negativa no te molestaré más”. Para mí estaba claro, le pedía algo distinto al noviazgo, yo estaba seguro que no era matrimonio; el salir precipitadamente de la ciudad me parecía un chantaje. La desesperación hizo presa de mí y ahora sí desee ser Dios y poder modificar la vida, sin embargo me veía recluido en estas paredes sin poder hacer nada. Pero tenía ocho días para planear algo.

Miércoles 18 de mayo.


 

El pecho me ha dolido y bastante, pero el dolor que me producía saber que Cristal pudiera ser dañada me hacía ignorarlo. No sabía que hacer, ni siquiera estaba seguro de que una intervención mía fuera buena. Cómo podía yo, un desconocido, aconsejar a una mujer en peligro, era probable que me tuviera miedo y que huyera de mí para refugiarse en los brazos del otro.

Cuando la vi salir rumbo a su trabajo tuve la intención de alcanzarla y hablarle pero nada ganaba con ello. La observé llegar a la esquina y buscar en aquel árbol otro recado, sus ojos recorrieron las esquinas pero nunca encontró lo que buscaba. Unas lágrimas salieron de sus ojos, mi adorada Cristal estaba sufriendo y yo con ella.

Jueves 19 de mayo.

En la mañana todavía no se me ocurría nada, el dolor en el pecho cada vez se ha ido haciendo más fuerte, lo mismo que la impotencia.

Con ansia esperé ver salir a Cristal de su casa, vi como abrió la puerta y caminó con desgano hacia el zaguán, al llegar a él sus ojos se dirigieron a la esquina y su rostro se iluminó con una sonrisa que llenó su cara y corrió llena de felicidad, ahí estaba el desgraciado esperándole; esta vez no hubo recato, se colgó a su cuello y lo llenó de besos, se abrazó a él, que permaneció seco y distante, casi llorando lo besó todavía más. Él la separó lentamente y dijo algo, ella primero lo observó callada y así, sin decir palabra, lo besó en la boca.

En ese momento supe que ya nada podía hacer, él había ganado.

Dejé que transcurriera el día, nada me importó ya, ni tomé la pastilla, volví la espalda a la ventana y mi vista se perdió entre los papeles apilados.

Cuando me di cuenta era hora de que Cristal regresara, volví a sentarme frente a la ventana y esperé. Vi salir al joven del 1 y al poco rato regresar con una mujer, distinta a la anterior, esta con poco seno, delgada y un poco temerosa, pero él la rodeaba de la cintura, conduciéndola suave pero firmemente la introdujo en el departamento. Cerré los ojos e imaginé la escena de seducción que en ese momento se estaba efectuando en el departamento y recordé a Cristal, desee que si ella estaba en la misma situación que por lo menos no sufriera y que el tipo aquel no le hiciera daño, ni hoy ni nunca.

Al abrir los ojos nuevamente vi a la “Pelucas” en la puerta de su casa, estaba esperando a alguien, al rato llegó el mecánico y se dirigió a su propio departamento, antes de entrar la “Pelucas” le habló, el se volvió a verla y metió la mano al bolsillo, sacó unos billetes y se los extendió, ella sin contarlos los tomó y los guardo en el seno, lo invitó a pasar y cerraron la puerta. Extraña coincidencia, en este momento dos parejas distintas, tal vez tres, estaban haciendo el amor o cogiendo o algo similar, todos por distintos motivos, para satisfacer necesidades también distintas.

Cristal llegó más tarde que de costumbre, cansada, feliz pero con cierto aire de incertidumbre, su destino estaba marcado.

Viernes 27 de mayo.

Durante estos días el dolor se ha hecho todavía más insoportable, intenso, no sé como he vivido estos días, he perdido las ganas de vivir, pero soy demasiado cobarde para matarme. He visto a través de mi ventana como Cristal ha esperado en vano que lleguen por ella nuevamente, después de ese día en que se entregó a él no lo ha vuelto a ver, sabe que cometió un error pero no se arrepiente y todavía confía en que regresará algún día.

Yo lo espero también.