
2 de julio de 2023
(Exposición en el V Encuentro Internacional de Poesía Sabersinfin)
Psicología y poesía, dos dimensiones entreveradas; las dos en vínculo indisoluble con el alma humana, inefable zona de encuentro. Para el psicólogo es objeto de estudio, para el poeta es fuente, manantial de su obra (Sí, ya escucho a mis colegas diciendo que no es el alma, sino la conducta, sí, claro, lo sé; empero, permítanme expresarlo así, si quieren, un tanto junguianamente).
Estos propósitos les lleva, al uno y al otro, a implementar distintos lenguajes, que quizá sin saberlo en el fondo son lo mismo, o se refieren a lo mismo, trataré de explicarme.
El psicólogo, por su parte, busca entender, caracterizar, explicar el proceder humano y cambiar, en casos necesarios, por ejemplo, estados neuróticosa a estados más saludables a partir de sus paradigmas o marco de referencia y de sus investigaciones.
Por otra parte, el poeta revela, se revela, denuncia zonas luminosas, de tormenta, de oscuridad; las susurra, las grita a través de su pluma o, a través del teclado y la muda pantalla. No busca explicaciones, si acaso, tanto él como su obra se explican por sí mismas, y no le importa, por cierto, ser o no “saludable” (no creo que a Bodelaire, o a Oliverio Girondo les importara).
Sin embargo, a los dos, poeta y psicólogo/ psicoterapeuta, los une esa mágica confluencia, están mirando desde el mismo lugar, mirando al mismo lugar: el alma humana. Uno describe a través de las metáforas, en ocasiones nada fáciles, que requieren hermenéutica profunda, ya que su obra rompe en mil pedazos el mundo circundante, o lo transforma en algo totalmente distinto; el otro urga para encontrar con fina fenomenología los porqués y paraqués del proceder humano, particularmente en la Psicoterapia. Pero los dos experimentan maravillas, a veces horrores. De ahí que en ocasiones surge una pregunta, ingenua si tú quieres, amable lector, o quizá no, pero permíteme hacerla:
• ¿Y si el psicólogo/psicoterapeuta es un poeta sin saberlo, y el poeta es un psicoterapeuta y lo ignora?
• ¿Será que el poeta con su obra también resulte terapeuta? Porque muchas veces habla por el sufriente, o el gozoso, por el suicida. Él sí puede entender muy bien lo que implica el naufragio del alma, o la visita a sus alturas que sólo él o la poeta, pueden describir. Quizá porque, como bien decía el gran Heidegger, el lenguaje poético tiene a capacidad de revelar la esencia del Ser, ya que es su morada.
Para Heidegger, por cierto, el lenguaje ordinario tiende a encubrir y distorsionar la realidad y el lenguaje poético permite una apertura hacia la verdad ontológica. En este sentido cada poeta resulta en una especie de ventana, un portal dimensional, por el que emergen maravillas, monstruos, horrores, pasión sin medida, volcánica, sísmica, quizá vidas paralelas, con vestidos de fantasía. Pero la Psicología, no se queda atrás, también, si nos lo permitimos, iría mucho más allá de las visiones positivistas que buscan entender y medirlo todo para tener, entre otras cosas, asideros que nos calmen y nos den certezas. Empero, la misma ciencia del alma, nos ha hecho voltear a las profundidades psíquicas, personales y transpersonales: por lo menos el gran Jung, a eso nos invitaba.
Robert D. Romanyshyn hace referencia al psicólogo/ investigador con frecuencia en su libro, The Wounded Researcher como “el poeta fallido”, sugiriendo que él o ella se encuentran en la brecha entre lo consciente y lo inconsciente, soporta la tensión entre saber y no saber. Romanyshyn también admite que el psicólogo tiene la sensibilidad más cercana al poeta, incluso si él o ella no es poeta. Esencialmente es un arte del alma, algo que ha sido abordado a lo largo de los años.
Por cierto, no debemos olvidar que la poesía pertenece al universo del Arte, y este ha demostrado innumerables veces que es un vehículo tranformador, acaso, transmutador. Recuerdo ahora los trabajos del Maestro José Gordillo y sus talleres de arte para niños, y lo que ocurría en ellos era fantástico en cuanto a enriquecimiento y sanación psico emocional (del alma) en los pequeños.
Por lo tanto habría que promover al máximo, y con urgencia, la generación de lo que el Dr. Abel Pérez Rojas llama el “Estado Poético Permanente”, este “Mirar en todo momento desde la poesía la compleja realidad”. Porque es un estado que salva, que cura, que ennoblece, asombra.
¿Pero estamos preparados para ello? Porque, qué ironía, este estado, que implica un funcionamiento no ordinario de la conciencia, atisba, recorre, cartografía regiones que, bajo la mirada académica de psicólogos o psiquiátras no versados en estas maravillas, catalogarían de estados esquizoides, acaso, psicóticos. O díganme si no, leamos esa maravilla:
Dos camellos cruzan a toda velocidad
Una palmera lejana, frondosa, multicolor,
Seduce con su sombra.
Dos siluetas cruzan una duna y dos bereberes estrechan sus manos.
¿Será aquél un oasis de bebidas espirituosas?
Un mercader envuelve con sus explicaciones,
Un grupo de forasteros paga con sudor la osadía de caminar de frente al sol.
Es el desierto de concreto, la ciudad en la que vivo,
Una ciudad del centro de México, un desierto de cemento con dromedarios metálicos,
princesas que no cubren su rostro, polvo que no es arena,
pero violan la privacidad ocular.
Aquí tambien se desea con los huesos un sorbo de agua fría, tequila o ron.
Si lo dice mi querido Abel, o cualquiera bajo un estado poético permanente, es poesía maravillosa; si lo dice alguien en la consulta, lo mandarán a la farmacia de alta especialidad en busca de antipsicóticos, porque se está saliendo de la “realidad”.
Y nuevamente: ¿estamos preparados como sociedad para el Estado Poético Permanente? ¿O solamente los extraños personajes, los “raros”, los ”locos”?
Tal vez no todavía, tal vez nos falte camino por recorrer las regiones inefables y dejarno sextasiar como Baudelaire:
Como extasiados a veces al caer en el suelo,
los ojos en un cielo desmesurado abierto,
los bosques llenos de susurros y rumores,
creen oír en el fondo de las sombras un eco
desconocido, vasto como el canto de un coro;
los sentidos se embriagan de las tinieblas;
el olfato de las flores es infinito.
O, quizá, como dice Rafael Llopis:
La sociedad no está lo suficientemente cuerda, como para permitirse la locura