01 de diciembre de 2021

El mundo iluminado

Salvo que sea por enfermedad, no se cansa el ojo de ver, ni el oído de oír, tampoco se fatigan las manos de sentir, la nariz de oler ni la lengua de probar. Nuestros sentidos a cada instante se deleitan, persiguen el placer y nosotros, siendo uno con nuestros sentidos al mismo tiempo que estamos separados de ellos, nos entregamos a la falta de límites, al exceso. Siempre queremos comer, siempre, oler, siempre, sentir, pero, sobre todo, oír y ver, por eso el individuo de esta época pasa tantas horas de su día a día frente a pantallas que no hacen más que ofrecer un espejismo deleitable de la realidad. El ojo no se cansa de ver ni el oído de oír, irónicamente, escuchamos al mundo, pero no a nuestra consciencia y por eso somos incapaces de salir del error.

Ver y oír, todo el tiempo, hacernos de más y más información todo el tiempo sin importar si ésta es fidedigna o no, si ésta es abono o basura, si ésta es educativa u ociosa. No importa, hoy se tiene más información que antes, hoy se estudia, también, más que antes, pero no somos mejores que los hombres y mujeres del pasado, pues la tecnología cambia, mejora, pero no así nuestros hábitos, que cada vez son más enfermizos.

Ver y oír, todo el tiempo, saber cada vez más. La educación es una de las prioridades de todas las naciones, pero la ignorancia malsana sigue ganando la batalla. Hoy, el acceso a la educación es considerablemente más fácil, sin embargo, está comprobado que atravesar por las aulas no necesariamente dota de conocimiento, de ciencia, a las personas. Así, es posible terminar la educación primaria sin saber leer; la secundaria, sin saber contar; e incluso un posgrado sin tener la más mínima idea de la responsabilidad que el saber implica. Hoy los licenciados, ingenieros, maestros y doctores abundan en el mundo, sin embargo, éste permanece tan desigual como siempre, y es que de nada sirve saber si no se tiene consciencia del bien.

Indudablemente, la primera forma de conocimiento es la imitación, al menos en el caso de animales como nosotros que desde la edad más tierna ven y oyen sin descanso lo que sus progenitores y semejantes hacen. Ver y oír, adquirir información, imitar, pero nunca sin educarse realmente; la palabra educación se relaciona con “nutrir”, pero lo cierto es que los licenciados, ingenieros, maestros, doctores y demás están desnutridos en su mayoría y esto porque no han aprendido realmente nada; ¿cómo hacerlo? Imitando.

Sobre la imitación, es conveniente citar un libro escrito a finales de la Edad Media, por el místico Tomás de Kempis, cuyo título es “La imitación de Cristo o el desprecio del mundo”. Más allá del objetivo espiritual que motivan las ideas de su autor y de los prejuicios que circundan a los temas que meditan sobre la dimensión sagrada, la obra de Kempis se nos muestra sumamente lúcida y útil por sus propuestas morales, sobre todo, aquellas que están dedicadas al terreno de la educación y de las que podríamos rescatar las siguientes a fin de ilustrar mejor el tema; veamos y oigamos, sin descanso, lo siguiente:

«¿De qué te sirve saber altas cosas, si careces de humildad? Las palabras subidas no hacen sabio ni justo. Si supieses todos los dichos de los filósofos, ¿de qué te servirían sin bondad? Todo es vanidad, excepto servir y amar. No se harta el ojo de ver, ni la oreja de oír, pero seguir a los sentidos ensucia la consciencia. Todos queremos saber más, ¿pero de qué sirve la ciencia sin humildad? Es mejor el campesino humilde, que el soberbio estudioso. El deseo grande de saber puede convertirse en un estorbo. Cuanto más sabes, más gravemente serás juzgado si no vives sanamente, porque la alta ciencia conlleva mayor responsabilidad. Si ves que alguien se equivoca, no te creas superior, pues no estás libre del error y doctos mayores que tú siempre habrá. Nuestro combate mayor debería de ser únicamente el vencerse a sí mismo, cada día mejorarse, pues el humilde conocimiento de ti es más cierta senda que escudriñar la profundidad de la ciencia. Muchos estudian más por saber que por el bien vivir, por eso yerran muchas veces y poco o ningún fruto hacen. El día de nuestra muerte no importará qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán honestamente vivimos.»

Las ideas de Kempis fueron escritas durante el periodo histórico que algunos llaman “oscurantismo”, sin embargo, estas palabras arrojan mucha más luz que la que en nuestros días solemos vislumbrar. El asunto de la imitación no es desdeñable, Kempis propone en su obra la imitación de Cristo porque él fue un hombre dedicado a la mística y, en este sentido, no hay hombre superior que el Dios encarnado; de ninguna manera tenemos nosotros que seguir su ejemplo, sobre todo si nos consideramos ajenos a la vida espiritual, pero de lo que no podemos escapar es de la pregunta siguiente: ¿A quién considero yo un modelo digno de imitar? De lo que respondamos, dependerá la escala de valores que tengamos y explicará nuestras acciones cotidianas. ¿Imitamos a los banqueros, a los deportistas, a faranduleros, a políticos, a militares, a científicos, a delincuentes? Con seguridad, esta sociedad imita, e incluso alaba, más a quienes poseen grandes fortunas, aunque éstas se hayan conseguido a través de la injusticia, que a quienes se han conquistado a sí mismos y dado ejemplo de una vida dedicada al bien.

No nos alarmemos ni neguemos la realidad: la sociedad no se cansa de ver ni de oír lo que se relaciona principalmente con el mal y esto es porque los modelos que imitan están en su centro podridos. ¿Deseamos educarnos? Hagámoslo, pero conscientes de que el conocimiento es vano cuando destierra al bien de su causa. Cerremos diciendo que “ciencia” significa “conocimiento”, y virtud es lo que se liga a la fuerza y al bien. Ver y oír no está mal, lo incorrecto es no saber equilibrar, y es que si la virtud sin ciencia crea tontos, los tiranos, esos falsos ídolos que hoy son imitados por millones, nacen de la semilla de la ciencia sin virtud.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.