20 de septiembre de 2021

El mundo iluminado

La brutalidad de nuestras ciudades la atestiguamos con el diario vivir, la vemos no sólo en la violencia generada por nuestra propia especie y en contra de sus iguales, sino, además, en los objetos que hemos diseñado y que concebimos como conquistas, aunque más parecen lo contrario, tal es el caso de los explosivos motores automovilísticos, de las calurosas luces artificiales que se afanan en sustituir al sol o de las incandescentes pantallas que siempre nos acompañan cual ventanas hacia la irrealidad. Para nombrar a la brutalidad citadina nosotros preferimos el eufemismo “progreso”, cuya otra manifestación de su violencia es la cada vez más notable ausencia de la naturaleza en las ciudades, no sólo hemos acabado con los animales, sino también con las especies vegetales, en especial con los árboles, columnas nacidas del suelo en nombre de la vida y cuyo lugar es hoy ocupado por espectaculares publicitarios, por luminarias o por edificaciones que, con todo lo anterior, se erigen en un sentido contrario al arbóreo, es decir, si la ciudad canta con sus notas de asfalto, de vidrio, de metal, de basura y de deterioro, lo hace no a la muerte, sino a la nada, que es todavía más perniciosa, pues a la muerte la acompaña siempre el retorno de la vida, pero a la nada ninguna esperanza la rodea.

El culto a la ciudad nos está matando, lo sabemos, mas difícilmente renunciaremos a las falsas comodidades que este modo de vida nos otorga. Hoy, nuestra sociedad de asfalto pone toda su fe en lo creado por la mano del hombre y por eso es que un número considerable de ciudadanos se siente vacío, angustiado y deprimido, pues toda obra humana no es más que un simulacro perecedero en el que basta una mínima chispa para detonar el odio que los transeúntes sienten punzar en la punta de su lengua y en los nudillos de sus puños.

Contrarios a nuestros grises paraísos artificiales son los verdes bosques de la antigüedad en los que los árboles eran los custodios del espíritu humano, tal y como lo relata James George Frazer en “La rama dorada: un estudio sobre magia y religión”. Esta obra de Frazer fue publicada por primera vez en el año de 1890 y su interés principal es explicar por qué y cómo la mayoría de las civilizaciones antiguas comparten mitos, leyendas y símbolos semejantes. Frazer se centra principalmente en los pueblos ancestrales de Europa, sin embargo, su libro tiene algunas menciones también de las prácticas espirituales y religiosas de civilizaciones nativas del continente americano. De estas prácticas, llama la atención el culto que la gran mayoría de las civilizaciones antiguas del mundo, si no es que todas, tuvieron por los árboles sin importar si éstos eran enormes, medianos o pequeños. Leamos una líneas de Frazer al respecto:

«Nos es necesario examinar con atención las ideas en que se funda el culto de los árboles y las plantas. Para el hombre antiguo, el mundo en general está animado y las plantas y los árboles

no son excepción de la regla. Piensa él que todos tienen un alma semejante a la suya y los trata de acuerdo con esto. Los antiguos creyeron que todo objeto natural tiene su espíritu, o hablando con más propiedad, su sombra y a estas sombras se les debe algún respeto. Decían que entre las grandes hayas, robles y otros árboles hay algunos que están dotados de almas o "sombras" y siempre que derriben uno de estos árboles, debe morir el talador. Si los árboles están animados, necesariamente serán sensibles y el cortarlos se convierte en una operación quirúrgica delicada que deberá ejecutarse con la mayor ternura posible hacia el sufrimiento del paciente. Cuando está cayendo un roble, "da tales gemidos y gritos que pueden oírse a más de un milla, como si estuviera lamentándose el genio del árbol. Cuando susurran las hojas al viento, los nativos imaginan que es la voz del espíritu y nunca pasan cerca de uno de estos árboles sin inclinarse respetuosamente y pedir perdón al espíritu por alterar su reposo y soledad.»

Quizás estas creencias de antiguos pueblos nos parezcan distantes, sin embargo, nosotros, como occidentales, no estamos tan lejos de este pensamiento mágico–arbóreo como parece, basta con que recordemos que, desde una mirada judeocristiana, el origen de nuestra desgracia está en el hecho de que Adán y Eva hayan comido del Árbol del conocimiento del bien y del mal. Los padres primigenios de la humanidad, dice el Antiguo Testamento, fueron hechos de barro, principalmente Adán, y nosotros podríamos añadir que nacieron del mismo barro en el que el Árbol del Paraíso tenía enclavadas sus raíces y por el cual inició la ruina humana.

Razones para que los antiguos, y aún nosotros, se hayan maravillado con los árboles abundan, no sólo son majestuosos en su forma, altura y capacidad de otorgar frutos en cuyas semillas duermen otros infinitos bosques, sino que, simbólicamente, poseen un diseño perfecto, pues hunden sus raíces en la tierra al tiempo que tocan los cielos con sus copas, llevando su verdor con cada una de sus ramas que se abren por todos los puntos cardinales, el árbol es un símbolo del universo entero, son el eje del mundo que sostiene a la Creación.

Desde la mitología judeocristiana nuestra ruina comenzó cuando Adán y Eva comieron el fruto del árbol prohibido, en el siglo XII un monje de nombre Lambertus escribió la continuación de la historia, misma que culmina en redención. De acuerdo a Lambertus, cuando Adán estuvo a punto de morir envió a su hijo Set de vuelta al Paraíso para conseguir un aceite que lo salvara, Set no encontró el aceite, pero sí a un ángel que le dio unas semillas del Árbol del conocimiento que aseguraban la salvación de Adán y sus hijos. Cuando Set volvió a su casa encontró a Adán muerto y lo sepultó junto con las tres semillas dentro de su boca; de ellas creció el árbol de cuya madera se haría la cruz en la que el hijo de Dios moriría. Semejantes a Adán, nosotros penamos en estas ciudades grises, muertas, pero no por haber comido del árbol, sino por haberlos desterrado a todos, ¿alcanzaremos la redención con las tres semillas que llevamos en la boca?

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.