20 de agosto de 2021

 

El Mundo Iluminado

A pesar de los infortunios y de que los planes propios no marchen como lo esperamos podemos asegurar sin miramientos que la libertad en nuestra sociedad existe para el grueso de la población. Hay pobreza, sí; hay injusticia, sí; hay violencia, sí; pero, irónicamente, también hay libertad, así como un abismo de ignorancia con respecto a lo que ésta representa. La libertad no siempre estuvo al alcance de todos, no siempre fue como el invisible y casi omnipresente aire que respiramos, no, la libertad se conquistó con sangre y lucha, con dolor y sufrimiento a fin de que cada uno de nosotros pudiera manifestarse, presentarse públicamente tal cual es. La libertad en nuestra sociedad existe, pero a causa de nuestra mala memoria hemos olvidado que hubo un oscuro tiempo en que no fue así; la libertad era un bien que pocos poseían.

Aquello que se consigue sin trabajo generalmente es poco valorado, tal es el caso de la libertad. Quienes formamos la sociedad contemporánea nacimos libres y como este derecho ya estaba cuando nos alumbraron al mundo es que lo desdeñamos. Nuestra ignorancia aunada a nuestra corta memoria nos hace creer que la libertad siempre estará ahí, pero lo cierto es que en cualquier momento la invisible tiranía que nos gobierna podría usurparnos todos nuestros derechos. La libertad y el aire son semejantes, pero no iguales, pues es más fácil que el segundo nunca falte a que la primera siempre esté.

La libertad tal y como la conocemos nació tres años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1948, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas recogió en treinta artículos la Declaración Universal de los Derechos Humanos, misma que, desde su primer artículo, revitaliza las palabras que Maximiliano Robespierre utilizó en uno de sus discursos de 1790, en tiempos de la Revolución Francesa, y que son: «Libertad, Igualdad y Fraternidad o la Muerte». En el primer Artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, leemos a un Robespierre disfrazado de la siguiente forma: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». En este sentido, nuestro primer acto de insurrección al llegar a este mundo desigual es que nacemos libres, iguales y fraternos, a la vez que dotados de razón y de conciencia.

¿Pero es que en verdad estamos dotados todos de razón y de conciencia? ¿Y, de ser así, usamos estos dotes en bien de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad? Antes de intentar responder a esta pregunta revisemos someramente los otros veintinueve artículos: Todos tenemos derecho a la vida, la libertad, la seguridad, la justicia, a no ser esclavizado, a una nacionalidad, a una residencia, al trabajo, a migrar, a la familia, a la propiedad, al pensamiento, a la salud, al vestido y a la educación. Sin responder todavía a la anterior cuestión, hagamos una pregunta más: ¿Si estos son los derechos universales, por qué la injusticia prevalece? La respuesta es que el respeto y aplicación de los Derechos Universales no es una obligación de las naciones, pues cada una es dueña de su soberanía, es decir que la Declaración Universal de los Derechos Universales no pasa de ser una mera recomendación, un decálogo semejante al de mosaico.

A propósito de esta inconsistencia, José Saramago, en una entrevista que sostuvo en el año 2002 con Jorge Halperín, dice:

«Todo se discute en este mundo, Excepto una cosa: no se discute la democracia. Porque parece que se parte del principio de que la democracia está ahí, y por lo tanto no vale la pena reflexionar sobre esto. Si debatiéramos sobre la democracia, nos daríamos cuenta de que esto que estamos viviendo y qué llamamos democracia, no lo es. Es una pura falacia, es una falsedad, nada de lo que está pasando hoy en el mundo tiene que ver con la auténtica democracia. El único instrumento que necesitamos para vivir bien es la Carta de los Derechos Humanos, pero mientras el poder real sea el poder económico nada va a cambiar. A todos nos educan para ser compradores de mercancías carentes de toda conciencia social.»

Señala Saramago en esta misma entrevista que entre las más graves crisis que han azotado a la sociedad contemporánea se halla la de la falta de ideas. Hoy al individuo lo han convertido los poderes del dinero en un ser pasivo que más que ir en favor de sus propias convicciones, es empujado para alcanzar la de otros. ¿Qué hacer entonces para que la libertad se generalice entre todos los seres humanos? ¿Es necesaria una revolución? Seguramente así es, pero no una revolución añeja en la que unos y otros toman fusiles para matarse, ¡no!, lo que se necesita es una revolución intelectual, sin embargo, cómo hacerlo cuando esta crisis de ideas existe porque precisamente no tenemos ideas, al menos no en un sentido colectivo, únicamente pululan ideas individuales y egoístas que fortalecen a los poderes del dinero.

Uno de los apartados más bellos y enérgicos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el que lleva por título “Preámbulo” y que si bien reconoce que todos somos hermanos, es necesario alzarse en contra de quienes se tornan tiranos, el documento dice que, de ser necesario, podemos hacer uso del «supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión» a fin de garantizar la conquista de la libertad, igualdad y fraternidad.

Cerremos rescatando la pregunta que no ha sido respondida: ¿Todos tenemos razón y conciencia y, de ser así, las usamos para el bien? En mayor o menor medida todos poseemos estas dotes, sin embargo, nuestra mente estrecha, al haber olvidado que la libertad no es un bien siempre presente, se empecina en levantarse en contra de la fraternidad. Nuestra sociedad, la humana, es ignorante, hipócrita y ambiciosa y si desdeña a la libertad es porque ingenuamente cree que ésta siempre estará ahí, pero lo cierto, y como nos lo demuestra la historia, es que los tiranos nos la pueden quitar en un abrir y cerrar de ojos debido a nuestra falta de ideas.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.