
16 de octubre de 2015
- La Historia Jamás Contada -
Son una constante en la Historia las épocas en que las cosas parecen deteriorarse aceleradamente, como si cada vez más las instituciones sociales formales y consuetudinarias que otorgaban estabilidad a una cierta forma de vivir –que por eso se tenía por permanente-, sencillamente no pudieran hacerlo más.
Se trata de las crisis, concepto que de 30 años a la fecha se ha reducido al sentido puramente economicista de pérdida del poder adquisitivo del dinero, convirtiéndose de paso en un lugar común, casi un eufemismo –nombre que suena bien para una mala cosa-.
Pero una crisis siempre es general, afectando cada uno de los aspectos de la vida social, incluyendo los estrictamente individuales, materiales y subjetivos, como filosofía personal, gusto estético, religión y similares, de modo que los standards o paradigmas por los que un sujeto podía guiarse, tampoco funcionan adecuadamente, si es que todavía lo hacen.
Es tan exiguo el margen para la libertad y decisión personales que permite un orden social así trastocado, que el Mundo parece cerrarse y el futuro desvanecerse, como si una espesa y oscura niebla ocultara el horizonte: es el comienzo de una Edad Oscura.
Y aunque el fenómeno se ha repetido a lo largo de la Historia, un momento de ésta muy accesible al pensamiento moderno es el conocido como la República de Weimar, periodo crepuscular que fue antesala o, quizás, el comienzo mismo de la barbarie: inseguridad generalizada –o criminalidad desatada, que es lo mismo-, inflación galopante, miseria, corrupción del Estado. Todos elementos que no presagiaban nada bueno cuando, como por encanto, aparece el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei –NSDAP- o, para abreviar, Partido Nazi.
“Como por encanto” es algo más que un recurso literario, pues designa lo que ni la propaganda aliada ni la apologética nazi consideraron digno de consignar: el radical y funesto cambio de mentalidad de las masas, que al no ver salida posible a la situación, regresaron al momento en que una horda temerosa, primera forma de asociación humana, decidió recurrir a las míticas y oscuras fuerzas que –supuestamente- podrían detener lo que ya parecía inevitable, esto es, el fin de la civilización. Acto que, irónicamente, cancelaba de hecho lo construido por ésta, dando paso al imperio de la irracionalidad.
No es casual que en el Berlín weimariano hubiera tal cantidad de establecimientos ocultistas, una industria que cubría la demanda no sólo de la mayoría que simplemente buscaba escapar vía imaginación de su deprimente condición, sino de la peligrosa minoría que se sentía llamada a ser intermediaria entre esos poderes sobrehumanos y los suplicantes mortales: tanto Hitler como Himmler eran verdaderos eruditos en la materia. Y no los únicos, desde luego.
Una crisis, por grave y generalizada que sea, no genera por sí misma una “edad oscura” –Dark Ages llaman en inglés a la Edad Media-: es necesaria la psicotización –pérdida del sentido de la realidad- de las masas para que asuman las más bizarras doctrinas junto a sus respectivos santones, provengan de las corrientes filosófico-religiosas establecidas o marginales –el caso de los nazis-, como posibilidades prácticas de resolverlo mágicamente todo y se sometan entonces, para desgracia también de todos, a sus más desenfrenados delirios. BEWARE!
Imagen: taringa.net
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales