1 de julio de 2014
 
- La Historia Jamás Contada -
 
Antes que el turismo como “industria” fuera adoptado incluso por lugares repelentes para sus habitantes, solían mitificarse ciudades antiguas y lejanas atribuyéndoles toda clase de excelencias: que si las construcciones, monumentos, trazado y detalles así, todos de tipo pictórico-paisajístico, aptos para ser retratados en pintura o narrativamente, pero DESDE LEJOS. Ya con aquél en mente, se dio un paso más, intentando que las propias ciudades autóctonas presentaran esa apariencia –de la que carecían por no corresponder a su historia-, forzando las míticas cualidades de las otras en éstas, resultando esperpentos como las “ciudades coloniales”, que aúnan el subdesarrollo tecnológico de hace 300 años o más con un deprimente aspecto a rancio. (Las joyas urbanísticas GENUINAS de aquellos tiempos y lugares, representaron en su momento el “state-of-the-art” –lo último en tecnología-. Reproducirlas tales cuales en una ciudad moderna es una necedad.)

Como las calles empedradas, en que si uno va descalzo se lastima los pies; si usa tacones –y más si lleva prisa- corre el riesgo de torcerse un tobillo; si transita en bicicleta, aparte de la dificultad para mantener el equilibrio, el brincoteo daña al conductor y al vehículo. Igual si éstos son a motor, como automóviles y motocicletas. ¿Qué necesidad hay de todo esto sólo porque algún aspirante a virrey se sintió viviendo en esa época? Y peor en temporada de lluvias, cuando hasta las aceras coloniales más “modernas” –de lajas- se vuelven resbaladizas, convirtiéndose en trampas para peatones. (Por cierto, los canales-guía para bastones de invidentes surten el mismo efecto cuando están mojados. Son una buena idea pero hay que depurarla, no aplicarla tal como se las vendieron.) Y los balcones, que si uno esquivó con éxito el más reciente aguacero, éstos se encargan de bañarlo, como también los desagües altos. Todo por empecinarse en emplear una tecnología con siglos de obsolescencia.

Lo mismo sucede con el sol y el viento, pues para mitigar el calor hace falta sombra y humedad, mientras que para el segundo se requieren barreras o cortinas, precisamente las cosas que se evitan en el afán de mostrar la “grandeza” de las antiguas construcciones, que datan de cuando se consideraba al cuerpo y sus necesidades como algo secundario, siendo lo primordial el “espíritu”. (Aquí se creyeron lo de la “Ciudad de los Ángeles” y como éstos son incorpóreos…)
Abundan también los viejos edificios en ruinas, peligro omnipresente pero mantenidos en pie para preservar la imagen de colonialismo cultural tan cara al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Y las lámparas empotradas en las aceras, que deslumbran a quienes transitan por éstas al borde del arroyo vehicular y especialmente críticas cuando se está a punto de cruzar la calle, aparte del riesgo de sufrir una quemadura por contacto con ellas.

Las anteriores son apenas algunas características materiales de ciudades que van contra la naturaleza corporal y sensual de sus habitantes, inmersos y en permanente contacto con ellas, no contemplándolas a través de la visión lejana e idealizada de un cuadro o maqueta. Y sólo para que algunos “exquisitos” se sientan parte de una “nobleza” que aquí no tiene sentido. Pero queda siempre la posibilidad de reencaminarlas por un sendero más humano, utilizando adecuadamente la tecnología disponible para mejorar la calidad de vida –empezando por la comodidad y seguridad- de quienes viven ahí.
 
Fernando Acosta ReyesFernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es investigador independiente de fenómenos extraños, amante de la música y estudioso de los comportamientos sociales