10 de junio de 2014
- La Historia Jamás Contada -
La cultura es una de esas cosas que se piensa no necesitan definición, por lo que puede tomarse por ella casi todo, desde el más burdo adoctrinamiento de masas hasta el amaneramiento más exquisito. (En inglés existe la expresión “high-eyebrow culture” –cultura de ceja levantada- para referirse a la actitud de los que se desenvuelven en el mundo de la –alta- cultura.) Lo mismo sucede con la política cultural de las diferentes instituciones: escuelas, oficinas, empresas, sindicatos –los que quedan-, difusoras (¿por qué no?), cuarteles, prisiones (como las del Distrito Federal hace 20 años, cuando había un encargado de implantar el culto guadalupano (¡!) entre los internos), templos de cualquier creencia, asociaciones civiles… hasta llegar a los Gobiernos de cualquier nivel.
Pero junto a esta discrecionalidad institucional en cuanto a lo que debe entenderse por “cultura”, también está la de los individuos comunes, que tienen su propia definición empírica a pesar de los intentos unificadores –por no decir totalitarios- de quienes se creen los responsables MORALES de la sociedad, por lo que cualquier consideración teórica de la cultura, o parte de los hechos concretos o degenera en discusión bizantina. Por eso la disciplina (científica) relevante aquí es la Historia, pues se trata de reconstruir lo que cada individuo ha cultivado (“cultura” significa precisamente “cultivo” o “cuidado”) en las diferentes etapas y circunstancias de su vida dentro de su propio marco histórico-social, para establecer sus expectativas en esta materia, en lugar de sólo plantarle los clichés de costumbre y esperar que se involucre en ellos.
La primera tarea en la promoción de la cultura es hacer la biografía cultural de los destinatarios para determinar el estado inicial del que habrán de partir los proyectos, pues la cultura –que SIEMPRE es individual- no se dará por capricho del gobernante que, a más de definirla arbitrariamente, querrá también “adornarse” con ella. Tampoco es propaganda para embaucar turistas y que se sientan “cultos” al irse de aquí. No es diversión ni entretenimiento, escape efímero de la monotonía de las actividades “serias” de todos los días, como los juegos y pasatiempos, con que se confunde a menudo. Mucho menos la asistencia a espectáculos pretenciosos pero intrascendentes como los organizados anualmente por las grandes corporaciones televisoras y que cobran como si fueran cursos universitarios.
La cultura es algo más profundo, esotérico (en el sentido original de “interior”) que se gesta en el individuo y modela su carácter y personalidad, que a su vez determinarán su actitud ante la vida. Es algo demasiado importante como para dejarla en manos de comerciantes o sectarios, como está de moda hace ya demasiado tiempo. (En la Antigüedad, algunos aristócratas procuraban a los ciudadanos ESPACIOS donde cultivarse por sí mismos, como anfiteatros y bibliotecas. Lo mismo que después galerías de arte y museos. Incidentalmente, un “museo” es literalmente un recinto habitado por las Musas y éstas, como se sabe, INSPIRAN.)
Fernando Acosta Reyes (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es investigador independiente de fenómenos extraños, amante de la música y estudioso de los comportamientos sociales.Facebook Social Comments