11 de abril de 2014
Quienes hemos vivido en esta Ciudad por al menos los últimos 40 años, hemos sido testigos también de un fenómeno histórico de lo más extraño. Para describirlo conviene establecer primero un punto de referencia, que podría ser el año 1962, centenario de la Batalla del 5 de Mayo. Esta conmemoración, realizada aún dentro del acostumbrado marco folklórico-nacionalista priísta, trajo sin embargo a la capital del Estado un aire de contemporaneidad que contrastaba con el ambiente provinciano que todavía imperaba aquí. Después de todo, eran los años 60 y muchas cosas estaban cambiando y la vida cotidiana de la gente no sería la excepción.
Quienes hemos vivido en esta Ciudad por al menos los últimos 40 años, hemos sido testigos también de un fenómeno histórico de lo más extraño. Para describirlo conviene establecer primero un punto de referencia, que podría ser el año 1962, centenario de la Batalla del 5 de Mayo. Esta conmemoración, realizada aún dentro del acostumbrado marco folklórico-nacionalista priísta, trajo sin embargo a la capital del Estado un aire de contemporaneidad que contrastaba con el ambiente provinciano que todavía imperaba aquí. Después de todo, eran los años 60 y muchas cosas estaban cambiando y la vida cotidiana de la gente no sería la excepción.
Para 1966, con la inminencia de los Juegos Olímpicos, ya no cabía duda que en Puebla se respiraba un aire de ciudad moderna, cosmopolita, abierta al espíritu de los tiempos. (Curiosamente, no era la primera vez en la Historia que esto sucedía.) …Y llegó el 68, con la Olimpiada Cultural previa a la deportiva, pero este idilio de sentirse ya parte del Primer Mundo –como se le llamaría poco después- fue abruptamente interrumpido por la criminal represión desatada por el gobierno de Díaz Ordaz contra la juventud universitaria inconforme con los usos y costumbres de una clase política –priísta, no había otra cosa- anquilosada. Pero no sólo eso, sino también la implacable persecución de los inconformes existenciales, apolíticos según la concepción tradicional, como los “hippies” (tanto extranjeros como mexicanos) y otros individuos de espíritu libre.
(Entre paréntesis, es asombroso el descuido en que los historiadores profesionales –los hechizos, como se verá más adelante, responden a intereses muy distintos- han mantenido al periodo urbano-moderno de México, como si a estas alturas continuaran leales al proyecto nacionalista versión épico-indigenista de la época cardenista.)
Apenas entrados los años 70, esta capital fue escenario de otro intento de la Derecha de hacerse con el control político, esta vez con el mismísimo Gobernador –sustituto- del Estado como el caudillo –aparente- de él. Al no prosperar el golpe, los golpistas fallidos tuvieron que replegarse en espera de una mejor ocasión… que llegaría en l979, cuando la historia de Puebla comenzaría a tomar un giro totalmente inesperado para sus habitantes debido a las veleidades políticas de un “inspirado” Presidente de la República.
Me refiero a la llegada del nuevo Papa, conservador y furibundo anticomunista, a tierras mexicanas… ¡y poblanas!, a consecuencia del establecimiento de relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano, ocasionando que cuanto grupúsculo “persignado” anduviera por ahí, emprendiera una cruzada “evangelizadora”, a semejanza de su máximo guía espiritual. Pero no sólo éstos, sino que funcionarios públicos de todos los niveles, imitando servilmente –como siempre- a su respectivo jefe máximo, el Presidente, se apresuraran a adoptar la consigna de que “lo moderno es ser medieval”, dando el tono para toda la política futura hasta llegar al presente.
Fernando Acosta Reyes (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es investigador independiente de fenómenos extraños, amante de la música y estudioso de los comportamientos socialesFacebook Social Comments