7 de junio de 2012
La elección presidencial de este año lleva en sus entrañas varios factores que la hacen diferente a las anteriores, y si bien es cierto que ninguna elección puede ser igual a otra, siempre existen elementos coincidentes frente a nuevos que marcan y definen cada proceso. La competencia por la presidencia de la república en nuestros días, para empezar es diferente a las anteriores porque se lleva a cabo con una nueva legislación, que si bien fue aplicada en la elección intermedia de 2009, es la primera ocasión que se aplica para elegir presidente y senadores, con sus particularidades en materia de propaganda y sobre asignación de votos para el caso de los plurinominales.
La coincidencia general es que como sucedió desde las elecciones presidenciales de 1988, la principal disputa es tripartidista, fenómeno que es plausible por la multiplicación de identificaciones ideológico-partidistas, pero que al mismo tiempo complica la lucha, ya que no es lo mismo una confrontación bipartidista como las que miramos en los Estados Unidos, o como la elección reciente en España y Francia, en donde no obstante de una participación multipartidista, la confrontación se da entre dos fuerzas políticas. En España PP vs. PSOE y Francia PSP vs. RPR, por citar ejemplos altamente competitivos. En México eso no es posible y la construcción tripartidista en el último cuarto de siglo nos muestra que mientras las izquierdas unidas jalan hacia un extremo, la derecha hacia el otro, el centro que juega con dos bandas adheridas, una de derecha y otra de izquierda, ambas pragmáticas y nada radicales, hacen esta línea sobresalga con un doble discurso para las ambas populares y para las elites económicas.
En las elecciones presidenciales del 2000, el discurso de Vicente Fox fue capaz de conciliar ambas alas, rebasar al candidato del PRI y continuar su ascenso hacia el triunfo electoral. Mientras que en las elecciones del 2006, al ascenso del discurso populista había posicionado al candidato de las izquierdas, vislumbrándose una real amenaza para un retroceso histórico. En ese camino el PRI – partido creador del Estado neoliberal mexicano- no podía confrontar directamente al candidato del PAN, ni al candidato de las izquierdas, porque había entrado a la contienda con una fractura institucional – la creación del PANAL, nacido de las extrañas tricolores aglutinados en el SNTE-. De ahí que la confrontación se tornó bipartidista en la recta final de la campaña, con el triunfo apretado del PAN. La izquierda mostró homogeneidad en medio territorio nacional del centro sur al sureste. El estado de Puebla quedó como un lunar azul. Claro las encuestas daban un empate entre AMLO y Calderón durante todo el mes de junio.
Este 2012 es muy diferente. El movimiento por la paz con justicia y dignidad que pudo haber sido el canal de relanzamiento del Peje, no aceptó partidizarse; el movimiento disidente magisterial se movilizó muy tarde, pero con una disminución en relación al 2006; los movimientos sociales pervivientes dentro del arrollador neoliberalismo a pesar de sus gritos, estos no se escuchaban hasta que aparecieron los machetes y voces en la Ibero. El 131 reconvertido en 132 se ha convertido en el instrumento apropiado para el candidato de las izquierdas, pero no obstante la velocidad de su organización y penetración parece que será tomado muy en cuenta para impulsar políticas públicas en el nuevo sexenio, porque para relanzar una campaña ganadora de Andrés Manuel, llega demasiado tarde.
Las encuestas no se mueven –salvo la que AMLO dice que lo pone 2 puntos sobre EPN, pero no está registrada en el IFE, la de Reforma, que lo acercó 4 puntos al candidato puntero; todas le dejan por debajo del primer lugar a una distancia entre 14 a 20 puntos. Con un PRD dividido en Tabasco, un discurso antineoliberal y sobre todo con una descalificación de las instituciones electorales, adelantando guerra negra y fraude electoral, apoyado por un movimiento de jóvenes muestra rasgos de intolerancia. AMLO simplemente ha empezado a justificar el contexto de una derrota más; para superarla ya está convencido de que su lucha política es un apostolado. Y desde ese apostolado seguirá predicando su concepción de país y de mundo, pero no como titular del Poder Ejecutivo Federal.

*Raymundo García García es mexicano, catedrático, investigador y doctor en Ciencia Política.