La Patria ¿Es primero?Jorge A. Durán Ramírez
Vicente Guerrero inicia su carrera participando en la lucha insurgente, con Hermenegildo Galeana en su primera batalla, la de Izúcar de Matamoros el 23 de febrero de 1812, después combate con Morelos por todo el sur de Puebla y participa en la toma de Oaxaca; escolta al Congreso de Chilpancingo cuando Morelos es capturado y a la muerte del Siervo de la Nación, continúa la lucha organizando grupos guerrilleros. Vicente Guerrero firma el Plan de Iguala junto con Agustín de Iturbide, entrega sus tropas al terminar la guerra de independencia y finalmente se le otorga el grado de general. Poco antes de este suceso, cuando los realistas envían a su padre a convencerlo para dejar la lucha de independencia a cambio del indulto, él responde: La Patria es Primero.
Es difícil valorar en toda su magnitud y a tantos años de distancia el significado de esta expresión. Hoy se utiliza como tema para convocar a un concurso, y por muchos años se ha utilizado para invocar el amor que todos sentimos hacia nuestro país. Y en estos momentos tan difíciles, por la situación política y económica del país; y ante las políticas económicas mundiales llamar a la unidad es necesario. Pero para lograrlo, es necesario conocernos más a nosotros mismos. Porque sólo se ama lo que se conoce, y sólo se conoce lo que se vive, diariamente y a todos los niveles.
Pero, ¿qué es patria? Según el diccionario es el país de origen, el lugar de nacimiento. En este sentido, Guerrero tenía razón al desear defender el país, donde había nacido, de la explotación que de él hacía España; pero después esa lucha por la patria se convirtió en bandera política.
Al asumir la presidencia de la república el 1 de abril de 1829, Guerrero -quien pugna por el federalismo- enfrenta muchos problemas, de ellos destaca la lucha entre las logias masónicas y sus tendencias políticas. En diciembre del mismo año Anastacio Bustamante se subleva y al salir Vicente Guerrero a combatirlo, el Congreso (de mayoría centralista) lo inhabilita para gobernar, por ello vuelve a las montañas ahora para combatir por el respeto de la legalidad. Finalmente Guerrero es aprehendido bajo engaños, acusado de traición a la patria y fusilado.
Entonces ¿de qué Patria estaba hablando Guerrero?, ¿La Patria de los centralistas -la que lo fusiló-, era distinta de la Patria de los federalistas? Desde esos años hasta nuestros días, se han dado muchas batallas, se ha regado mucha sangre en nombre de las distintas Patrias, pero esa sangre era, toda ella, mexicana.
La lucha entre liberales y conservadores se prolonga muchos años; gobernando unos, persiguiendo a otros y viceversa, manteniendo en el poder a vendepatrias o importando príncipes extranjeros, esta etapa del México independiente cobró también su cuota de sangre; dejando más héroes para la historia y menos hijos para la patria. Muchas familias perdieron a sus integrantes, sin importar sexo, edad, condición civil o social.
Porfirio Díaz contribuyó con su tributo de sangre en “bien” de la nación. La sangre yaqui y maya, la derramada en Valle Nacional, la ofrendada por medio del cuerpo represivo denominado “los rurales”; el sudor que mojó la tierra de las haciendas, de las fábricas textiles, de la naciente industria, del creciente ferrocarril.
Si bien en las primeras guerras civiles, los indígenas y campesinos fueron utilizados y lucharon más en nombre del cura de la iglesia y por el patrón, es en la revolución donde participan, si no más conscientes, por lo menos en espera de algún cambio en su forma de vida. Una vez más la Patria fue primero y abandonaron esposa e hijos, la mujer abandonó la precaria seguridad de su hogar y siguió al marido. Esperaban que la Patria les hiciera justicia, que por fin tuvieran algo propio, un trabajo honesto para comer y vestir. Y una vez más la Patria requirió sacrificio y espera.
Los gobiernos emanados de la revolución enarbolaron la bandera de la patria y en nombre de ella se cometieron más injusticias. La patria de Madero asesinó a la patria de Zapata, en nombre de la patria se mató también a Villa, a Carranza, a De la Huerta, a Henríquez. Todos ofrendaron su vida y la patria colocó, con letras de oro, su nombre en el panteón de los héroes.
¿A qué patria estamos llamando a amar?
La patria, patrimonio de los políticos, arca llena para sus bolsillos vacíos, campo extenso de explotación propia, vanidades de poder, extraditables de la nación.
La patria, inversión de capitales extranjeros y nacionales, producto de exportación, explotación de seres humanos a cambio de centavos, banco de pesos que se convierten en dólares para volar.
La patria, discurso de intelectuales, letras eternas, ideas vanas, teoría lejana e inalcanzable por subjetiva y ajena.
La patria de los artistas, unas veces romántica, otras combativa, coto exclusivo de una élite, que la retrata, la pinta y la describe, pero de lejos para no contaminarse del pueblo.
La patria de los historiadores, que producen las historias de “bronce”, la de museo, la que justifica el sacrificio de las masas, la de “tijeras y engrudo”, “la prostituta”, todas ellas que mantienen en el anonimato a la mayoría.
¿Qué patria queremos amar?
La otra patria, la de los indígenas, aquellos de los que Juárez decía que eran un obstáculo para el desarrollo del país, hoy alejados de los beneficios del progreso y sacrificados en su nombre, de los indígenas mantenidos lejos por vergüenza, de los objetos de arte para turistas y de estudio para científicos extranjeros y casi tipificados como producto de exportación tipo artesanía.
O la patria de los desposeídos, los que viven al margen de las ciudades, a la orilla del presupuesto, en el límite de la indigencia; que se mantienen en la ignorancia y sobreviven en la miseria, los oprimidos, los niños de la calle, los “banda”, los exiliados del campo.
O la patria de los trabajadores, los de la maquila (extranjera en su mayoría) explotados al máximo y pagados al mínimo; los de la industria, que dejan sus aspiraciones en el pago de las horas extras, los burócratas que sobreviven con las promesas de aumentos, los sembradores del campo y cosechadores de tristezas.
O la patria de los que integran el rezago educativo, los que desertan del sistema escolarizado, los que apenas tienen para comer y les damos letras y les pintamos un futuro mejor pero lejano.
A qué patria debemos amar, pues todos sin excepción nacimos en México.
Puede resultar difícil amar a esa patria propiedad y emblema de pocos, es complicado querer a la patria que nos dibujan quienes nos mienten, es imposible valorar aquello que nos es ajeno.
Para amar hay que conocer, pero también vivir… Y esa patria, no es nuestra patria, la de los mexicanos, la verdadera está en nuestros corazones, en la sonrisa de nuestras niñas y niños, en el desenfado de las y los jóvenes, en el trabajo cotidiano de hombres y mujeres. Nuestra PATRIA, la real, no es lejana, es nuestra casa, nuestro trabajo, nuestro campo, la tenemos ante nuestros ojos todos los días; y mi patria también es la del vecino, la del paisano, la del habitante de Yucatán y de Baja California, de Veracruz y Acapulco, la del pobre y la del rico, mi patria es el campo y la ciudad, la montaña y el llano, el río y el mar.
Hay que amar a México, con todo y sus políticos y a pesar de sus empresarios. Hay que amarlo desde nuestras trincheras–bancas-escritorios, desde el polvo de los caminos. Hay que amarlo para cambiarlo, para heredarlo mejor a los que nos siguen.
Hay que amar a nuestra nación, con todo el amor que merecen aquellos que luchan por sobrevivir día a día, que se esfuerzan por dar un paso más después de caminar cientos de años en el abandono. Hay que amarla de manera desinteresada pues en la entrega se recibe.
Hay que amarla con actos, con el trabajo diario, con la sonrisa en los labios, con honestidad, solidaridad y con satisfacción plena.
Hay que amar a la patria porque amándola nos amamos a nosotros mismos.
La patria es primero, porque todos nosotros somos la patria.
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