martinez garcilazo.jpgLOS PROFESIONALES
Roberto Martínez Garcilazo*

El linchamiento mediático de cierto profesional de la política que promueve cierto grupo de peritos de la vida partidista y la cosa pública es potencialmente un riesgo cultural  para toda la sociedad. A nadie beneficia la exhibición de la intolerancia, el denuesto y la injuria en contra de un ciudadano –oportunista u oportuno, ese es otro asunto- que en ejercicio de sus derechos políticos –con razón o sin ella, este es otro debate- expresa sus opiniones. Finalmente –y este si debiera ser  punto de discusión- este político que hoy es denostado y convertido en enemigo de “El Partido” fue una creación de la jerarquía política del sexenio pasado.
 
Esta innecesaria promoción de amenazadoras unanimidades es una siniestra lección de exaltación sectaria. No debemos olvidar que la violencia lingüística –escrita y oral- abona la tierra para la indeseable violencia física y, además, propicia el enfrentamiento de ciudadanos. Por el bien de la convivencia social no debemos aceptar esa degradación del debate político. La praxis política debe ser un ejercicio del pensamiento ilustrado no un certamen de escarnios de uno y otros. No debemos aceptar la naturalización del chisme y la bajeza como técnicas de discusión política. Porque la calidad del diálogo ciudadano que establezcan hoy  los protagonistas de la clase política determinará la legitimidad de nuestra vida democrática y el perfil de los futuros gobiernos que próximamente constituiremos con nuestro voto.  

Este es un asunto de responsabilidad ética de los líderes políticos. ¿Tienen código deontológico? ¿Alguna vez se han planteado su existencia? ¿Se consideran exentos de deberes morales, de urbanidad, de esmero lógico en sus declaraciones, de educación continua y permanente? Los profesionales  no deben conducirse con esa permisiva autocomplacencia que, irremediablemente, lesiona –en el caso del PRI- la pertinencia de su programa y la credibilidad ciudadana.  Porque del PAN y el PRD es ocioso hablar dada la bancarrota total a la que los ha conducido su pragmática alianza que fin ha puesto a sus respectivas ideologías, a sus principios y tradiciones. Sus identidades –pesado lastre- han arrojado por las bordas de sus naves para más rápido llegar –eso piensan; ingenuos- al presupuesto presidencial.  

Y en este punto surge otro tema de reflexión: Ser profesional de la política es una cosa y serlo de la administración pública y del gobierno, otra distinta. Lamentablemente, en la administración pública no están los técnicos ni los académicos que a través de la operación de los programas de gobierno cumplan con los imperativos de sociales y jurídicos que en bien del pueblo dicta la constitución. 

Es tal el descrédito de la política que es casi imposible pensar en ella sin asociarla a escándalos de peculado, vulgaridad y desmesurada ambición personal colmada a expensas del dinero público. Además, la política se ha convertido en un grotesco espectáculo que degrada la moralidad pública de la sociedad. Vemos en el escenario a un grupo de ciudadanos luchando ferozmente por hacerse de candidaturas a cargos públicos, cruzando entre ellos denuestos y bajas acusaciones, pero no escuchamos propuestas de mejora de la administración pública y del gobierno, ni tampoco planteamientos ideológicos sobre el presente y futuro de la república, ni sobre el ideal de ciudadano por el que nos llaman a votar, ni sobre las medidas para rescatar la educación pública, ni sobre las estrategias para incrementar los salarios del pueblo que desesperadamente quieren  representar. Hasta este año en que conmemoramos el primer centenario de la revolución mexicana que sacrificó en su altar sangriento a millones de seres humanos, los profesionales se han enriquecido durante décadas formando una casta de privilegiados sustentada por la pobreza de más de la mitad de habitantes del país. Paradójicamente, la actividad de los profesionales  ha servido sólo para profundizar la desigualdad social de los mexicanos.

*Roberto Martínez Garcilazo es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla. 

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