CULTURA, LIBERTAD Y PROGRESO: OBJETIVOS Y PILARES DE TODA DEMOCRACIA DURADERAAdolfo Martínez Sánchez*
Es evidente, para iniciar, que “…..no están todos los que son”; pero considero que se trata de las ideas eje, ya que otras consideraciones se derivan fácilmente de la cultura, del concepto de libertad o de la consideración de progreso. En cualquier caso, si las siguientes reflexiones sirven para iniciar un amplio debate, habrán conseguido su principal meta, porque no es fácil un contacto, aunque somero, con estos conceptos. A lo largo de la historia y lo ancho de la tierra han surgido controversias y hasta guerras por defender diferentes aspectos e interpretaciones de los mismos. Pero vamos por partes:
1. Cultura.
La cultura de dimensión universal y trascendencia asegurada se nos viene encima, como una sombra envolvente, abarcadora. Pero rara vez es resultado del pensar y del vivir. Tiene, ante todo, que abrir los cauces en los cuales se realicen el pensamiento y la existencia del individuo. De forma que, como dice Hans Langer: “el pensamiento se convierte en programa de vida y la vida en una realización del filosofar”. Interpretada aquí como sinónimo de reflexionar, tan útil en el quehacer cotidiano.
Generalmente se entiende por cultura un determinado nivel de conocimientos, técnicos e intelectuales, de un individuo o de una colectividad. Así entendida adquiere una connotación sustantiva y como tal, al hombre actual se le presenta en una dimensión objetiva que muy poco o nada le dice, de forma especial, si vive la etapa estudiantil. Y aquí podemos plantearnos ya la primera interrogante: ¿Puede ser esta última una de las causas de la apatía de un amplio sector estudiantil por la cultura? Más adelante intentaré un somero análisis de esta cuestión.
Frente a la consideración sustantiva, se impone actualmente una interpretación adjetiva, dinámica, como cualidad inherente al hombre. Bajo esta perspectiva es lícito interpretar la cultura como resultado del esfuerzo humano por superarse. Quiere ello decir y, a mi juicio, tiene gran importancia de cara a una profundización democrática, que la cultura es, ante todo, práctica. Sí, amigos, sin la praxis, conseguiremos, en el mejor de los casos, hombres eruditos; pero nunca hombres cultos; hombres que hayan asimilado los elementos de la cultura en sus diversos planos, y actúen en consecuencia. Pero ¿Qué es realmente la cultura? Para conseguir un análisis suficientemente comprensivo de nuestro tema, debemos dividir la anterior en tres cuestiones fundamentales: ¿Qué ha sido? ¿Qué es? Y ¿Qué debe ser? Se trata de una necesidad metodológica de la dialéctica histórica, ya que cada etapa subsume a la anterior y está, a su vez, poniendo las bases de la siguiente. Por la índole misma del valor semántico, puede apreciarse que en las dos primeras cuestiones voy a utilizar una postura crítico-analítica, y en la tercera, ese “debe ser”, nos conducirá a la ética que hoy brilla por su ausencia en nuestra sociedad y que es imprescindible en la democracia. Esto es resultado lógico de largos años de corrupción en Occidente.
El concepto de cultura varía en función del concepto de la Filosofía, de la Historia del Arte, de la Historia de cada pueblo, de la ubicación geográfica, en definitiva del hombre. De ahí que durante siglos, al menos en Occidente, los fundamentos de la cultura había que buscarlos en el humanismo clásico. En realidad el problema central se encierra en dicho concepto. Humanismo significó la actitud segura de la perfección de la cultura clásica y en consecuencia del cultivo de ella. Cultivo de la “humanitas”, porque en palabras del profesor Aranguren, “el hombre para alcanzar la perfección y eminencia de tal, necesitaba ser pulido y afinado, despojado de su espontánea rudeza”. Así nace en Roma un afán imitativo de la cultura helénica, que se ha repetido con pocas variantes hasta mediados del siglo XX, al menos en dos constantes significativas: La exaltación de lo humano que impulsa a su cultivo y la convicción de que dicho cultivo sólo puede adquirirse mediante las “humanidades.
Con la llegada del Cristianismo es admitido este humanismo con las limitaciones inherentes a la afirmación de un Ser Supremo.
A finales de la Edad Media se empieza a pensar que se puede creer en la dignidad humana sin tener que admitir los patrones culturales del humanismo clásico. Pero es el progreso de fines del siglo XVIII y principios del XIX el que acusará de “conservador” al humanismo clásico, por sostener que el hombre ha dado de sí cuanto podía. Y de esta interpretación se derivan, ya en el siglo XX tres tipos de cultura, o mejor dicho tres planteamientos de una misma cultura: La cultura marxista, la existencialista y la capitalista. Posturas que dominan los planteamientos culturales casi todo el referido siglo, debido primordialmente al carácter científico del método dialéctico de la historia. Las dos primeras corrientes rechazan el humanismo clásico, o lo llaman simplemente antihumanismo. Y en este punto, a poco que reflexionemos, debemos estar de acuerdo. Hoy no podemos admitir una cultura que, apoyada en el ocio, dejaba para los esclavos el negocio, es decir, el trabajo. El precio de la exaltación de unos pocos era injusto y ahora nos resulta intolerable; el precio era la humillación hasta el envilecimiento de los demás. La gravísima tara de la cultura humanística clásica- tara que no puede separarse existencialmente de ella, porque la hizo posible-ha sido su tremenda inhumanidad, la esclavitud.
De este simple planteamiento podemos inferir que la cultura humanística, tal como nos ha llegado a través de los medios académicos es radicalmente conservadora y ello nos impulsa a contemplar toda la vida espiritual, encerrada en los tópicos tradicionales, implica que, en muchas ocasiones, sirve para justificar no pocas bajezas mediante ejemplos tomados de la tradición. Es el humanismo cultural de las gentes de letras que viven fuera de toda decisión, o más bien que han decidido una postura cómoda en su círculo envolvente, contra las inquietudes de la colectividad, a favor, difícilmente disimulable, de la riqueza de un puro juego intelectual. La crisis profunda de nuestro tiempo tiene que ver mucho con ese problema. El hombre de hoy, el estudiante joven y el niño de la escuela, tienen un ambiente muy diferente al que tuvo el greco-romano. Se impone, por tanto, propugnar una cultura humanística del siglo XXI, cuya naturaleza humana como abstracción, debe ser existencial, evolutiva y libre; nada de mirar al pasado. El humanismo está por venir. Así lo interpreta la gran mayoría de la juventud, al oponerse, con su actitud indiferente, cuando no violenta, a los supuestos político-económico-sociológicos de la cultura que ha recibido. Esta juventud, de forma altamente acusadora la estudiantil, sabe que la peor violencia es aquella que niega la entidad y condición humana. Tal vez para calificar lo que, en muchas ocasiones, ha sido la cultura, bastarían unos versos de Eliot:
¿ Nos han engañado
o sólo se engañaron a sí mismos
esos antepasados del hablar reposado,
que sólo nos legaron
recetas para embaucar?
A la hora de hacer un análisis crítico del pasado cultural, es evidente que hay criterios para todos los gustos. Pero recuérdese que no estoy negando el pasado. Ya dije que cada etapa subsume a la anterior, en la resultante de las contradicciones de cada momento. Lo que resulta inviable es la admisión de arquetipos universalmente válidos.
Ha llegado el momento de afrontar el presente. Y tenemos que hacerlo con ilusión reflexiva. Ello no prejuzga un tratamiento blando de nuestra realidad cultural. La sociedad moderna, por diferentes caminos a los utilizados por el humanismo clásico, ha llegado a los mismos resultados: privilegio de unos pocos montado sobre la esclavitud de los demás. Dicho sin rodeos, la cultura actual es clasicista y la igualdad de oportunidades no pasa de ser un espejismo formal. Las condiciones económico-sociales de los padres de hoy son, sin lugar a discusión, condicionantes diferenciadoras de las posibilidades de los hijos. Los sistemas de formación y control de la cultura que la clase dirigente estataliza, en todos los países, han adquirido tal grado de perfección que las élites son conscientes de que su comportamiento sirve exclusivamente a sus intereses. A estas conclusiones llegó el profesor Tierno Galván al afirmar que “la ideología de la clase dominante, en la mayoría de los países del mundo, se ha convertido en el resultado de una manipulación consciente por parte de las minorías en el poder, que no creen en nada, salvo en el poder mismo, en cuanto defensa y expresión de sus intereses”. El poder y sus privilegios definirían así las bases culturales de toda ideología manipulada. Por eso, se ha roto toda posible comunicación entre el poder y el pueblo, con los riesgos que ello conlleva en una democracia. Los diferentes niveles lingüísticos se han distanciado hasta un grado de ininteligibilidad. El sistemático abandono de la cultura por parte de la juventud, abandono que llega hoy casi a menosprecio, está dejando a nuestros jóvenes, de forma alarmante a los estudiantes, indefensos ante muchos problemas de comprensión lectora, culturales y hasta profesionales, una vez terminados sus estudios. Al joven sólo le ha quedado, hasta ahora, adecuar su conducta a unos modelos preestablecidos, y ello genera periódicamente movimientos estudiantiles, siempre de rechazo al modelo social -y de consecuencias impredecibles- porque prefiere vivir sin modelo a que se lo den prefabricado. Y ante esa situación da la impresión de que la sociedad se siente incapaz de ofrecer valores positivos como alternativa posible a la rebeldía de la juventud- o a su profunda apatía, que es mucho peor-. La protesta vital, social, cultural y política de esta juventud tiene sus raíces, a mi juicio, en la existencia de un mercado supersaturado en el que aparece una contradicción clarísima: abundancia de bienes de consumo rápidamente perecederos y en el que la libertad no es un bien practicable por carencia de recursos suficientes. Por ello el vacío del joven es casi absoluto. Pero hay que añadir algo más: su sentido crítico para detectar que el adulto, tal vez sus propios padres, no creen en los valores que defienden. Saben que el adulto está comprometido social y vitalmente con unos modelos caducos, pero que le permiten seguir disfrutando de unos privilegios y, en el peor de los casos, alimentando a su familia. En estas circunstancias no podemos hablar de rendimiento, ni deberíamos hablar del control de dicho rendimiento, ya que no disponemos de elementos adecuados de control. La educación institucionalizada que la mayoría de nosotros hemos recibido y siguen recibiendo los jóvenes de hoy, no posibilita el desarrollo intelectual en los centros, que deberían ser precisamente centros de cultura. Y ello ¿ por qué?. Por razones elementales de su autoritarismo y normatividad que la hacen estar destinada exclusivamente a conseguir conductas fieles al modelo social y la rebeldía del joven, de los mejor dotados precisamente, no se hace esperar. Los centros, desde la escuela hasta la universidad son, en el mejor de los casos, meros transmisores de conocimientos, cuando deberían ser escuelas de formación y de investigación. Para leer un libro o tomar unos apuntes no hacen falta escuelas ni universidades. Basta una biblioteca e internet.
Lo que justifica la existencia de la comunidad cultural es el mantenimiento de un vínculo entre el conocimiento y el gusto de vivir mediante la unión del joven y el maduro en la consideración imaginativa del quehacer cultural. La juventud desborda imaginación y es necesario unirla a la experiencia de los mayores para conseguir la realización de una tarea común. Para conseguirlo, es imprescindible ser libre para pensar. Hace falta auténtica libertad de expresión. Si uno se equivoca, no temer las represalias, sino por un acto crítico, de autocrítica si es necesario, volver sobre los propios pasos para reemprender el camino. Mientras esto no sea posible, tendremos que seguir detectando, al menos, cuatro tipos de jóvenes, que configuran la sociedad de Occidente:
-Los escépticos, que sólo se preocupan de ir escépticamente viviendo.
-Los pasivos, que se divierten tomando y fumando no se sabe qué.
-Los conscientes de sus obligaciones y deberes y que por ello viven angustiados.
-Y por fin una juventud ideológica, sin horizontes definidos y con un deseo ferviente de acabar con todo lo que ha posibilitado el estado
actual de la cultura.
En una consideración amplia, la cultura occidental da claros síntomas de fatiga. Ha dado lugar a una civilización tecnológica incuestionable, pero esta civilización ha desarraigado al hombre; lo ha convertido en un número, porque está condenado a vivir en el seno de una contradicción, contradicción que supone vivir en una sociedad totalitaria y globalizada, cuyos fundamentos justificativos son la eficacia y la productividad, la competencia sin escrúpulos e inmoral, y la familia-cuando hay- que aparece como símbolo de solidaridad emocional, individual y personal. Tal vez por estas contradicciones, la falta de comunicación entre padres e hijos, entre gobiernos y gobernados, entre profesores y alumnos, sea un denominador alarmante. Tal vez por ello nos suena a ironía cuando, con la perspectiva de 24 siglos, leemos dos categóricas líneas de Platón:”El día en que el hombre logre llegar a la luna, significará que se habrá alcanzado tal grado de progreso, que la humanidad rebosará de abundancia, sosiego, felicidad y paz”. Sin comentarios. Es cierto que Platón es el mayor idealista de todos los tiempos, pero no estaba desubicado en su tiempo; a mi juicio hay una razón histórica determinante: la cultura tecnológica se liberó de controles extra- racionales y presiones religiosas, y ha seguido su propio camino, mientras la cultura humanística, de una forma o de otra, ha estado y, lo que es más grave, sigue estando controlada por unas minorías en el poder político y religioso.
Los problemas del momento, de cara a una consolidación democrática, son precisamente problemas de cultura, de hegemonía de grupos de control del poder; es cierto que también existen agobiantes problemas económicos, pero la categoría de durabilidad que deseamos a la democracia no se consigue sólo con dinero ni con un parlamento desconectado del pueblo. Es decir no se trata de invertir los planos, sino de suprimir monopolios para que el hombre, todos los hombres, puedan reencontrarse a sí mismos. Se impone, en consecuencia, una vuelta al hombre que elabora sus métodos y es capaz de rectificar constantemente los instrumentos materiales y lógicos. Y esto es cultura, y ésta es la cultura que debemos propugnar: relación del hombre con la realidad por medio de la tecnología y con el hombre mediante la comunicación. En la primera dimensión son los medios los principales responsables de que ciertos elementos culturales arraiguen en las gentes. En la segunda son las instituciones educativas y culturales. Lo contrario se llama simplemente: el hombre esclavo de su técnica y el hombre explotado por el hombre, respectivamente.
Más de un amigo lector se está preguntando ¿ y la cultura del futuro, cómo debe ser? Es una cuestión difícil, preocupante, pero detectados los defectos de etapas anteriores, es preciso buscar otros rumbos. A finales del siglo XX se derrumbó el comunismo, principal defensor de la cultura marxista; la cultura existencialista, como corriente, fue demasiado efímera, aunque intensa; la capitalista se encuentra, en estos comienzos del siglo XXI, asistiendo a una crisis de tales magnitudes que se buscan desesperadamente nuevos modelos económicos, cuando deberíamos estar diseñando diferentes bases culturales y educativas, condición imprescindible para el desarrollo de los pueblos. Por lo tanto pienso que la cultura debe empezar considerando al hombre como totalidad; cultura humanística que posibilite que el hombre no sea explotado por el hombre, como garantía de durabilidad democrática. Y para conseguirlo es preciso reflexionar, al menos, sobre las siguientes ideas:
En primer lugar estimo que la comunicación debe ser elemento liberador del hombre individual e instrumento de la auténtica democracia. Si no fuera por los lazos que se establecen mediante la comunicación entre diferentes vínculos de un grupo social, se correría el riesgo de atomizar la sociedad, como acontece actualmente, porque hasta ahora hemos sido incapaces de comprender que la realización personal es sencillamente imposible sin contar con los demás. Esta comunicación no se hace sin lucha; tiene que vencer los egoísmos personales y enfrentarse a la coacción; pero esta lucha no conduce a la separación sino a la solidaridad.
En el plano académico, tres principios hoy vigentes, deben ser revisados en la cultura de mañana: el principio ex cátedra, el de autoridad y el de tradición. Dicho así, llanamente puede parecer un disparate, pero no lo es tanto. Rara vez se admiten ya verdades universalmente válidas, incluso en la ciencia. Ello implica que el profesor deberá ayudar al alumno a encontrar la verdad, pero sin intentar imponérsela; de lo contrario es posible que el alumno la rechace.
En cuanto a la autoridad, es evidente que no dimana del hecho de ocupar un puesto determinado. Habrá que buscarla en la honradez profesional, en la entrega y en la capacidad de motivación.
Y para terminar, la tradición en cuanto tal cúmulo de cultura tiene su proyección, pero de ahí a seguir utilizando sus esquemas, va un abismo. Baste como ejemplo la consideración de la lengua de Cervantes. Es cierto que en el Quijote están las bases de la lengua de hoy, pero ha evolucionado tanto… Yo me pregunto ¿ ha pasado algo parecido con la tradición? Ya no caben parches. Y por ello parece inevitable una auténtica revolución educativa y cultural, en cuya base debe estar el respeto a los derechos del individuo por la única condición de ser hombre, sin distinción de clases, y reglamentar la educación permanente en su más amplio sentido, como instrumento. Sin educación permanente, como asimilación y transmisión de los elementos culturales de cada momento, no cabe hablar de auténtica democracia o ésta corre el riesgo de verse pisoteada por fuerzas totalitarias o por algún caudillo, “salvador de la patria”.
La tarea es difícil, pero merece la pena.
2. Libertad
Del anterior análisis de la cultura se puede inferir el planteamiento que voy a hacer del concepto de libertad. Por lo tanto, no teman; seré breve. El tema de la libertad es una de esas preocupaciones constantes de la historia y de todo pensador y ha tenido gran incremento, sobre todo, a partir del siglo XVIII. En verdad, a los griegos y a los medievales jamás se les hubiera ocurrido tal crecimiento. Para ellos no pasó de ser una simple “cualidad del hombre”. Es Kant el que asciende de categoría a la libertad, al colocarla más allá de lo fenoménico, en el horizonte del ser verdadero. Y como no quiero cansarte demasiado, lector amigo, evitaré hacer un repaso histórico; voy a limitarme a sintetizar algunas consideraciones de nuestro tiempo.
Para el filósofo alemán Karl Jaspers, libertad significa independencia, entendida no sólo como independencia de los actos y de los pueblos, sino más bien como autonomía interior de la conciencia. El hombre es libre y el hombre es el ser que se relaciona con los demás y termina apoyando su trascendencia en Dios. Por ello tomamos decisiones libres y no estamos sometidos automáticamente a una ley natural. Interpretada así la libertad, conviene sintetizar algunos puntos fundamentales:
2.1. La libertad consigo mismo. Entendida así, está en conjunción con la autenticidad y la fidelidad a sí mismo- tema que aparece constantemente en la literatura perteneciente a la filosofía de la existencia-. Esa autenticidad y fidelidad es, en definitiva, la afirmación de sí mismo. Esta afirmación forma cuerpo con la existencia, desde el momento en que, por un acto libre, aceptamos lo que auténticamente somos, dando lugar a la originalidad de nuestro ser como existencia. La libertad está así en la raíz de la trascendencia, mediante la cual accedemos a la autenticidad originaria de nuestro ser. La libertad se encuentra, por tanto, en el nivel de la existencia, más allá del yo empírico. Entonces alcanza el campo verdadero de la libertad que es al mismo tiempo la existencia.
2.2. Decisión. El movimiento de la libertad no es ciego. Necesita, ante todo, que la decisión se produzca en una atmósfera de tranquilidad de la luz interior, de resolución sin condicionamientos objetivos. El hombre se encuentra ante varias posibilidades de las que tiene que escoger una. Aquí entra en juego el libre albedrío que es un ingrediente de la libertad, aunque no es la libertad misma.
2.3. Libertad absolutamente independiente. A pesar de los problemas de la inmediatez, le libertad tiene que ser absolutamente independiente, espontánea. Lo único que podría ahogarla sería la ley y un saber exhaustivo, pero ni una ni otra condicionan mi libertad, ya que ésta tiene su base en mi interior y no en nada extraño a mí mismo. Es una ley interior, personal, y que no es más que la expresión de mi ser más profundo, más íntimo.
2.4. La libertad y conocimiento del mundo. La libertad al mismo tiempo que se ejercita a la luz del interior del hombre, requiere un conocimiento del mundo lo más amplio posible y de esta manera el hombre se relaciona y llega a la autenticidad.
El tema de la libertad aflora frecuentemente en las obras del filósofo José Ortega y Gasset, de forma poco sistemática, pero con gran calidad aparece en el curso que con el nombre de:”¿ Qué es la filosofía?”, impartió poco antes de la guerra civil española. Y si decimos que aparece poco sistemáticamente tratado este tema es porque Ortega fue, ante todo, un gran divulgador de cuestiones importantes que preocupaban a la sociedad de ese momento. Por ello su concepción de libertad tiene una marcada dimensión vitalista.
El hombre puede decidir esto o lo otro, y ello supone una porción de nuestra vida que tiene un carácter de libertad. Libertad que encuentra sus límites en la presión cósmica y el presente temporal que nos ha tocado vivir. Ese presente al que ya me referí y que Ortega lo identifica con nuestro tiempo, nuestro mundo y nuestra vida. En él vamos incrustados; él nos marca posibilidades e imposibilidades. Observen ustedes cómo para este pensador la vida está constituida por la fatalidad de las circunstancias y por la necesaria libertad de decidirnos frente a ellas. Y esa presión lo impulsó a afirmar:” Yo soy yo y mis circunstancias”. Frase que rápidamente se hizo famosa en los círculos más diversos de Europa y América.
José Ortega se encuentra abrumado por el poder de las circunstancias y para conjugarlo con la libertad, con frecuencia, recurre a magistrales comparaciones, casi siempre tomadas del arte. El artista necesita someterse a unas trabas, un destino, y su libertad creadora es la chispa mágica que da vida a lo inerte. Así:”El poeta apoya en la fatalidad de la rima y del ritmo la elástica libertad de su lirismo.”
Para cerrar estas líneas sobre la libertad considero oportunas algunas consideraciones del filósofo y profesor mexicano, Agustín Basabe. Y ello por dos razones: porque en estos momentos de marcada vocación internacional de los pueblos no debe faltar la aportación de este gran continente, por el peso específico que tiene en la cultura de Occidente; y en segundo lugar, por la visión fundamentalmente espiritualista que tiene este autor, considerado y respetado en estas tierras y al otro lado del inmenso mar.
Agustín Basabe, en el tema que nos ocupa, parte de una línea clásica, en su doble vertiente agustiniana y tomista e intenta conjugar y armonizar la existencialidad y la esencialidad del hombre. Con diferentes planteamientos a los utilizados por los anteriores pensadores, llega a las mismas conclusiones: Nuestra vida está por hacer, y por lo tanto, ante el abanico de posibilidades no puede elegir entre dos acciones; se trata del ser integralmente considerado el que debe ser elegido y en ese obrar tiene, para nuestro autor, su fundamento la libertad. En este punto del análisis, Agustín Basabe se diferencia de los anteriores al establecer la necesidad de la libertad para que los actos sean susceptibles de ser moralmente valorados. Es evidente que para él hay movimientos involuntarios y orgánicos que escapan al control del hombre, pero se dan otros de los que es plenamente responsable, y para que dicha responsabilidad sea imputable es necesaria la libertad. “Mi yo está ordenado a la libertad”, dice, de forma rotunda, el filósofo mexicano. Pero también aparecen, como en anteriores casos, las limitaciones. Ni siquiera podemos hablar de libertad de pensamiento, de forma absoluta. Díganme ustedes, quién de nosotros no está influenciado, a la hora de estructurar su pensamiento y en el momento de manifestarlo, por mil circunstancias-las circunstancias de Ortega y Gasset-, el tiempo histórico, el lugar, los medios de comunicación, la familia, la religión y tantos otros.
Ser libre no es hacer cada uno lo que quiere. Eso tiene otro nombre: libertinaje. Ahí estaría el límite de los actos humanos en cuanto a la
Libertad se refiere.
Finalmente, me gustaría recalcar que los tres pensadores colocan la esencia de la libertad en la “interioridad”.
3. Progreso.
De la interpretación de la cultura se deduce la concepción de libertad y de ambas es fácil colegir qué se entiende por progreso. Vaya por delante que no estoy en contra del mismo, aunque en algún momento pueda dar esa imagen. Recuerden ustedes la cita de Platón y el espectacular despegue del progreso tecnológico de finales del siglo XVIII. Sería bastante pueril y lejos de toda lógica contemporánea no ver y admitir el progreso de la humanidad en transportes, medicina y comunicación, entre otros. Pero también en máquinas de guerra poderosamente destructivas, en tecnologías que están alterando nuestro sistema terrestre. Nuestros ríos ya no son tales; son simplemente nauseabundas cloacas. Los mares, y sobre todo el Mediterráneo, empiezan a ser fabulosas tumbas de la vida marina. Y así podríamos continuar enumerando una lista espeluznante de los “logros” del mal llamado progreso.
Habría que defender y propugnar el progreso en una doble dirección:
3.1. Progreso tecnológico. El hombre se entusiasmó con el espacio sideral y se olvidó de la tierra. Parece incuestionable que es necesario invertir el procedimiento, o al menos aprovechar los conocimientos adquiridos en las investigaciones espaciales para aliviar tantas miserias humanas.
A estas alturas de la civilización es necesario un revulsivo de las conciencias en el mundo entero, para detener el actual rumbo de la historia y posteriormente reconducirlo de manera que el progreso redunde en beneficio de la humanidad y no sirva exclusivamente para mantener e incrementar el poder de unos pocos países en detrimento de la mayoría.
Se impone una conversión de la industria de guerra en industria para la paz y el bienestar. Ni siquiera hacemos caso de la famosa frase de Cicerón: Historia, magistra vitae. Y no es necesario remontarnos a épocas que ya están en la memoria de la historia. Es más sencillo abrir simplemente los ojos y contemplar las carencias elementales de un país que hace unos años competía por la supremacía tecnológica, armamentística y espacial y hoy no dispone ni de combustible, ni de piezas de recambio, y lo que es dolorosamente dramático, ni de pan para sus hijos. O dedicamos la tecnología a auxiliar a tantos pueblos que carecen de recursos primarios de subsistencia, o tendremos que dar la razón al filósofo inglés Locke, que ya en el siglo XVIII escribió: Homo, homini lupus – el hombre es un lobo para el hombre – Sólo pensarlo me aterroriza porque supondría que la cultura no ha conseguido modificar los instintos animales más primitivos del hombre.
En definitiva se impone humanizar el progreso.
3.2. Progreso cultural. En la primera parte de mi artículo me referí ya ampliamente a la necesidad de conseguir hombres cultos y no sólo eruditos. Permítanme por último, unas líneas a modo de conclusiones. En cultura, el progreso no siempre consiste en utilizar lo más avanzado. A veces es conveniente hendir la razón en los datos históricos, en las raíces que determinaron a un pueblo y configuran su existencia y su esencia. Durante siglos se pensó en la necesidad de defender la cultura dominante, soslayando y, a veces, persiguiendo otras culturas minoritarias. Pero fíjense ustedes que dicho planteamiento fue defendido siempre por la cultura dominante identificada con el poder, mientras el progreso cultural recorría otros caminos. Bastan unos ejemplos: la lengua griega actual no evolucionó del griego clásico sino el griego común, del dialecto popular, como decían ellos. Lo mismo ocurre con las lenguas romances respecto a la lengua latina, entre las que destaca nuestra hermosa lengua cervantina. Y también en este caso acontece el mismo fenómeno: la lengua de la conquista es la lengua del poder, la de la Castilla. Pero nada se dijo ni se trajo de otras riquezas lingüísticas de la península. Tenemos por delante un gran reto en doble dirección: por un lado, recuperar, potenciar y desarrollar toda la riqueza cultural indígena y de culturas paralelas de otros pueblos del mundo latinoamericano para construir un gran marco de referencia con la cultura dominante. Pero además debemos intentar una adecuada utilización de los medios que la tecnología pone al servicio de la cultura. Y aunque no estoy de acuerdo en que una imagen vale más que mil palabras, necesitamos dar a la imagen el lugar adecuado. El éxito depende, por tanto, de la elección de la imagen. Un alumno puede, entender frente a una televisión, la belleza de un cuadro, la majestuosidad de una montaña o la miseria de un rincón del mundo, en menos tiempo y de forma más intensa que utilizando sólo la palabra.
Cultura, libertad y progreso, tres principios fundamentales que debemos inculcar en una acción coordinada y participativa en todos los factores de la comunidad educativa:
Para conseguir nuestros objetivos debemos crear un “ambiente” cultural”.
Aspiramos a que la libertad sea un bien practicable y para ello es necesario el ejercicio de la misma.
En nuestro medio no puede faltar la aplicación y desarrollo de la técnica como instrumento de progreso. Eso sí, como medio y no como fin. El objetivo de todo progreso debe ser el bienestar del individuo y de la colectividad.
Hay que humanizar el progreso y tecnificar la cultura, el humanismo, para ser cada día más libres.
Aunque todos los ciudadanos somos responsables de velar por la democracia, existen algunos que, por haber sido elegidos por el pueblo, adquieren un compromiso específico en esa ardua tarea. Si se miran en el espejo de este sencillo análisis, ¿ se verán como defensores de los principios analizados?.
*Adolfo Martínez Sánchez es amante de las letras y la educación, diputado de la Asamblea de Madrid en la I y II Legislaturas; se ha especializado en medios audiovisuales aplicados a la enseñanza. Adolfo Martínez actualmente es vicerrector de Investigación y Docencia en el Centro Universitario Interamericano (CEUNI) en Puebla, México.
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