28 de noviembre de 2016

Qué difícil es hablar de un hito en la historia universal: Fidel Castro. Lo saben unos y otros que por el misterio de sus ideologías rompen con júbilo por su muerte o en una veneración pocas veces vista a un ser humano tan natural como todos y tan sobrenatural como ninguno.

Cuento entre mis mejores amigos y familiares a ambos bandos. Los escritores que admiro, unos fueron sus íntimos amigos y otros lo atacaron férreamente. No hay forma de mezclar colores en una paleta tan opuesta. Quizá los moderados crean también una esfera irreconciliable con las otras dos.

Juzgar a la distancia los hechos históricos del inicio revolucionario que encabezó Fidel no es hacer historia, lo he conversado en ocasiones con quienes son apasionados de esa ciencia. Coinciden en que no deberíamos medir con el rigor de nuestra actualidad hechos y situaciones que estaban acotados por circunstancias muy distintas a las de hoy.

Sin embargo, Fidel Castro Ruz es cosa aparte. Es historia y es presente. Su reciente fallecimiento ha levantado una oleada de opiniones de la más lejana oposición: han surgido del subsuelo las aún no sepultadas heridas de la guerra fría. Mis grandes amigos cubanos, unos fervorosos creyentes de su legado y otros exiliados, líderes de la oposición en Miami y México.

Quienes lo respetan, le quieren, valoran su legado, hablan maravillas de su institución, consolidada en una revolución que se llama comunista, aunque sea socialista (porque los medios de producción –la libertad también– están en poder del estado); le conocieron personalmente, le entrevistaron en la propia televisión cubana o desempeñaron un papel importante en la difusión de la cultura que el mismísimo Fidel proclamaba.

Ellos, lejos del líder revolucionario ya, aún recuerdan anécdotas y viven con la misma felicidad de los bailes en las calles de La Habana. Tienen siempre una nostalgia por su tierra, recordando algunas dificultades económicas que no importan ante un progreso cultural que envidian todos. Su amor por Fidel es mesurado, pero fiel.

Otros, los opositores, salieron de Cuba en un exilio obligado. Su vida corría peligro. La persecución del régimen castrista era implacable. Vivieron en Miami y ahora radican en México. Han formado una serie de asociaciones en pro de la libertad cubana. Siempre hablaron pestes del socialismo que Fidel impuso en Cuba.

La historia de su llegada al poder nos habla de un héroe amado por su pueblo. Su larga estancia, su enriquecimiento frente a un pueblo sumido en el hambre y la miseria, frenado en el tiempo del desarrollo, exponen a un dictador, implacable con la oposición, responsable de la vida de miles que intentaron ejecutar su plan para derrocar al presidente.

Creó un estado omnipresente, conocedor de las charlas de café, en donde todavía hoy no se atreven a alzar la voz para expresarse con libertad; su vida estaría en peligro. En Cuba no hay dos sopas. Sólo hay una y se debe ingerir con agradecimiento al gobierno y al pueblo que generosamente se la ha proporcionado. Se acepta la dificultad económica como una religión, sin discusión.

Los fervorosos consideran a Fidel un padre amoroso, dadivoso, generoso. Él entregó su vida para salvar la de cada uno de los cubanos de un imperialismo. El símbolo de todos los males es EUA. Hoy nos suena un discurso hueco, pero para ellos no. Quienes viven en la isla, conservan el significado del bloqueo como lo que fue en un principio. Ha sido conservado en la ideología del estado: discursos, películas, noticieros, monumentos y el propio modelo educativo adoctrinador.

En el bien y en el mal, pasó a la historia. Sus largos mítines seguirán transmitiéndose en la televisión mientras el régimen perdure. Su medicina revolucionó al mundo. La educación acabó con el analfabetismo. Sobreponerse al embargo económico. Potencializar el turismo. Eso, para bien. Por el otro lado, una dictadura, supresión de la libertad de expresión, sumisión de un pueblo, discursos manipuladores y plagados de mentiras. Así es Fidel.

Quebrase por él las vestiduras es el cuento que veremos en el protagonismo de quienes le apoyan y refundirlo en la tiranía de quienes le detestan. Ese es el costo de la polarización de las ideas. EUA lo sabe, ellos causaron el crecimiento del monstruo opositor, por eso en Venezuela han sido más cautelosos.

Aquí lo que vale es la gente de a pie. Ellos no tienen la culpa de haber sido ideologizados de una u otra manera. De cualquier modo los líderes siempre sacan provecho para sus causas. Deberíamos, opino fervientemente, quitarle el poder infinito a quienes acostumbran corromperse de forma infinita.Como dije en un pasado artículo: Nos equivocamos: entregamos nuestra libertad al estado.

Imagen: semana.com

Joe Barcala (@JoeBarcala) es novelista y activista veracruzano y poblano, autor de diversos éxitos editoriales.