18 de noviembre de 2016

No sé de cuándo data la expresión “analista político”, ni si proviene del medio propiamente académico o, por el contrario, es tan sólo otra invención mediática, en cuyo caso su filiación sería obvia: narrador deportivo > analista deportivo > analista político, todo en una y la misma persona, con el único propósito de entretener al público, sobre todo en los tiempos muertos del partido.

Porque aquí en nuestro país, hará unas tres décadas –y en Estados Unidos aún más- que DEPORTE y POLÍTICA son indistinguibles en los medios, donde lo relevante es qué equipo –o Partido- va ganando el partido –o elección-, más si acaso algunas… ¡estadísticas ! referentes a éste, los equipos contendientes y los jugadores –candidatos- mismos. Desde luego, también se aventuran estimaciones y pronósticos basados en la particular “teoría” de cada cronista –perdón- analista.

En fin, que los medios han separado la Política de sus fundamentos y objetivos originales, para dejarla en mero espectáculo electoral y su trivia, escamoteando lo fundamental: que se trata de una decisión colectiva sobre los próximos representantes y gobernantes, cuyos actos y omisiones afectarán necesariamente la vida social y personal de toda una población, seguramente por un tiempo mayor al estipulado constitucionalmente. (A diferencia de un partido o incluso torneo deportivo, por aparatoso que resulte, que no afectará sino efímeramente y sólo a sus aficionados.)

La puntualización anterior es importante porque devuelve la discusión a sus originales términos históricos y políticos, hoy casi olvidados no sólo por los ciudadanos comunes, sino hasta especialistas universitarios ya muy hechos al periodismo run-of-the-mill.

Así que conviene volver a la cuestión filosófica de qué es la DEMOCRACIA y preguntarse si los instrumentos y procesos electorales tales como los conocemos, la realizan –es decir, la convierten en realidad-, preservándola y quizá perfeccionándola, o sólo encubren su desmantelamiento progresivo, que conduce inexorablemente al FASCISMO, donde una Corporación de entre las que componen la oligarquía corporativa, que es la norma en los Estados actuales, se hace del control absoluto de éstos. (Tampoco está de más releer ese clásico del análisis histórico que es EL 18 BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE de Karl Marx, a propósito del “inesperado” golpe de Estado de aquél, que para muchos fue como “un rayo caído con cielo sereno”, similar a la reciente victoria de Trump.)

Por supuesto, también es tiempo de examinar cuál es exactamente la función, en una democracia, de órganos como el Colegio Electoral estadounidense o el vernáculo TRIFE –Tribunal Federal Electoral-, que luego –aquí prácticamente siempre- parecen dar el triunfo a quienes no lo obtuvieron directamente en las urnas, dando pábulo a toda suerte de teorías de conspiración que, si no llegan a explicar satisfactoriamente lo ocurrido, cuando menos no dejan a la gente –people - con la desagradable sensación de que, por enésima vez, los verdaderos detentadores del Poder, le vieron la cara...

Imagen: theintellectual.wordpress.com

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.