
15 de abril de 2016
-La Historia Jamás Contada-
Desde los albores de los Movimientos reivindicadores de la diferencia, allá por los años 60 del siglo pasado, había la inquietud de si el mensaje que lanzaban a la sociedad era fielmente recibido por ésta o, por el contrario, se prestaba a malas interpretaciones o incluso distorsiones deliberadas por parte del ala conservadora, sus voceros o intelectuales orgánicos.
Y también desde esos tiempos hubo quienes, desde las más distintas perspectivas,, trataron de acotar y explicar el fenómeno –Marcuse, McLuhan, Foucault- que, indudablemente, tiene lugar en el ámbito de la ideología, entendida ésta como la forma particular en que están codificados todos y cada uno de los aspectos tanto materiales como simbólicos e incluso imaginarios del universo social.
Así en la horda primigenia, que cuando alguno de sus miembros se alejaba de ella o su camino, se le (des)calificaba como renegado, indigno del trato supuestamente preferencial que recibían los que permanecían dentro. (Incidentalmente, es el mismo comportamiento que se observa en una secta destructiva, aquélla que pretende anular los rasgos individuales de sus miembros.)
En una sociedad de clases –como han sido todas hasta ahora-, la que prevalece sobre las demás, la clase dominante, impone su propia ideología –visión del Mundo, Historia, Derecho…, en una palabra, su VERDAD- a las otras, que la adoptan como propia aún en contra de sus intereses objetivos o históricos: es un vínculo –en el sentido original de “cadena”- que, cual virus informático, se reproduce a sí mismo en cada mentalidad individual y constituye la base funcional de cualquier comunicación posible, pues sólo en sus términos pueden todos manifestarse y ser comprendidos por los restantes. He aquí la trampa.
Por eso, cuando se trata de expresar las diferencias individuales y la diversidad que éstas engendran o introducen en el todo ya codificado, el simple periodismo -esto es, describir (o retratar) hechos o transcribir (o registrar) dichos- resulta no sólo insuficiente sino engañoso, pues tan sólo exhibe la diferencia como excepción (inexplicable) a la regla, sin llegar a comunicar nunca su peculiaridad subjetiva, su razón de ser: la preciada “objetividad” periodística sólo refuerza el adoctrinamiento.
La alternativa tampoco es la técnica de “investigación participativa” usada en la Antropología cultural, que consiste en vivir un tiempo dentro de la comunidad bajo estudio, asimilándose lo más posible a ella en ropa, comportamiento, rituales, etc. y reportar desde allí –periodismo “gonzo”-, pues la comunidad misma sigue siendo “exótica”, “desviante” o algo similar para la ideología dominante, que es totalitaria.
El paso lógico es entonces generar todo un universo semántico a partir de la diferencia misma, que la contextúe otorgándole sentido y significado mediante la investigación y reflexión científicas -de otro modo no tendría validez ni para sus beneficiarios-, cuyo primer resultado sería una ideología discordante con la oficial, una CONTRAIDEOLOGÍA.
¿Les resulta familiar este esquema? Es nada menos que la Teoría Crítica de la Sociedad, una auténtica “curiosidad” académica que encuentra en este caso una aplicación concreta, a condición de repensarlo todo de nuevo: es la dimensión política de la DIVERSIDAD, que pocos alcanzan siquiera a entrever.
Imagen: antoniotajuelo.com
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.