
11 de diciembre de 2015
-La Historia Jamás Contada-
A punto de cruzar el puente Guadalupe-Reyes y, siguiendo la -¿sólo?- mexicana costumbre, olvidarse del Mundo exterior para amontonarse tanto como se pueda en los cálidos refugios construidos o mantenidos para ello, conviene preguntarse desde ahora, a manera de propósito anticipado de Año Nuevo, qué haremos respecto a nuestra calidad objetiva de vida, más allá de las ensoñaciones de temporada, una vez salidos de este tradicional periodo de hibernación.
Porque los políticos formales o profesionales, esos de campañas y elecciones, más todos los administradores, sólo se ocupan –si acaso- de los “problemas estructurales”, expresión que designa algo tan grande y abstracto, que cada quien termina definiéndolo a su manera, comenzando por aquéllos, más preocupados por pasar a la Historia que de la eficacia real de sus “ingeniosas y originales” soluciones.
Pues sólo se dedican, los unos, a idear leyes –su producción “poética”, a falta de habilidad artística- sin haber comprendido siquiera los problemas y expectativas de la gente menos privilegiada –la inmensa mayoría- y por lo mismo más golpeada por la realidad de todos los días que ellos, mientras los otros sólo aplican mecánica, incluso estólidamente las tales, sin volver ninguno sobre sus pasos para comprobar su efecto –if any- en un sentido u otro. A eso se reduce su “gobierno”. Entretanto, las cosas siguen como siempre: empeorando.
Así que de estos “artistas del choro” –hablado y escrito- poco o nada puede esperarse racionalmente. Pero tampoco de quienes, a derecha e “izquierda” (¿?) del (aún) Partido oficial, esgrimen la moralina como panacea para los males de la sociedad contemporánea, pues nada puede el idealismo filosófico contra siglos de inconciencia política. (Una noche de abril de 1985, un taxista me comentó haber realizado una encuesta entre sus pasajeros que arrojó que todos estaban disgusto con el Gobierno, pero sin precisar sus motivos. Es este descontento indefinido –emoción sin reflexión- el que éste emplea para inculpar a sus enemigos: la vieja táctica del chivo expiatorio –como ahora los maestros disidentes- en su versión bonapartista, enfrentando unos sectores contra otros para salir bien librado.)
Lo primero para superarla es asumir que todos, por el solo hecho de vivir en sociedad, somos ya políticos que con nuestro comportamiento individual modificamos las condiciones sociales en que nos movemos. Y esas pequeñas perturbaciones, cuando coinciden en sentido y dirección, se suman, como los vectores, e imprimen una tendencia. La función de un Gobierno es básicamente vigilar y actuar sobre las tendencias sociales, ya sea estimulándolas o contrarrestándolas para conservar y, de ser posible, mejorar la calidad de vida de una población: un concepto que rebasa el “simple” civismo, todavía idealista, cuya pretensión es que basta con que uno mismo se comporte adecuadamente, para que lo demás se dé por añadidura.
Por eso hagamos cotidianamente POLÍTICA VECTORIAL, sumando (o sumándonos a) los pequeños actos que mejoren la situación general y contrarrestando aquellos que la empeoren, antes de que ocurra un salto cualitativo –o cuántico- y se conviertan en problemas estructurales sobre los que ya no podremos tener control.
Una actitud sana que además nos dará experiencia.
Imagen: soyinternauta.wix.com
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.