25 de septiembre 2015
- La Historia Jamás Contada -
Un punto curioso de la mitología nórdica, es el concepto de apagamiento de los Dioses que da título a este artículo, el cual, como habrán notado enseguida los aficionados a la ópera, coincide con el de la parte final de la tetralogía Der Ring des Nibelungen del compositor Richard Wagner, motivado por mis observaciones/reflexiones sobre las recientes Fiestas Patrias, que definitivamente ya no son lo que solían ser.
Lo digo sin nostalgia, ya que su tiempo pasó, como el de la Historia mitificada en general, parte esencial de la ideología de legitimación del Régimen autollamado “revolucionario”, cuyos descendientes nominales pretenden volver por sus fueros recordándonos qué tiempos aquéllos -¿señor don Simón?, por el dejo porfiriano que adoptan-, cuando supuestamente todos los connacionales nos hermanábamos por una noche para, olvidando nuestras diferencias naturales y sociales, vitorear al unísono a los “héroes que nos dieron Patria, etcétera”.
Es aquí donde reside el equívoco, en haber convertido a los mortales que algunas vez combatieron la tiranía, en seres casi divinos, inmaculados semidioses –el significado original de “héroe”- que guardan por siempre el justo y casi perfecto orden de cosas que habría instaurado la Revolución. Todo un mito. (Lo mismo pensaba –o soñaba- la “gente decente” cuando Porfirio Díaz presidía la conmemoración del Primer Centenario de la Independencia en 1910.)
Pero el fenómeno va más allá de los héroes, a quienes la mínima investigación histórica deja en simples humanos, con sus defectos, contradicciones y bajezas, y alcanza las entelequias que forman el núcleo del “misterio patrio”, pues ¿quién cree ya en la Independencia, Libertad, Soberanía, Democracia, Derechos Humanos y lo que venga? Por eso, éstas tienen que corporizarse en cosas tangibles e incluso transportables, susceptibles de ser llevadas en procesión por el territorio nacional, como el Paseo de los Símbolos Patrios hace 30 años, ¿recuerdan?
Y también las inmateriales pero altamente simbólicas como el solemne izamiento diario de la Bandera en plazas públicas y la forzosa reproducción del Himno Nacional al principio y fin de las transmisiones de radio y televisión que, también durante ese primer sexenio tecnocrático, se agregaron a los tradicionales Honores a la Bandera de los lunes y las fiestas religiosas de Estado del llamado Calendario Cívico que, sin embargo, también se apagan…
¿Por qué? ¿Cómo pudo suceder esto? No es extraño, en realidad. Ya lo había conceptualizado hace un siglo el sociólogo Max Weber con su noción del Entzauberung der Welt -desencantamiento, retirada del elemento mágico del Mundo-, el desvanecimiento de la gloriosa –resplandeciente- fantasmagoría que rodeaba las cosas “trascendentes”, como el Poder.
Algo que parece desconocer la clase política, el subconjunto de la sociedad que detenta y negocia con el poder de decisión sobre ésta y sus bienes: es apenas curioso que, cuanto más vendepatrias es un Gobierno, tanto más patriotero se manifieste, como si quisiera compensar en el imaginario colectivo el despojo material que hace a la misma colectividad por cuyos intereses dice velar. No sólo eso sino que, consciente de la ineficacia de la manipulación del patrimonio ideológico oficial, recurre sin pudor al del Antiguo Régimen, como en los Desfiles conmemorativos, que ya incluyen los íconos clericales que hasta hace muy poco eran tabú.
Pero se trata nada menos que del inexorable crepúsculo de los Dioses, antiguos y no tanto, expresión superestructural –esto es, en la apariencia- de la divergencia radical entre la sociedad que es, y como quisieran fuese quienes hasta hoy se han beneficiado desmedidamente de ella. Eso es todo.
Imagen: youtube.com
Fernando Acosta Reyes @ferstarey – es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.