23 de enero de 2015
- La Historia Jamás Contada -
El incidente de la semana pasada, en que la esposa de un Gobernador no pudo aparecer en un acto público cualquiera por no ir vestida “como Primera Dama” (¿?), a más de ser un anacronismo para nuestra propia historia Cultural –la evolución en la forma de vivir, vestimenta incluida-, trae por analogía a la memoria los cuatro Imperios –en grado de tentativa- que plagaron el siglo XIX: de Iturbide, Santa Anna, Maximiliano y Porfirio Díaz, sus protagonistas –como de película o telenovela-, cuando la nostalgia por la monarquía –absoluta, desde luego- aún se dejaba sentir entre las antiguas clases privilegiadas y otras que aspiraban a serlo, como la parte enriquecida de la clase media, deseosa de ostentar títulos de nobleza que ocultaran su origen común. Y como –se dice- para ser torero, primero hay que parecerlo, pues…
No se trata de una preferencia individual, grupal o comunitaria por un atavío en particular, una expresión más de la diversidad cultural, sino una forma simbólica de situarse por encima del resto de la población a través del despliegue de indicadores de status: dinero, poder, (falso) refinamiento, etc. No sólo eso, también hacerlo en compañía de tradicionales íconos monárquicos como son dignatarios eclesiásticos y jefes militares, amén de invitados extranjeros y próceres locales, toda una Corte –de cuento de hadas, considerando que vivimos en una República- en medio de la parafernalia –arquitectónica y de otro tipo- y boato que aderezan tales solemnidades, como acostumbraba hacerlo regularmente en España el Caudillo. (Recuerdo hace años la visita del entonces monarca español y la unción con que los locutores de la televisión “mexicana” se referían al él como Su Majestad el Rey Don Juan Carlos, exagerando el tono palaciego de la nota.)
Cosas prácticamente desterradas desde la Revolución de 1910-17 y también en los actos priístas comenzando con Luis Echeverría, quien se mostraba en mangas de camisa o guayabera –que sus lambiscones se apresuraron en convertir en una especie de obligación entre políticos-, mientras que su sucesor, José López Portillo, lo hacía en chamarra, ambos deslindándose de la arrogancia de sus predecesores, pues había que ir con los tiempos, aunque sólo fuera en apariencia.
Eran los años 70, por supuesto, cuando se apreciaba el individualismo, y la experimentación en materia de ropa era bienvenida incluso entre gobernantes y funcionarios públicos en general. (Una notoria excepción a la tendencia eran los empleados bancarios, obligados a vestir siempre de traje, a pesar de sus raquíticos sueldos. Pero eso sucedía en el sector privado, secularmente conservador.)
Aunque aparentemente triviales, detalles como éste del vestido revelan algo muy serio: una voluntad de regresar a formas rígidas, estrictamente jerarquizadas e incontestables de Gobierno –el “complejo autoritario”- que, si no tolera una “disonancia” menor entre su propia élite, menos aún lo hará con las posturas decididamente antagónicas que adopte quien considera su inferior, el Pueblo.
Ya lo decía Jesús Reyes Heroles (padre): “En Política, la forma es fondo”. Y es evidente de qué fondo se trata.
*Imagen(http://media.tumblr.com/)
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.