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VUELO PINTADO EN PASIONES DE PALOMA

HOMENAJE A FRIDA KAHLO

Por: Guiomar Cantú*

1ª pte.

En un oleaje de tinta hecho de estrellas, de la boca de un cielo anaranjado, con un espejo en el pecho y alas para atravesar el tiempo, nací el 6 de julio de 1907. Para el registro Magdalena del Carmen Frieda Kahlo Calderón, para el mundo la mujer-paloma, la de traje de tehuana, la surrealista Frida Kahlo, diosa de la pintura mexicana.

De mi padre, fotógrafo alemán, aprendí la magia de la imagen, las pinceladas de luz, el instante tatuado en claroscuros.

 

 

A los tres años la polio paralizó mi pierna. Era 1910, la revolución había comenzado, y los ideales del país se habían trazado. Tiempo después cambiaría mi fecha de cumpleaños por la de este año, para empezar mi vida cuando el país emprendía la marcha que definiría el rumbo de su historia.

Las coloniales callejuelas, los empedrados, los adoquines y el olor húmedo del barro, las madreselvas y los colores brillantes del mercado, fueron paisajes del Coyoacán amado sobre el que se deslizaron mis pasos y mis días.

Yo era la tercera de tres hermanos. Matilde, mi madre, me instruyó en las artes de la cocina y la casa, de las flores y las tradiciones.

Mi jardín era oasis de ambrosías, los monos y los perro-escuincles, las cotorras, los faisanes, las gallinas, los canarios, la fuente, los cactus, las rosas de Castilla, las palomas, las campanas que anunciaban los rituales, era aquello universo en sinfonía, posaría mi alma en su belleza a lo largo de toda mi existencia.

En 1922 la Escuela Nacional Preparatoria sería el templo de mis revelaciones. Allí el destino no solamente me enseñaría el rostro del hombre que habría de ser mi vida, también llenaría mis sueños con certezas, la libertad vibraba en mi plumaje, y el espíritu fluía en alegría.

Atravesé los pasillos y los libros y los pinceles me fueron seduciendo. A los 18 aprendí grabado y ya sabía que el arte era mi vida. La creación palpitaba en el vientre, en las costillas, todo en mí era mágico en el trance, en la abstracción de luz de un fino instante. Las musas me habitaban, el éxtasis me abrazaba y la magia guiaba mis arpegios.

Un accidente en tranvía me había dañado gravemente dando lugar a las operaciones, los corsés y los aparatos para el estiramiento, las infusiones, los baños, las vendas, los yesos, el dolor, y los gritos en un gélido infierno.

Un malestar entrañable, intermitente, las respuestas que nunca aparecían, las tinieblas y tanta ardiente ira fueron las luminosidades de mis inspiraciones. Fue en avernos violentos, en abismos de tórrida agonía, donde el alma encontró su fortaleza, su arma, un dragón que del fuego ha renacido, voluntades feroces, las verdades que me hacen infinita, instrumento de amor, el graznido inmortal del fénix en el pecho, y la paz de saber que sigo viva.

Crepusculares, secretas, prodigiosas visiones de las auto-contemplaciones, me reconfiguraba en la belleza de mis transmutaciones, escultora de una mujer furiosa, orgullosa, con el alma en las manos, amazona invencible, poderoso relámpago que sueña.

 



 

 

A los 19 el lienzo fue mi espejo. Mi retiro por la convalecencia me llevó a mirarme fijamente, a encontrar mi rostro en los negros contornos del delirio, en el autorretrato, en el instante adentrándose en lo eterno.

Desplegaba mis alas en las brochas de un vaivén acuoso, era el viento un amante silencioso, de mis ojos nacían mis otras Fridas, mis hermanas, mis gemelas, mis hadas, mis sirenas. La Coatlicue, la madre, la rota, la cosida, la que entrega el dolor a las agujas, la revolucionaria, la semilla de las modernidades, Xochiquetzal en un jardín colgante, la chamana de un México que ríe y en la risa desentraña su onírico universo.

Sin pudor desvestí mis filamentos, pensamientos de sangre en pigmentos de sombra amoratada, el camino era el viaje hacia el olvido, hacia un nuevo interior de espacios infinitos sin diagnósticos ni pastillas blancas. Dibujé de memoria y de reflejo, el espejo fue danza de ojos nuevos, encontré una parvada de mil sueños, una paloma en la frente engarzando en ternuras mi cabello. 

Cuando conocí a Diego, el comunismo y el arte fueron las palabras resonantes, nos atrajo lo mismo, hasta que la música nos llevó a la cena, el pan al vino, el frío a la chimenea; la lluvia tras la ventana y el danzar de las enredaderas, galope de corazón, hemorragia en la punta de la flecha, el amor se metió por el aliento, en el beso, en las navegaciones del encuentro, bajo las sábanas perfumadas de pétalos de viento.

Esculpiendo mis formas me ensartó cual paloma y me hizo vuelo, fundimos nuestros cielos, los mosaicos brillaban en esferas de luz anaranjada, remontamos las nubes, los volcanes en lentas erupciones, cadenciosas estelas, un océano de éxtasis, difuminado el cuerpo brotó el alma en un grito de luz blanca.

El 21 de agosto de 1929 me casé con Diego, lo que no significaba que ya era sólo mío. Él era suyo, como yo era mía pero aún no lo sabía.

Cada uno crecía en su pintura, la admiración mutua era un sólido cimiento. Para complacerlo, empecé a vestirme de tehuana, a portar los trajes mexicanos, y a pensar en cruzar otras fronteras.

A principios de los ‘30 estuvimos en Detroit y en Nueva York. La vanguardia, la estética desde otras dimensiones, la percepción asumiendo evoluciones. Una lluvia de conciencia lavaba mis creencias, era libre y ahora lo sabía.

Me fundí en los labios de otras bocas, nombres cortos poblaron mis lenguajes, monosílabos de sensualidades, el sabor de otra piel, horizontales danzas de rubios continentes, la cadencia en el ritmo de la lengua, los dialectos del tacto, el deletrear de las piernas, siete besos tatuando de púrpuras pasiones el umbral de mis caderas. Pelirroja explosión de mezclas suaves, azabaches mis trenzas son palomas y sombras y palabras palombras, material que satura la memoria. Distorsiones de alcohol, burbujas en la tina, un abrazo en el mar, tiempo de tentación y seducciones.

 



 

 

México era la partitura de todas mis pasiones, de mis alucinaciones, fértil hogar y capullo de mis transmutaciones, fascinantes delirios vegetales, el universo paría sus planetas, yo era tierra y semilla, de mi frente nacía mi niño Diego, lo mecía en mis enaguas, en canciones de miel y piloncillo.

Soy salvada en los ojos de mi amado, al diluir mis muletas en sus aguas y correr, bailo y vuelo en las órbitas bordadas de mi falda, en el rebozo mis alas son serpientes, emplumadas diosas de raíces y peces. Llega Xólotl a sostener mis pasos y en el lienzo soy libre cuando en el óleo se mezclan los colores, se disuelven los dolores en reinos infinitos, en el canto del sol, en la inmaculada belleza de la luna.

Amada en las playas del origen, y poseída de afrutada espera, entregada al llamado de mi hombre que desata listones y me engarza furioso con destreza, tierno y mío el suspiro en mis pulmones.

2ª pte.

Coyoacán fue refugio y matriz de insignes pensamientos. Hacia el final de la década León Trotsky se instaló en casa por asuntos políticos. Con su voz se encendía un palpitar de aves en mi vientre, su mujer me veía estremecerme. Luchaba interna y violentamente para acallar los latidos de mi pecho, los suspiros, los deseos de beberme sus labios y sus sueños.

En su doctrina descubrí también mis revoluciones, me enfrentaba al terror y al desconcierto. 

La intimidad de la idea, las confesiones, el vaivén de sus dedos colocando la taza a la orilla de la mesa, el humear de la pipa, sus acentos, las memorias de Europa, los silencios, la lluvia, el crepitar de la leña, hervía mi alma, un torbellino azul me electrizaba, el aroma del nardo, una batalla silente, una huída constante, un encuentro inevitable. Ya lo amaba, y nos faltaba tanto por amarnos.

Con la llave en la puerta y la casa dormida, siete noches creando el paraíso. Reventó la magnolia, su perfume entró por la cocina. En mis manos la paz de sus caireles, fuimos bosque de nieblas y corceles de ensueño en transparencias, evidencias de un paso sin camino, por eso la pasión, por eso el orgasmo en precipicio.

Fue un amor azul, rosa violento, tierno, cálido, y gris cuento de invierno. Lo amé y me amó, entrañablemente. Fue su cuerpo mi viaje al paraíso, al universo de todos los ensueños, remontamos el vuelo que traspasa la piel, que disuelve las sensualidades para ser el amor tejido en claridades, manantiales de alma enamorada, apasionada, correspondida, amante-amada y tan humana y sagrada, un instante de dioses bajo el cielo.

Tras su muerte me arrestaron por su asesinato, también a Diego.

Para 1939 André Breton me invitó a exponer en Paris, se había convencido de mi surrealismo cuando yo pintaba realidades. El viaje me llenó de vida, en las arterias mi sangre se encendía en europeas pulsiones de alegría. Allí conocí a Picasso y en Vogue me fotografiaron.

Para el ’40 me había divorciado. La soledad me había desdoblado, trataba de amarme en las luminosidades de la melancolía, en el patinar del lápiz, en mis óleos de Frida en mazonite. Tras un año volvió Diego, el abandono era péndulo de insomnio repetido, dibujaba, fumaba, bebía, y más que nunca sonreía.

Llegaron los albores. Agradecía el camino, me integraba más conmigo misma, asumía la libertad para tomar mis propias decisiones, comprendía los propósitos y las misiones, el amor y las aceptaciones, la conciencia de estar en el presente, de existir después de tanta muerte.

En el ’43 comencé a impartir clases de pintura en la Esmeralda, vocación, disciplina y resistencia, instrucciones para el dominio de la técnica; el talento era forjado en la fuerza del carácter, en la voluntad y en el hambre de expresarse, de encontrarse, de procesar el conocimiento hasta alcanzar el genio en la maestría.

Desfilaron los jóvenes con sus redes que atrapan las ideas, las nociones de una pintura nueva, las imaginaciones, los esbozos de las totalidades, intuiciones que llegan en una mariposa, el talento asumiendo direcciones, el espacio de lo ilimitado, inspiraciones en ecos del futuro.

 



 

 

En la primavera del ’53 la Galería de Arte Contemporáneo de la ciudad de México, realizó la exposición más deslumbrante de toda mi carrera, me prohibieron ir por mi salud, pero aún así fui con todo y cama, en ambulancia, con una escolta de motocicletas de la policía. Los invitados entraron conmigo a los reinos de mi espíritu mestizo, mi penacho y mi encaje combinados, una arteria me unía a ambos mundos, de mi boca nació mi firmamento, mi otro cuerpo, en mis árboles fui el fruto de mis sueños, los desiertos de México y sus selvas, el peyote y las multi-dimensiones.

Ese mismo año me amputaron la pierna. El camino tenía otro colorido, analizaba todo, mi victimización, mi grieta, las razones que hicieron mi destino, oscuridades y miedos multiplicados y fragmentados en un calidoscopio, los abortos, la pasión de epidermis y el amor volcado en mi trabajo. Mi energía oscilaba del suicidio a la calma, la catarsis, la existencia flotando entre la nada, muerte blanca, silencio en movimiento, la quietud de la memoria que lentamente se apaga.

Un poema hecho ángel fue la mano que detuvo mi navaja, el balazo, la mordida letal de la serpiente. Leía, la sabiduría llegó para conmoverme y entonces escribía. Vino y tinta en las letras de mis venas, era el búho mi dulce melodía.

De renglones tejí mi paraíso, los retornos a mi naturaleza, a la paz de la mente cuando el alma recuerda su armonía. Me sabía viajera de los lienzos, paisajista de mágicos vacíos. Mis alucinaciones dejaron de sumirme en el tormento y respiré en mi poesía la luz de las voces del silencio, la música trotando en mis adentros. Y bailé sobre el agua, sobre un barco de cielos confeccionado de nubes y dragones, encontré en mis jardines luciérnagas, iguanas amarillas, orquídeas, madreselvas, lirios, girasoles y libélulas de ojos esmeralda.

Decidí descansar, la lucha había sido extenuante, había amado, odiado y llorado desde el hervor profundo de mi sangre, había creado universos y abrazado con fuerza el sentimiento, me vaciaba, la luz me convocaba, esperaba que la marcha fuera alegre, que no volviera jamás, que lograra evolucionar y trascenderme.

En un soplo de luz solté mi alma. Estaba preparada para cruzar el río, atravesar el puente, embarcarme en el sueño, regresar a mi esencia, a la fuente.

Ya el espíritu volvía a su infinito, ya mi cuerpo se arqueaba, se entregaba a la paz de la mañana, y yo era un ave, una paloma en plumaje luminoso, una acuarela de oleaje y transparencia, una esfera de tiempos, un tatuaje en los labios de la diosa, pincelada en el mar de la mirada, el amor volviendo hacia sí mismo.

El 13 de julio de 1954, el Palacio de Bellas Artes veló mi cuerpo, la bandera del partido comunista fue el manto de mi último lecho. La Casa Azul alberga mis cenizas, mi obra, los ecos de entrañables sentimientos.

Fue mi vida un canto de alma viva, un sueño de maíz, un vuelo de diosa en mazonite, la libertad del fénix, un quetzal de voces coloridas, un colibrí de fuego, filamentos de luz al universo. A velocidad de astro fui paloma y atravesé los ojos de los cielos, fui galaxia, pulsiones de energía, la conciencia de las totalidades, la pasión de la diosa en el éxtasis que llega después de la agonía.

Amorosa pincelada, vuelo infinito en el corazón de todo lo que existe.

Me hice luz, volví a la esencia, llegué al origen, me hice poesía. Vivo eterna en el alma de los que me contemplan, me escuchan, me liberan cuando se saben libres.

*Guiomar Cantú(Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es escritora y artista multidisciplinaria, egresada de la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sabersinfin.com agradece a Guiomar Cantú la autorización para publicar el presente trabajo.