VUELO PINTADO EN PASIONES DE PALOMA, HOMENAJE A FRIDA KAHLO
Minuto a Minuto

 

 


 

 

A los 19 el lienzo fue mi espejo. Mi retiro por la convalecencia me llevó a mirarme fijamente, a encontrar mi rostro en los negros contornos del delirio, en el autorretrato, en el instante adentrándose en lo eterno.

Desplegaba mis alas en las brochas de un vaivén acuoso, era el viento un amante silencioso, de mis ojos nacían mis otras Fridas, mis hermanas, mis gemelas, mis hadas, mis sirenas. La Coatlicue, la madre, la rota, la cosida, la que entrega el dolor a las agujas, la revolucionaria, la semilla de las modernidades, Xochiquetzal en un jardín colgante, la chamana de un México que ríe y en la risa desentraña su onírico universo.

Sin pudor desvestí mis filamentos, pensamientos de sangre en pigmentos de sombra amoratada, el camino era el viaje hacia el olvido, hacia un nuevo interior de espacios infinitos sin diagnósticos ni pastillas blancas. Dibujé de memoria y de reflejo, el espejo fue danza de ojos nuevos, encontré una parvada de mil sueños, una paloma en la frente engarzando en ternuras mi cabello. 

Cuando conocí a Diego, el comunismo y el arte fueron las palabras resonantes, nos atrajo lo mismo, hasta que la música nos llevó a la cena, el pan al vino, el frío a la chimenea; la lluvia tras la ventana y el danzar de las enredaderas, galope de corazón, hemorragia en la punta de la flecha, el amor se metió por el aliento, en el beso, en las navegaciones del encuentro, bajo las sábanas perfumadas de pétalos de viento.

Esculpiendo mis formas me ensartó cual paloma y me hizo vuelo, fundimos nuestros cielos, los mosaicos brillaban en esferas de luz anaranjada, remontamos las nubes, los volcanes en lentas erupciones, cadenciosas estelas, un océano de éxtasis, difuminado el cuerpo brotó el alma en un grito de luz blanca.

El 21 de agosto de 1929 me casé con Diego, lo que no significaba que ya era sólo mío. Él era suyo, como yo era mía pero aún no lo sabía.

Cada uno crecía en su pintura, la admiración mutua era un sólido cimiento. Para complacerlo, empecé a vestirme de tehuana, a portar los trajes mexicanos, y a pensar en cruzar otras fronteras.

A principios de los ‘30 estuvimos en Detroit y en Nueva York. La vanguardia, la estética desde otras dimensiones, la percepción asumiendo evoluciones. Una lluvia de conciencia lavaba mis creencias, era libre y ahora lo sabía.

Me fundí en los labios de otras bocas, nombres cortos poblaron mis lenguajes, monosílabos de sensualidades, el sabor de otra piel, horizontales danzas de rubios continentes, la cadencia en el ritmo de la lengua, los dialectos del tacto, el deletrear de las piernas, siete besos tatuando de púrpuras pasiones el umbral de mis caderas. Pelirroja explosión de mezclas suaves, azabaches mis trenzas son palomas y sombras y palabras palombras, material que satura la memoria. Distorsiones de alcohol, burbujas en la tina, un abrazo en el mar, tiempo de tentación y seducciones.

 

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