- La Historia Jamás Contada -

03 de julio de 2015

¡Vaya coincidencia! ¿O no tanto? Fue en 1972 que comenzó a percibirse en el país una ola de orgullo por lo español monárquico y a la vez aldeano –una y otra cosa son parte del mismo complejo-, contrastando con la actitud cosmopolita, abierta al Mundo, característica de aquella época, especialmente entre los jóvenes y adolescentes, quienes veíamos a nuestras ciudades salir del provincianismo prevaleciente todavía una década antes.

El cambio retrógrada comenzó discretamente, como una de tantas otras modas comerciales, apelando al sentido de lo señorial, un poco a la manera de Don Quijote en su pueblo, de cuyo nombre su autor no quiso acordarse. (Por cierto, el novelesco personaje adquirió entonces un carácter casi oficial como ideal del ser ¿mexicano?, ¿español?... equívoco que el tiempo y la política gubernamental irían aclarando.)

La “nueva” actitud se manifestaba recurriendo al Kitsch asociado con el Medievo: puertas toscas con herrajes ídem, construcciones de argamasa –al menos en apariencia-, velas, candeleros y, por supuesto… yelmos, armaduras y blasones, elementos decorativos indispensables en toda casa, comercio –principalmente dirigido al turismo, como hoteles, restaurantes y de souvenirs- u oficina pretenciosos, pues ¿qué caballero que se precie no los ostenta? El mismo Alonso Quijano tuvo que procurárselos o confeccionarlos él mismo antes de echarse al camino e iniciar sus andanzas.

Tal estilo, perfectamente legítimo como elección personal, dejó de serlo, sin embargo, cuando se transformó en referencia obligada o aún consigna de los Gobiernos de cualquier nivel, que diligentemente se apresuraron a recolonizar –esto es, retrotraer a la época de la Colonia- los espacios públicos bajo su jurisdicción, tendencia que llegó al absurdo durante el periodo de un Presidente de la Madrid, cuando se prohibieron nombres en un idioma distinto al español para comercios: el integrismo, ni más ni menos: sólo faltaba volvernos a todos católicos y súbditos del Rey.

Pero la ocasión llegó o, mejor dicho, la hicieron llegar, comenzando por desconocer a la República española en el exilio y reconociendo, en cambio, al restaurado Reino de España, amén de restablecer relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano. Sólo era cuestión de tiempo que empezaran las “visitas” de tan ilustres nuevos “amigos” (¿?).

Desde entonces, este ánimo reconquistador-reevangelizador –van juntos- se ha contagiado tanto a funcionarios de todo tipo –incluso universitarios- y líderes de opinión, como a intelectuales en general, siempre incitados o reforzados positivamente –Skinner- por un ingenioso –como el famoso hidalgo de la novela- sistema de premios y recompensas simbólicos, equivalentes a los antiguos blasones: sirven para colgarse.

Todo esto cuando en España misma ha entrado en vigor una ley mordaza equivalente a los infames artículos 145 y 145bis –referidos a la “disolución social” (¡!)– del Código Penal vigente en México en 1968, que emplearan Gustavo Díaz Ordaz y sus esbirros para perseguir “legalmente” a quienes disentían abierta y públicamente de su Gobierno. ¿Será posible tamaña cuanto anacrónica coincidencia, o siempre –desde los años 60, cuando menos- hubo algo más de fondo?

Fernando Acosta_Reyes

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.