JUANA BIENQUERIDA
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Iturra ha contestado que es Don Venancio quien manda, aunque en cada cosa quien más autoridad demuestre es quien ha tomado las iniciativas. Como él, que alcanzó el fortín de los pincheiras la noche anterior, alcanzándole al indio Artile la tropilla liberadora. Su propio tobiano azulejo, que el montonero codició hasta apropiárselo rivalizando con la misma liberada, un zaino doradillo, dos pardos manchados, un bayo abarrosado y el mejor alazán pampa que había en la partida. Este último, el mismo que ahora Juana monta.

Será propicio entonces el aindiado Iturra, para desembarcar tanto deseo de conquista. Tanta invasión femenina en terreno yermo. ¿Es ella de la casta de los invasores, o es acaso numen principesco de la civilización agredida? Ella se siente tan hija de la tierra como el milico dominador de tropillas. Y por eso se le pega a los estribos, aunque él ahora monte un overo desparejo y ella sobresalga en su alazán. A la mañana siguiente Juana ha renunciado a volver a Coelemu (8); la han convencido Iturra, su humildad y su fortaleza, y va en camino a La Blanca. Su paso, puede reconocérselo, es francamente fundacional.

Pero digamos algo más de la niña Juana, sensual y conquistadora. Aunque la historia no ha profundizado demasiado en la cuestión, es probable que hubiese una segunda razón en el empeño de la mujer por continuar bajando olvidándose de Chile Es que en el Combate de Quilmo, batalla de la Patria Nueva chilena ocurrida en el marco de la Guerra a Muerte, y que acaeciese el 19 de setiembre de 1819, la víctima propiciatoria fue el montonero Dionisio Seguel. Primo, tío o hermano mayor de Juana: no lo sabemos en realidad. Sólo contamos con un escueto parte de guerra, en el que consta que las tropas del gobernador de Chillán Pedro Nolasco Victoriano chocaron ese día con las del oficial realista Vicente Ilizondo, nombrado segundo jefe del bandido Vicente Benavídes. Que la lucha fue desorganizada y que a la voz de ¨cargar y degollar¨ las fuerzas del gobernador Victoriano dieron fin a los días del adalid y casi héroe montonero que llevó el mismo apellido que Juana (9).

Lo que a esta altura también vale la pena aclarar es que doña Juana Seguel venía compartiendo desde algún tiempo atrás el papel de la Isabel de Benavente, cuando decía: ¨Una mujer sola no es nada en este mundo¨ (10) ¡Y de qué mundo hablamos ahora, entre fumarolas y volcanes, sin un solo árbol, en un desierto hirviente que huele a azufre, y por el que amén de merodear Shakespeare, habrá viajado seguido el demonio! Estamos autorizados a pensar que en su cautiverio, Juana Seguel fue prenda disputada de varios montoneros pincheiristas, pese al celo que pusieran Rosario y Teresa, carceleras obsesas en eso de fijar precio a la libertad de la hija del gobernador.

Por lo que todo consistió en contemplar cuál de estos hombres era mayormente capaz del bien querer. Y atarse al elegido, Iturra en este caso, sin desatender la tarea de transformación del amante, que un poco espontáneamente y otro poco por la femenina provocación es posible obtener de un cristiano aindiado chileno, o argentino, o en definitiva indoamericano, categoría que aplica a todo caso dudoso.

Entonces, y finalmente, cuando suelto el cabello negro y ardientes las pupilas y la boca, lo que en los ojos de Juana vió Francisco Pío Iturra no fueron errantes galeras derrotadas surcando anchos mares como contemplase Antonio, héroe de Cleopatra, sino simplemente el inmenso océano de las pampas poblado de tropillas bagualas buscando lazos y arrieros (11).

 

Cutivos, rehenes, esclavos

La cuestión de las cautivas cristianas es un clásico en las literaturas indoamericanas. Pero no así el de los aborígenes cautivos (12) Tampoco el de los rehenes, limitados en sus libertades individuales por encontrarse inmersos en la ebullición de procesos culturales integradores. Finalmente, nuestros países han sido verdaderamente hipócritas en punto a la esclavitud, que ha subsistido hasta nuestros días pese a las declaraciones de gobiernos y organismos internacionales. Como criterio general, no basta condenar para que los fenómenos sociales no existan. Se condena lo que efectivamente agrede y destruye a la humanidad. Repitiendo que el avestruz es feo no lograremos que desaparezca de la faz de la tierra (13).

Recuerdan que Rosas mantenía durante sus paulatinos y repetidos avances a alguna princesa aborigen como invitada de las tropas blancas. Sin embargo, esta era ni más ni menos que una cautiva con la que las tropas del gobierno negociarían oportunamente. García recuerda que ¨… después de los ataques a las tolderías, el mayor botín eran las mujeres indias, las que se repartían ´cordialmente´ entre los hombres de la tropa. Las mujeres preferían quedarse, por la posibilidad de que las liberasen los indios. De lo contrario, eran ´arreadas´ como ganado, hacia la Capital…¨ (14) Y el Comandante Prado relata que, luego de un avance a los Toldos de Pincén ¨… los caballos de los indios pasaron a ser propiedad del Estado, y en cuanto a sus mujeres… unas buscaron ´reemplazantes´ en los soldados de la División y otras, las más… ¡qué se yo qué hicieron…! Fueron mandadas al presidio de Martín García, y por ahí andarán llorando su antiguo poderío. Otras, disfrazadas, tal vez, de gente civilizada, renegarán de su origen indio…¨ (15).

Yo recuerdo con particular impresión las escenas de los charrúas sometidos que por cientos entraron a la ciudad de Montevideo, conforme el relato de diversos cronistas. La  matanza  ordenada por Fructuoso Rivera en 1831, mucho antes de que en Argentina llegara a su fin la conflictiva relación de los gobiernos con los indígenas, motivó que multitud de mujeres y de niños –muertos ya los varones capaces de levantar una lanza o de empuñar un arco- fueran sometidos a la esclavitud y soportaran condiciones de vida aberrantes. Las ¨viejas¨ de más de cuarenta años eran abandonadas en las calles de la ciudad por considerárselas inútiles, o se las ejecutaba sin que nadie reclamase por ellas. Y de este lado del Río de la Plata, luego de las batallas definitivas, cuando Sayweke y los suyos navegaban hacia Martín García, las damas de la beneficencia porteña operaban ¨repartos¨ de indiecitos de ambos sexos para atender la servidumbre doméstica. ¡Ni más ni menos que esclavos!

Dicen que los indios trataban mejor a los cautivos y a los rehenes. Y que aquello de las plantas de los pies descarnadas por los captores para que las blancas no pudiesen huir de las tolderías es más un relato sobredimensionado que un hecho habitual. A las cautivas se las respetaba porque los indígenas que las elegían se transformaban en sus amantes apasionados. Que ellas no los aceptasen era otra cuestión. Mucho antes de que se pronunciase a favor de la campaña de exterminio de los ochentas, y cuando redactaba la colección de cartas en que consistió ¨Una excursión a los indios ranqueles¨, Lucio V Mansilla nos acercó un valioso abanico de ejemplos (16).

Y bastante más cercano aún, contamos con el muy fresco testimonio de Nilda Sosa, cuando relata la relación de Agustina –princesa tehuelche- con una cautiva blanca a la que asiste con su amistad, su consejo y sus poemas, hasta la oportunidad en que los familiares de la segunda pagan su rescate con una tropilla de caballos (17).

Juana Seguel no fue una cautiva blanca corriente. Sus captores no fueron milicos represores, ni mucho menos aborígenes enamorados. Su libertad valía lo mismo que tasaban las huestes de Agustina, la princesa tehuelche, la libertad de la cautiva blanca. Iturra fue un rehén, sujeto como tantos otros por la línea de fronteras, hasta ser –como antes dijimos- él mismo una frontera. El amor de Juana lo liberó paulatinamente, y al cabo de su vida pudo elegir la cultura de sus deudos.

De la vida feraz al comercio floreciente

Juana nunca fue una fortinera. Estuvo durante más de cincuenta años junto a Iturra balanceándolo y haciéndolo feliz. Primero en la tarea más difícil de obedecer y de prestar servicios de intercomunicador, a sabiendas de que don Francisco Pío era un hombre de convicciones que muy claro tuvo siempre de qué lado se encontraba la razón. Unas veces para la fortaleza, otras veces para los aborígenes, sus servicios fueron copiosos.

En 1840, y con la bendición del comandante Palavecino y de algunos oficiales del fuerte, Iturra y su esposa, obtuvieron permiso para instalar una pulpería, así como alcanzaron cierto monopolio en la compra de cueros a los indios. Lo primero, atendiendo al buen trato de Iturra con los aborígenes amigos o visitantes y vista la capacidad de consumo de alcohol de estos hombres (18). Lo segundo, por las ventajas de que disponía Iturra como interlocutor de los raspadores y curtidores.

Decía un cronista que ¨… los demás negociantes muy raro cuero compran a los indios pues el mayor Iturra se los negocia…¨(19). A fines de la década de 1840, el comercio interétnico del fuerte (a lo que se agregaban las raciones del gobierno) se incrementó notablemente por el arribo de un contingente transcordillerano liderado por el toki Calfucurá. Precisamente este cacique se convirtió en cliente privilegiado de Iturra (20).

En 1858, Iturra alcanzó la comandancia de la fortaleza. Tal vez aprovechando esa posición, elevó al gobierno seis solicitudes de terrenos en propiedad que se encontraban en poder de sus ocupantes desde 1844. Entre las denuncias formuladas, se encontraba la de Juana Seguel de Iturra, quien argumentaba para obtener la propiedad de un terreno, ¨haber sufrido (durante la última invasión de 1858) el cautiverio junto con sus hijos, muriendo uno de ellos por el cruel tratamiento recibido por la gran prevención (de éstos: los invasores) contra su esposo, el comandante…¨(21).

¿Cómo interpretar esto que Juana Seguel llamó ¨la gran prevención¨ de los indígenas hacia Iturra con quien aparentemente siempre tuvieron buenas relaciones? Precisamente, el fluir entre dos mundos representaba un serio peligro para los mediadores culturales. Según Kessell (1994), estos individuos podían, idealmente, vivir confortablemente en cada cultura, ir y volver con facilidad de una a otra. Pero difícilmente mantendrían ese equilibrio por mucho tiempo ya que podían ir demasiado lejos en su inserción en la otra cultura, volver desilusionados a la propia o sentirse rechazados por ambas. Es probable pensar entonces que Iturra con Juana, al final de sus vidas, hayan realizado una opción por la sociedad criolla que los llevaran a enemistarse con los grupos nativos que hasta ese momento habían sido sus principales contactos con el mundo indígena (22).

Hasta llegar a la aludida afrenta de 1858, nótese en los siguientes fragmentos, cómo va deteriorándose la relación entre ambos personajes:

¨… Ahí le remito a mi hijo Catricurá con once hombres. Me le da a cada uno dos camisas, dos calzoncillos, dos chaquetones, un sombrero, un poncho y ocho pesos jabón a cada uno. A Catricurá cuatro pañuelos de seda. Don Francisco me mandará dos ponchos de dos paños para este su amigo Calfucurá…¨ (Carta a Iturra del 06.05.1856).

¨… He tenido noticias de la derrota de la jente de Cañomil y según me han enterado asido Blanquillo y Manuel pues han ydo sin orden mía. Yo no los he mandado…¨ (Carta a Iturra del 06.05.1856).

 

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