Estudiar un idioma, trátese del que se trate, implica una decisión que va desde el aspecto económico hasta el de aquel de la motivación. El aspecto del dinero ya es en sí un malestar que propicia la carga de la cruz que se habrá de llevar durante el camino del aprendizaje. Aunado a lo anterior, el aspirante a dominar una lengua extranjera, sin lugar a dudas, pasa por el más borrascoso de los caminos para culminar su objetivo. Camino por el cual se encontrará con metodologías rígidas que le impedirán la libertad de preguntar en su idioma materno. Esto es debido a posturas dogmáticas antediluvianas impuestas por los textos y metodologías que apoyan el plan de estudios de los institutos de idiomas.
Muchas de estas metodologías constituyen factores que impedirán al educando poner en claro un vasto número de expresiones, acciones, nombres propios, comunes, abstractos, etc. los cuales son elementos constituyentes de las estructuras lingüísticas que en un tiempo corto podrían bien aprenderse si hubiese más flexibilidad por parte de los que ciegamente profesan falsas creencias surgidas en el mundo de los institutos de idiomas. Aquellas que rezan: “No traduzcas”, “piensa en inglés”, “pronuncia bien”, “escribe correctamente”, “no uses diccionario” y un rosario de “no, no, no” que se vuelve una ley imperante así como poco práctica. Y aquí, podemos decir que el instituto se vuelve una barrera para el alumno alejándose de la laudable misión que éste mismo se confirió, es decir, llevar al alumno por el camino fácil y divertido de aprender un idioma.
Sólo existe una respuesta para esto y es que muchos institutos de idiomas se reservan el derecho de alargar y aletargar los cursos que ofrecen a sus prospectos prometiendo siempre bajo sus reglas y precios el dominio de determinada lengua extranjera. De entre los clavos que le serán aplicados al aprendiz para retardar su aprendizaje están: un maestro sin experiencia, una carencia de recursos didácticos, y un libro de texto poco funcional. Y al final, como resultado, un aprendizaje poco competitivo, deficiente o, en el peor de los casos, cuasi nulo. Por supuesto que tenemos que decir que hay sus excepciones, claro que sí. Hay alumnos que aprenden a pesar del instituto, del método y del maestro.
También hay maestros buenos así como buenos institutos que hacen sufrir. De esto, no cabe duda: son amos de la “didáctica del vía crucis”.
Las preguntas quedan en el aire: ¿Qué pasaría si empleáramos un método en el que el alumno tuviera la certeza de lo que está aprendiendo para inmediatamente ponerlo en práctica? ¿Qué pasaría si se le enseñara lo que verdaderamente es práctico y significativo para su comunicación con un hablante nativo del idioma que aprende? ¿Qué pasaría si el alumno aprendiera a buscar por sí mismo sus fuentes de aprendizaje basadas en sus propios intereses? ¿Qué pasaría si en lugar de cursos costosos se impartieran cursos ágiles de menos tiempo?
La respuesta es: el aprendiz de idiomas aprendería sin estrés ni sufrimiento.
¿Se puede lograr un aprendizaje así?
¡Por supuesto que sí!
¡Sin tortura, solamente esfuerzo!

Antonio Chen es políglota y director de Language Virtual Learning (facebook.com/langvirtlearning).