Síndrome de Burn-out
José Gabriel Ávila-Rivera

     En 1974, el Psiquiatra Herbert Freudenberger, trabajando para una clínica de toxicología en Nueva York, describió un síndrome (es decir, conjunto de signos y síntomas) al que le denominó “burnout” que en inglés significa agotamiento y que era particularmente notorio en los profesionales de la salud.
Más o menos por ésas fechas, la psicóloga social Cristina Maslach, estudiando las respuestas emocionales de socorristas, calificó a los afectados de lo que llamó una “sobrecarga emocional”.
     Las alteraciones que marcan este problema que se considera ya como un grave dilema de este siglo se caracteriza por cambios en la esfera psicosomática como fatiga tanto física como emocional, insomnio, gastritis, colitis, tensión muscular y malestar general. Hay también modificaciones en la conducta como irritabilidad; ausentismo laboral; falta de concentración; autoestima disminuida y distanciamiento afectivo.
     Por último, se han identificado problemas neurológicos como depresión, dolores de cabeza, mareos que pueden llegar hasta el vértigo, ansiedad, disminución de la condición física, dolores musculares, principalmente de espalda y otros no claramente definidos.
     Lo sorprendente de todo esto, gira alrededor de la tensión laboral crónica, es decir que es una enfermedad generada en el medio o ambiente de trabajo. Aunque se presenta en un amplio grupo de personas sometidas a enérgicas tensiones emocionales y profesionales, es particularmente frecuente en los médicos, que a menudo somos incomprendidos, principalmente en el medio institucional.
     Muchos estudios han revelado altas tasas de alcoholismo y fármaco dependencia, así como conflictos matrimoniales, trastornos psiquiátricos, depresión y su mayor complicación que es el suicidio. Los médicos también tenemos un alto índice de enfermedad cardiovascular, cirrosis hepática, gastritis y colitis. Más aún, también hay estudios en los que se ha demostrado que hay tres veces más riesgo de padecer accidentes de tráfico en individuos que atienden enfermedades, que en la población general.
     Es increíble cómo los médicos hemos ido perdiendo la confianza que antes se tenía. Muchas personas tienen la errónea idea de que no nos podemos enfermar, de que nos acostumbramos dura y fríamente al dolor, que establezcamos conductas pusilánimes ante la muerte y que incondicionalmente, debamos brindar atención. Los hospitales actuales son verdaderas catedrales de miserias donde todos sufren, pacientes, familiares de los pacientes, enfermeras, personal que hace la limpieza, todo el trabajador administrativo y también los médicos.
     Además, se imagina que consultar no es un proceso cansado pues constituye una actividad en la que se permanece sentado. Lo cierto es que hay investigaciones que sustentan una serie de repercusiones a nivel cerebral y en glándulas que alteran el denominado sistema neuroendocrino y que dañan por su efecto el metabolismo general. Esto explica las altas tasas de enfermedades crónicas y degenerativas que padecemos los médicos a temprana edad.
     En este sentido, es fundamental que nosotros mismos aceptemos esta condición como una patología, que requiere necesariamente apoyo psicológico y por otro lado, se recomienda que cada 5 o 7 años, se proceda a un proceso de “desintoxicación” de la asistencia médica a través de cursos de actualización, que no solamente se orienten a mejorar la ayuda de los enfermos sino a incrementar la competencia y acrecentar la motivación.
Sobra decir que es bueno el descanso, de modo que, ante la evidencia de experimentar el cuadro clínico del síndrome, es fundamental tomar vacaciones.

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