LA VIOLENCIA: UN ANTI-VALOR EN LA EDUCACIÓN
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

 

                Al día siguiente me presenté ante el grupo, una de mis alumnas escribía algo en el pizarrón, no recuerdo qué, pero para revisar lo que ella escribía me senté en una de las bancas de los alumnos y en ella encontré un completo “acordeón” escrito a lápiz con los contenidos de los temas solicitados para el examen. Lo primero que sentí fue un profundo enojo e indignación por la falta de respeto que ello demostraba a mi posición como maestra, así que –como conocía la letra de mis estudiantes- me instalé en la banca como Sherlock Holmes para confrontar la letra del acordeón con la de tres de los exámenes de quienes supuse por su caligrafía que pudieran ser los o las responsables.  Rápidamente di con la “copiona”, recuerdo perfectamente su nombre: María Luisa. Reaccioné entonces como “leona enjaulada”: ¿Cómo es posible que quieras verme la cara? ¡Es el colmo, una burla! ¿No tienes vergüenza? ¿A qué vienes a la escuela? ¿A perder tu tiempo o a hacérmelo perder a mí? Por supuesto le dije a María Luisa, frente a todo el grupo, que estaba reprobada y le pedí saliera del salón. No recuerdo si en la institución estaban previstas sanciones disciplinarias, pero si así era, estoy segura que la solicité. Sin embargo, recuerdo perfectamente la cara de humillación de mi alumna, estaba en evidencia no sólo ante la maestra, sino ante todo el grupo. María Luisa salió del salón y desde entonces no volví a verla.

                 Días después, ya habían pasado dos o tres sesiones con ese grupo y María Luisa no se presentaba, así que pregunté por ella a una de sus compañeras, quien me informó que se había dado de baja en la institución. El asunto del examen fue “la gota” que sobrepasó su voluntad. Una de mis alumnas comentó que María Luisa tenía serios problemas familiares: era entonces una adolescente de 17 años- sólo dos años menor que yo-, recién se había enterado que estaba embarazada y su embarazo era producto de una violación. 

                  Así pues mis resultados después del examen fueron pésimos, sólo cumplí con los criterios institucionales y obtuve un instrumento que calificaba habilidades memorísticas, la mayoría del grupo aprobó, pero lo que les enseñé no era lo que pretendía. Para el grupo fue muy obvia mi indignación, mi falta de tacto al reprender a María Luisa, y la importancia que el examen per se revestía para mí. Demostré que para mí el examen y los criterios institucionales estaban por encima de los problemas de mis alumnos, que hasta ese momento no me había interesado por saber de ellos como personas. Ante mí fue evidente mi inseguridad, el temor a perder el control del grupo y la equivocada jerarquía de valores que regía mis acciones. Era más importante cumplir con los requisitos de la institución para conservar mi trabajo y mi plaza, demostrar el control y mis habilidades para detectar fraudes académicos que lo que sucedía en el interior de mis alumnos.

                Todas estas sensaciones sucedieron como cascada, sentí una enorme culpa y responsabilidad, lo comenté con el grupo, alguna de mis alumnas incluso intervino pretendiendo minimizar la importancia de mis acciones; pero desde entonces mi desempeño docente se modificó cualitativamente, este suceso –con la cara de María Luisa- fue un parteaguas  en mi desarrollo como maestra. 

                Mentiría si dijera que corregí todas mis equivocaciones como maestra desde aquel entonces, lo que sí puedo asegurar es que desde aquel 1979, mi interés principal, a pesar de todos los pesares, son siempre mis alumnos y lo que les preocupa. Esto no significa que han dejado de importarme los contenidos, las habilidades de mis alumnos y los productos que las evidencian (que por cierto –casi nunca son exámenes-), pero desde entonces privilegio en mi práctica docente su actitud, ante sí mismos, ante el grupo y ante la materia. Respeto sus intereses, aunque muchas veces no esté de acuerdo con ellos, los dejo ser, y me permito ser, privilegio la congruencia a pesar de los estereotipos, me permito equivocarme y reconocerlo frente a ellos, reconozco que no sé todo, pero me comprometo a indagarlo, establezco empatía con mis grupos y aunque “no soy monedita de oro” he obtenido múltiples satisfacciones de mis alumnos, mismas que han enriquecido mi vida y mi quehacer docente y por las que pretendo continuar “hasta que el cuerpo aguante” en la formación de los jóvenes, favoreciendo su aprendizaje y desarrollo y aprendiendo a la vez permanentemente de ellos.

               Reconocer y querer a los alumnos implica siempre un riesgo: la dificultad de dejarlos ir; algunas veces dejarlos todavía inseguros, con la sensación de abandono que experimenta un adolescente que se ha identificado con su maestra, pero que todavía no ha fortalecido sus alas para volar solo y enfrentar la vida con lo que ella le depare. 

 

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