19 de septiembre de 2020

 

He visto la tarde ocultar el fulgor de sus mejillas, estropear su luz cegadora, tan blanca y sin oriente, sin marco al epitafio “para siempre” y me he sentado a escribir de inmediato, antes que el gris porfiado haga cenizas los recuerdos.

Escribir, afanarse, reunir los años y encontrar en ellos lo que se ha hecho de la vida (fantasía y realidad) y cómo es que se prolonga en los demás. Desollar la vida y escribir montones de páginas hasta hallar, quizás, las líneas que alcancen la cima desde donde se aprecie el dantesco panorama de la vida.

Para escribir es necesario volar, sentir como las alas surcan las fantasías; narrar la infancia y ver que la ternura duerme en mejillas doradas al igual que bajo la mugre y en las huellas que deja la locura de unas manos derrotadas por el hastió. La fuerza fecunda de la hoja blanca nos insta a escribir y la brevedad de alguna alegría nos dicta el placer y nos define el dolor.

Adormilados buscamos la tinta aliento de las nostalgias para crear mundos donde todos somos otros y los mismos.

La memoria tamiza los ecos del silencio: llueve en la tierra del deseo y nacen las palabras. Abotagados de apuro tropezamos con el muro de las ausencias.
Ignoramos lo que muere en nuestro interior, cada día un escalón de nuestra vida tambalea. Sin embargo, la aurora nos regala el indulto. El fin es nuevamente… verbo postergado.

Argumento del texto, misterio que palpita: tiempo derramado, sangre peregrina, sueños en las manos de arcilla.

Escalera laberíntica
barandal incierto
cuesta de los sueños.

Letras, paja ardiente
herencia
humo de los recuerdos.

Las ideas pueden ser adjetivadas, pueden ser tan pequeñas que un suspiro se las lleve, o tan estimulantes que conmuevan la vida.

Escribir, escribir, sentir el tremor de lo vedado
trazar la soga de la “la absolutamente forastera”

Dejaremos todo, pero antes purguemos las melancolías.

 

 
Leticia Díaz Gama es coordinadora del Círculo de Escritores Sabersinfin