26 de junio de 2020


El mundo iluminado


En 1934, cuando el psicólogo Carl Gustav Jung contaba con treinta y nueve años de edad desarrolló un método llamado ‘Imaginación activa’ que le permitió comunicarse, sin estar dormido, con su inconsciente. La experiencia fue la misma que la del trance experimentado por los practicantes de las religiones y filosofías orientales, y ante él, y sin saber exactamente cómo, apareció un enorme ofidio de escamas tornasoladas acompañado por un hombre, Filemón, y una mujer, Salomé. La pareja humana y la serpiente, a partir de ese instante que ocurría en el destello de un relámpago eterno, le darían al psicólogo, y exdiscípulo de Freud, la llave de la puerta que se abre hacia lo inconmensurable. Jung se hizo así un ministro del Logos.

Las experiencias con la región de los muertos y de lo sagrado de Jung quedarían registradas en su “Libro rojo”, ampliado, además, con los sueños, recuerdos y pensamientos que obtuviera de su guía espiritual, Filemón. Tanto los textos como las ilustraciones del “Libro rojo” circularon entre innumerables artistas y científicos fascinados con el arcaico y desconocido conocimiento que Jung recuperaba de la tradición hermética y que en un ansia por corregir el sendero de la humanidad difundía entre tantos círculos intelectuales como le fuera posible. Todo lo compartió públicamente Jung, a excepción de un libro: “Los siete sermones a los muertos”.

La palabra sermón significa conversación y todos hemos sido testigos de esta forma de comunicación cuando hemos asistido a alguna reunión religiosa. El sermón al que estamos más habituados es el dogmático, aquel que en el cristianismo se utiliza para explicar algún pasaje de los evangelios y corregir las malas prácticas morales de la grey. Sin embargo, existen otros tipos de sermones, siendo el místico el que utiliza Jung en la oscura obra anteriormente mencionada. El sermón, puesto que su finalidad es didáctica, tiene como público a una comunidad viva, sin embargo, en el caso de “Los siete sermones a los muertos”, el auditorio lo conforman un grupo de desencarnados.

Alejandría, la antigua ciudad en la que se unen Oriente y Occidente, es el lugar en el que Basílides, importante predicador gnóstico, concibió los siete sermones. Basílides, al mismo tiempo que es un personaje histórico real, es el alter-ego de Jung que comunica a los vivos sus enseñanzas. Una pregunta es necesaria: ¿Por qué si “Los siete sermones a los muertos” es una obra de inspiración divina capaz de reconfortar los corazones humanos, Jung se opuso a su distribución pública y optó, mejor, por una circulación meticulosa de su texto? Jung participó de las enseñanzas de la francmasonería, como también de las del rosacrucismo, la gnosis, el budismo y otras tantas escuelas mistéricas herméticas. Él fue un iniciado en el sentido absoluto de la palabra y sabía que el resto de sus iguales sería incapaz, todavía lo es, de comprender las enseñanzas implícitas en cada uno de sus sermones. El libro, después de la muerte del psicólogo, y por ende de Basílides, salió al mundo.

En esencia, “Los siete sermones a los muertos” proponen la conformación de la Creación de la siguiente manera: en primer lugar está el Pleroma, que lo es todo al mismo tiempo que es nada. Después viene el cosmos y el mundo en los que gobiernan Dios y el Diablo. Bajo estas deidades se encuentran otras entidades sagradas de menor jerarquía y, por último, el ser humano. La propuesta de Jung-Basílides no es muy novedosa, pues básicamete imita al modelo neoplatónico, de los romanos, y maniqueísta, de los cristianos, salvo por una excepción, y ésta es la que dota de novedad a los sermones junguianos: Por abajo del Pleroma y por encima de Dios se sitúa Abraxas, deidad cuya palabra y acción crea y aniquila todo al mismo tiempo.

Reproducir los siete sermones es imposible e innecesario en estas líneas, pues los diálogos entre Basílides y los muertos son extensos y complicados, sin embargo, y para dar una muestra de las enseñanzas herméticas que este psicólogo iniciado nos legó, podemos recuperar las siguientes: «Fusionarnos con el Pleroma es llegar a la nada y a la disolución. Abraxas es el poder, la resistencia, el cambio. La supremacía de Abraxas consiste en que su poder y existencia son inconcebibles para el hombre. Verlo es ceguera, conocerlo es enfermedad, adorarlo es muerte, temerle es sabiduría, no resistírsele es liberación. Es inútil hablar del Pleroma, inútil venerar a los dioses, inútil venerar a Dios. El hombre es un portal por el que entramos del mundo exterior al interior. El hombre es pequeño e insignificante. En este mundo el hombre es Abraxas que crea y devora su propio mundo. Oído esto, los muertos se elevaron como el humo del fuego del pastor que cuida a su rebaño en la noche».

Jung es hasta hoy en día uno de los psicólogos más renombrados de la historia de la ciencia moderna. Que haya vislumbrado él la dimensión de lo eterno nos sitúa en un terreno en el que se siembran más dudas que respuestas, y en el que la ciencia, a pesar de su empeño en extender los límites de la razón, fracasará, pues aquí, la única ley que gobierna es la de lo inteligible. Una última consideración. Si bien los siete sermones son crípticos en sí mismos, nada está por encima del enigmático anagrama que Jung-Basílides dejó al final del texto y del que se asegura que conducirá al Pleroma cuando sea descifrado. Este anagrama sagrado de cincuentaiún letras dice así: «Nahtriheccunde / Gahinneverahtunin / Zehgessurklach / Zunnus».

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.