12 de junio de 2020

 

El mundo iluminado


El amor es gozo, alegría, esplendor; es atemporalidad y aespacialidad. El amor es búsqueda de uno mismo y también del otro. Amor es una mirada, un abismo que no aprisiona al que se sumerge hasta su centro. Es el río transformador de Heráclito, la pila bautismal en donde el espíritu aprende a arder junto con el agua. Es la entrega absoluta, el ariete al que no resisten las fronteras y que con paso lento, pero constante avanza ondeando una bandera sin colores ni formas en cuyos hilos resplandece la palabra “libertad”. Amor es una saeta veloz que rompe el viento, un susurro que aplaca la ira. Es la revelación de nuestra insignificancia física conjugada con la majestuosidad del espíritu. Amor no conoce el tiempo, es antes y es ahora. Amor tiene nombre sólo para decirlo en esta vida. Tiene rostro, ojos que son ventanas abiertas al misterio. Es aquello en lo que ahora piensas y le das una forma. El amor es deseo al inicio y aceptación después, pero no al final, porque su término no existe. Amor es ahora, es uno mismo y es el otro. Es la imborrable memoria en la que escritos están los destinos de las almas que, en cada vida, sin saber ni querer explicarse cómo, se encuentran nuevamente.

El amor es transformación, lo demuestra así el poema número trece de Garcilaso de la Vega (siglo XVI). Su historia es trágica y apasionada: Eros, el dios del amor, está encolerizado con su hermano Apolo, el dios de la poesía, así que le lanza una flecha dorada para que se enamore de la ninfa Dafne, y a ella le dispara un dardo de plomo para que rechace a su nuevo pretendiente. Apolo ama a Dafne, pero ella lo rechaza. Envenenada, la ninfa pide ayuda a los dioses para que la salven de Apolo y estos, en atención a sus plegarias, la transforman en un árbol de laurel. Arrodillado ante el árbol, Apolo llora por amor y su maldición es regar con sus lágrimas aquel laurel so pena de que éste se seque y muera. He aquí los versos de Garcilaso:

«A Dafne ya los brazos le crecían, y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos que'l oro escurecían. De áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aún bullendo estaban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían. Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba. ¡Oh miserable estado!, ¡oh mal tamaño! ¡Que con llorarla crezca cada día la causa y la razón porque lloraba!»

El trágico mito de Dafne y Apolo aparece antes con el poeta romano Ovidio (siglo I a. C.), cuya obra esencialmente versó sobre el amor. A manera de ejemplo, Ovidio explica el mito de Filemón y Baucis, el cual no sólo es menos doloroso que el de Dafne y Apolo, sino que deja manifiesta la prueba del amor inmortal. Filemón y Baucis son una pareja de ancianos que un día son visitados por unos extranjeros que piden asilo durante una noche. El senil matrimonio no sólo acepta acogerlos, sino que, además, los dotan de una modesta cena. Agradecidos, los extranjeros se descubren sus rostros, son Zeus y Hermes, y les ofrecen cumplir el deseo que ellos quieran, a lo que Filemón y Baucis responden, sin pensarlo y al unísono: no ver morir al otro. Los dioses se marcharon, el tiempo pasó y cuando el fatídico día llegó los amantes se pararon uno frente al otro presintiendo la llegada de la muerte, que frustrada, se vio vencida por los dioses, pues, antes de que ella pudiera clavar sus manos en los pechos de los ancianos estos comenzaron a convertirse en árboles; primero sus pies, después sus pechos, luego sus brazos y cabellos. Faltando sólo la cara, Filemón miró a Baucis y le dijo: adiós, amada mía. Ella le respondió: adiós, amado mío. Convirtiéndose al instante en corteza sus ojos y boca, sin ver morir al otro.

Dafne y Apolo aman sufriendo porque son jóvenes y egoístas. Filemón y Baucis gozan de su amor porque en su vejez cargan con años de experiencia y de entrega desinteresada.

En Grecia se pensaba que en el origen de los tiempos habíamos sido separados de aquel ser que nos complementaba, de esa separación nos quedó el ombligo como herida. Y también proponían que después de esta vida las almas que se habían encontrado siendo carne continuaban ardiendo juntas en el inframundo hasta su posterior reencarnación, en la que volverían a buscarse. ¿Cómo se reconocen las almas? Con una mirada. ¿Cómo funden sus destinos en uno solo? Con un beso. De los ojos a la boca, y de los labios al corazón es el sendero que las almas amantes recorren interminablemente en el ciclo de sus reencuentros eternos.

Cuando morimos, pensaban los helenos, nuestras almas deben de nadar en el río del Leteo para olvidar, sin embargo, los rescoldos que en los corazones se mantienen dormidos volverán a arder junto con la memoria en cuanto el otro sople en nuestro pecho la palabra de nuestro nombre oculto.

El amor se mueve entre las ramas, sube desde las raíces hasta la copa y explota en frutos de luminosas semillas. Regeneración. Es el árbol de las reencarnaciones en que dos almas palpitan eternamente, es el árbol acompasado por el viento que recibe y da sin condiciones. Junto a este amor, un pequeño arbusto egoísta y lleno de espinas se pudre a la sombra, recordándonos que si aquel fuego se extinguió nunca fue amor.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.