26 de agosto de 2017

Hace unos días, transcribiendo para un amigo psicólogo el Informe de una investigación sobre el cine pornográfico y los universitarios, realizada en… ¡1989! por un equipo de estudiantes del entonces Colegio de Psicología de la Universidad pública local –antes de que se convirtiera en “excelente y benemérita” (¿?), como dicta la moda- y en la que tuve oportunidad de colaborar, recordaba otras actividades en esa misma década que, siendo innegablemente académicas, se apartaban sin embargo de lo estrictamente docente –es decir, de los planes oficiales de estudios-para incursionar en el mundo real a través de encuentros, foros, servicios sociales e investigaciones –como la mencionada- sobre temas de indudable interés y actualidad, pero que las Autoridades institucionales preferían soslayar.

El hecho no era fortuito, sino la consecuencia lógica de haberse caracterizado, la década anterior, la Universidad como popular, vinculada al pueblo, aunque todavía bajo la perspectiva ingenua, heredada tanto del mito revolucionario nacional como de la Historia latinoamericana reciente, que identificaba éste con los habitantes desposeídos del campo y el proletariado urbano. El caso es que no prevaleció más la estrecha visión del profesionista (liberal) como el individuo exitoso pero ajeno a su medio, tanto el de origen como en el cual se desempeña.

Pero los ’80 aportarían algo más: la conciencia de la posibilidad de hacerse cargo teóricamente también de su condición universitaria, con una problemática diferente a la de clase baja, de escasa o nula escolaridad, sin que esto significara necesariamente adherirse a la ya inocultable derechización de las Administraciones universitarias que apenas hacía unos años se proclamaban abiertamente “de Izquierda” – lo que fuera eso-.

Así nació otra Academia, la de los universitarios –no todos inscritos- que, tomándose en serio como tales, mantuvieron un enfoque racional, informado pero, sobre todo, ABIERTO hacia las más variadas manifestaciones individuales y culturales, especialmente las contemporáneas, para las cuales no podía haber aún textos autorizados. Una labor de pioneros en más de un sentido… Y sin contar desde luego con el respaldo institucional, sino sólo el de excepcionales funcionarios que lo hacían a título personal y por amor al Arte y la Ciencia.

Una Academia que no se avenía con las formas burocráticas de la Universidad tradicional, todavía con demasiados resabios medievales que, lejos de haberse simplemente extinguido, se han visto reforzados por la mentalidad corporativo-empresarial que domina la otrora democrática –cuando menos en intención- Institución educativa.

Pero durante esos mismos ochentas y por motivos totalmente distintos a los académicos, comenzó a darse un fenómeno que beneficiaría sin proponérselo a la población en general con el saber y la perspectiva de estos universitarios mostrencos: su inclusión en la barra programática de las radiodifusoras comerciales, siempre necesitadas de anclar y atraer nuevas audiencias,  que convirtió al clásico “cuadrante de la radio” en una fuente de contenidos alternativos, con temas que ni en los espacios universitarios se atrevían a tocar. Claro, con sus inherentes limitaciones, tanto las derivadas de la propia dinámica mercantil como las ideológicas (censura), a las que muchos nos enfrentamos.

Y algo con lo que entonces nadie contaba: la revolución de las telecomunicaciones, por la que ahora es posible realizar lo INAUDITO, a la vez que en cierta forma regresamos al principio, el Αγορά, ahora virtual pero de extensión world.wide, donde no sólo podemos atender aquello que nos interesa, sino también contribuir a su mayor riqueza y profundidad…

Sí, la OTRA ACADEMIA ahora somos potencialmente TODOS, a condición de asumir el reto y el compromiso que esto entraña. ¿Qué piensan ustedes?

 Autor: Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

Imagen: flickr.com