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¿CÓMO CREER?

Por: Isabel Specia Cabrera*

Cuando era muy pequeña, y de esto no hace mucho, en la escuela primaria Manuel Ávila Camacho, se nos educó para respetar a las instituciones que formaban parte del quehacer social. Claro está que como niña, nunca cuestioné el por qué debía respetarlas e incluso defenderlas. Todos los lunes entonaba alegremente el Himno Nacional “Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón y retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón… más si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo piensa ¡oh patria querida! que el cielo un soldado en cada hijo te dio…”

 

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Recuerdo claramente la energía con la que mi voz se unía a mis compañeros de escuela. Llegó mi formación secundaria, y en una escuela religiosa, debí aprender el respeto a Dios y su iglesia, todos los viernes se nos llevaba a la capilla del plantel a rezar, y pobre de aquella estudiante que intentará infringir las normas, porque de inmediato era enviada al centro religioso a saldar sus culpas con una serie de oraciones que como loros habíamos aprendido en la clase de civismo.

 

Llegó la instrucción preparatoria, ¡oh sorpresa, un CCH de la UNAM! ¿Cuál himno, cuáles instituciones, cuál Dios? Y así pude confrontar y vivir adecuando mis creencias al lugar en que me encontraba, católica y devota en casa, mientras en la escuela Carlos Marx, era mi Dios.

 

La preparación universitaria dejó de lado creencias y tendencias sociales. Fue creciendo cada vez más mi vocación por la comunicación. Sería una periodista y diría siempre, siempre, siempre la verdad, el gobierno no me impediría hablar, publicaría la verdad, siempre la verdad. ¡Oh sorpresa, nada de eso pasó! Al llegar a NOTIMEX, haciendo mi servicio social tuve que soportar los gritos de los editores que cortaban y hacían de las notas informativas lo que ellos querían, también llegué a ser editora y actúe de la misma forma, debía respetar la línea política de mi fuente laboral. Y así pasé de un encargo a otro como periodista hasta que llegó el momento de cambiar mi vocación como comunicóloga por mi obligación como madre y combinar mi maternidad con la docencia. La vida volvió a cambiar. Y todo en lo que creía seguía ahí, muy dentro de mi. Seguí creyendo en un gobierno, en un himno nacional, en instituciones sociales, políticas y religiosas.

 

Ahora, cuando el acontecer diario llega a través de los medios de comunicación, pienso: ¿Cómo podemos creer en las instituciones? ¿Cómo puedo creer en que esta patria querida tiene un soldado en cada mexicano, dispuesto a luchar contra el enemigo, si un gran porcentaje de mexicanos se han manifestado como enemigos de este país? ¿Cómo puedo creer en las instituciones si lo único que hacen es mentir y buscar su propio beneficio, cómo puedo creer para respetar?

 

Escuchar que determinado partido político, asiduo crítico de anteriores gobiernos, otorgó despensas y beneficios económicos a cambio de un voto, me lleva a pensar que es lo mismo “Chana que Juana”, darme cuenta que uno u otro candidato a puesto de elección popular condiciona los beneficios y programas sociales a la participación de la población en actos de proselitismo, realmente me avergüenza.

 

Darme cuenta de la incapacidad del gobierno para solucionar los problemas sociales que aquejan día a día a nuestro país, me indigna.

 

Ver la forma en que funcionarios con un prestigio realmente deteriorado son postulados a nuevos cargos como premios, me da risa.

 

Ver la forma en que la Secretaría de Gobernación defiende al presidente como una mamá defiende al hijo y deja de lado asuntos sumamente importantes me llena de rencor.

 

Entender que vivimos en un país en que las instituciones han perdido gradualmente la credibilidad ante tanto despilfarro de declaraciones absurdas y actos sumamente desequilibrados, me hace reflexionar en el hecho de creer.

 

¿Cómo creer, si lo único que escuchamos es mentira y mentira, si lo que vemos los seres humanos comunes y corrientes es la falta de respeto de la que somos objeto por parte de quienes ejercen poder o manejan los hilos del país?

 

Me pregunto: ¿Podrán ahora los profesores inculcar el respeto a las instituciones cuando no hay un solo ejemplo que resalte su buen desempeño a favor del país por parte de las mismas?, y, ¿Obtendrán, los maestros de las escuelas primarias la misma respuesta de los pequeños al cantar el himno nacional como se entonaba algunos años atrás, o caerán en el chiste de que el enemigo de México se llama “masiosare”?

 

* Isabel Specia Cabrera es periodista, académica y escritora mexicana radicada en el Distrito Federal. 

 

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