- La Historia Jamás Contada -

19 de junio de 2015

Nada tan incomprendido como el Arte, no sólo en su aspecto existencial como bohemia o vida de artista, sino en sus procesos de recepción y asimilación por la gente, que le otorga su permanencia y, sobre todo, del punto crítico que une ambos, el subjetivo personal con el objetivo social: su enseñanza y aprendizaje, pues una cosa son el talento y hasta la vocación y otra, muy distinta, las condiciones materiales Y socioafectivas –de aprecio social- para que, en un tiempo razonable, aquéllos entreguen sus frutos tanto al aspirante a artista como al medio inmediato que lo rodea, antes incluso de pensar en su promoción y comercialización a mayor escala, pasos también indispensables para completar el ciclo.

Por otra parte, tampoco es nuevo que en algunos lugares –como esta Ciudad, por ejemplo- sus gobernantes se jacten de su “cultura”, lo que casi nunca corresponde a la realidad, especialmente la cotidiana, en la que habrán de incubarse las sucesivas generaciones tanto de artistas creadores y ejecutantes –performers-, como de promotores del arte en todas sus variedades: maestros, críticos, agentes o representantes y empresarios, desde luego.

La producción artística, a contracorriente del extendido prejuicio, no es ocupación de ociosos, incapaces de dedicarse a algo útil, sino de personas sumamente preparadas, tanto institucional como autodidácticamente y con una gran cultura. (Recuerdo hace bastantes años, en 1978, una ocasión que visité a una compañera del Conservatorio en su casa y su hermana me preguntó qué estudiaba yo. “Música” –le respondí con toda naturalidad-, a lo que ella, en el mismo talante, replicó: “¿Y aparte?”)

El falso concepto de “artista” que ha difundido la “cultura de masas” de todos los tiempos, ha tenido consecuencias prácticas negativas no sólo entre los habitantes comunes sino –y principalmente- los gobernantes, quienes no se muestran especialmente afectos a dejarse ver en actividades o contextos culturales, salvo muy honrosas excepciones. Pero la horrorosa generalidad no vacila en desairar cuanta invitación le formule algún artista o promotor. (Ya entrados los ’80, había en el Auditorio de la Reforma unas butacas reservadas permanentemente al Gobernador y sus familiares más cercanos, cuyos nombres aparecían en unas etiquetas, pero que el encargado nos cedía en cuanto le confirmaban que no asistirían tan distinguidas personas. Infaliblemente, aun cuando eran tiempos en que los altos funcionarios bien podían darse el lujo de convivir con el resto de nosotros.

Por eso me gustó un reportaje de hace dos años sobre Cuernavaca, capital del Estado de Morelos, que ilustra cómo el Sistema DIF de allá, llevó a las calles o, mejor dicho, a los bellísimos jardines de esa Ciudad, los cursos de perfeccionamiento musical, usualmente confinados al medio académico profesional, para que el público en general –y no sólo los estudiantes de música avanzados- pudiera disfrutar y aprender más de ésta a su mejor nivel, contrarrestando –apunto yo- la nociva influencia de (i)rreality shows como LA ACADEMIA u OPERACIÓN TRIUNFO que falsean, trivializando y vulgarizando al mismo tiempo, en qué consiste prepararse como artista.

Sí, la enseñanza de las artes comienza por familiarizar al público –su futuro público- con ellas, que aprenda a apreciarlas y a quienes las hacen posibles, contribuyendo también al descubrimiento de talento y vocación entre los espectadores –dilettanti, que se deleitan-. Por cierto, son los Gobiernos quienes, en última instancia, determinarán el éxito o fracaso de este proceso didáctico.

*Imagen: statics.bodaclickgroup.com

Fernando Acosta_Reyes

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.