30 de enero de 2015
- La Historia Jamás Contada -
Un proceso continuo del que sólo ocasionalmente nos percatamos, es la evolución de los actos repetitivos que infunden su característica manera de ser a la población de un lugar. Muchos son los factores que intervienen, desde los decididamente naturales como clima y topografía, hasta económicos y demográficos, como las variaciones –a veces perturbaciones- en la actividad comercial y el flujo migratorio, no sólo externo sino principalmente interno, como los cambios de residencia o uso del suelo, que llegan a redefinir todo el entorno. La densidad de población también es determinante.
Por eso el pensamiento idealista –en sentido filosófico- que sostiene que a través de máximas o axiomas, los famosos “valores”, puede rectificarse –literalmente “hacerse recto”- el comportamiento de toda una población, resulta irrelevante en los hechos, pues la influencia de uno o unos pocos individuos bienintencionados en una masa absolutamente inconsciente de las consecuencias sociales de sus actos, es prácticamente nula. No es pues un asunto de ética sino de etología: cómo se comportan los organismos vivos, humanos en este caso, en su ambiente natural.
Pero tampoco un ambiente totalmente controlado, si eso fuera posible, surtiría el efecto deseado, pues no se trata de la acción mecánica entre los apetitos-instintos del individuo de la especie y las limitaciones-condiciones que le impone su medio material. La irreflexiva lealtad a este modelo ha llevado siempre a totalitarismos que, lejos de resolver el problema de la convivencia, sólo acentúan el abuso de unos sobre otros. (Además de la interminable serie de casos históricos, la literatura proporciona sus propios acabados ejemplos: NINETEEN EIGHTY-FOUR -1984- de George Orwell, A BRAVE NEW WORLD -Un Mundo Feliz- de Aldous Huxley y hasta WALDEN TWO -Walden 2- de Burrhus F. Skinner, el padre del conductismo, entre un amplio catálogo de autores antiguos y modernos.)
Los comportamientos sociales –no sólo humanos-, sin dejar de ser reales, tienen lugar en un universo simbólico, con los ritos como mediadores entre la conciencia individual y el plano o mapa de ese universo. Mucha de la anomia –falta de referencias- actual tiene su origen en la obsolescencia de ritos que siguen usándose aun cuando ya no reflejan el sistema de relaciones interpersonales que constituye la realidad social de la actualidad, tanto las antropológicas –inherentes a la especie- como las que son resultado de los cambios histórico-sociales en las áreas del comercio, tecnología, (geo)política, información, etc. ¿Cómo orientarse entonces en este nuevo universo simbólico?
Lo primero es adoptar una actitud crítica hacia las fórmulas supuestamente “eternas” de convivencia –las llamadas reglas de oro, religiosas o seculares- y comprobar si efectivamente llevan al resultado buscado. Lo siguiente es construir o, mejor dicho, formalizar –como se hace con los lenguajes naturales- los rasgos que dan cuenta de episodios y secuencias de convivencia exitosa en este mundo de hoy, creando civismos funcionales.
Es una tarea que demanda gran poder de abstracción porque la Sociedad misma es algo abstracto y símiles como el “tejido u organismo social” no hacen más que confundir el objetivo.
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.