28 de noviembre de 2014

- La Historia Jamás Contada -


Pocas cosas hay tan incomprendidas como las bellas artes, no sólo por el público en general, refractario a todo lo refinado o que exija mayor atención o reflexión de la que acostumbra prestar a sus ocupaciones o diversiones ordinarias. Lo mismo por la selecta minoría con la sensibilidad y cultura suficientes para apreciarlas en alguna(s) o todas sus expresiones: música, danza, teatro, pintura, escultura y literatura, más las que ha ido agregando el desarrollo tecnológico, como el cine.
Pero también y en primer lugar, por sus propios realizadores, los artistas, quienes muchas veces en la vida se preguntan si no tendrían razón todos lo que, de buena o mala fe, trataron de disuadirlos de dedicarse profesionalmente a ellas. (Seguramente a todos los estudiantes de arte nos sucedió alguna vez que, preguntándosenos qué estudiábamos y habiendo respondido en consecuencia, se nos replicó de inmediato: “Sí, pero… ¿aparte?”.)

Y es que hay un prejuicio generalizado de que el arte es fácil y -¿por qué no decirlo?- esencialmente INÚTIL, por lo que no merece mayor consideración; que en principio, cualquiera puede practicarlo en sus ratos libres para pasarla bien y lo más peligroso de este complejo de malentendidos, que su única función social posible es entretener o agradar –en las artes plásticas- a otros. De esto a aceptar que la actividad artística es una profesión intrínsecamente SERVIL hay un solo paso, que por falta de conciencia suelen dar los futuros artistas en algún momento de su formación, sellando así su destino laboral y el de sus colegas, por aquello del “ejército de reserva”: si uno no acepta trabajar en condiciones desventajosas, habrá en espera muchos más que sí lo harán.

Esto es normal no sólo en la música “popular”, comercial o empírica, también en la académica, a despecho de pretensiones aristocráticas que pudiera alentar la carrera, pues una escuela, aunque sea de arte, sigue estando dentro de una sociedad y las condiciones materiales que prevalezcan en ésta determinarán las limitaciones objetivas de aquélla, por voluntariosos que subjetivamente sean sus integrantes. (Una característica del –verdadero- artista es su capacidad autocrítica, que lo empuja constantemente a superarse, así que por voluntad no queda.)

Es la propia escuela la que ADOCTRINA al aspirante –wannabe, que quiere ser- en lo que serán sus futuras condiciones –más que desventajosas- de trabajo, desde la escasez de recursos e instalaciones hasta la imposibilidad de intervenir en la selección de su material de estudio –el factor servil-, así como la azarosa e imprecisa orientación en cuanto a la forma óptima de practicar, siendo que “(es) la práctica (la que) hace al maestro”.

Y la enseñanza misma, que en el arte sólo puede ser individualizada, adaptada a las condiciones y cualidades específicas de cada estudiante, monitoreando continuamente su evolución, cuando la organización escolar típica de nuestro (subdesarrollado) medio desanima hasta al docente más dispuesto y competente.
En la próxima entrega abordaré otros aspectos particulares de la música, campo que conozco por experiencia directa. Indudablemente, estudiantes y profesionales de otros podrán hacer lo propio con el suyo.
 
Fernando Acosta_ReyesFernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.