foto_elda_ruiz.jpgDANTE ALIGHIERI

LA DIVINA COMEDIA

Sinopsis

Por: Elda Ruiz Flores*

¿Quién fue Dante Alhigieri?

Poeta florentino que nació en 1265, de padres burgueses, aunque él aseguraba proceder de familia noble, y de hecho lo hace constar en el canto XV y XVI de el PARAÍSO donde habla de un vínculo familiar con un supuesto antepasado que había sido un caballero del emperador Conrado II de Suabia.

 

Dante participó activamente en la vida política de Florencia. De hecho, algunos documentos de la época lo ubican inscrito en el gremio de médicos y boticarios, ya que quienes no pertenecían a la nobleza no podían participar en el gobierno de la ciudad a no ser que fueran miembros de una corporación. En 1300 fue elegido como uno de los seis magistrados de Florencia, cargo en el que se mantuvo sólo dos meses. Más tarde, Dante, que era opuesto al papa Bonifacio VIII, fue expulsado por un periodo de dos años y le impusieron una elevada multa. Al no hacerla efectiva le amenazaron con ejecutarlo si regresaba a la ciudad.

 

El exilio del poeta fue entre 1307 y 1309. Durante este periodo sus ideas políticas sufrieron una considerable mutación y abrazó la causa de los gibelinos, que aspiraban a la unificación de Europa bajo el gobierno de un emperador culto y competente.

 

Alhigieri, durante su exilio, escribió dos importantes obras en latín: De Vulgari Eloquentia (1304-1305), que es un tratado sobre las ventajas que supondría el uso del italiano como lengua literaria. Y El Convivio (obra inconclusa), 1304-1307, que fue una recopilación o enciclopedia en 15 volúmenes del conocimiento de la época. El primero de los tomos sería un volumen introductorio, mientras que los 14 restantes incluirían otros tantos comentarios en forma de poema. Sólo logró completar los 4 primeros libros.

 

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  Ilustración: Carlos Omar Mejía*
Imagen de la Puerta del Infierno que encuentra Dante, en ella se representa al
pecado original y algunos de los castigos del infierno

 

Dante comenzó a escribir su obra maestra, la Divina Comedia, alrededor de 1307. Cada una de las secciones de la misma, incluye 33 cantos, excepto la primera, que incluye 34 y sirve como introducción. Este extenso poema está escrito en terza rima, una estructura rimada cuya distribución es la siguiente: ABA BCB CDC... etc. La intención de Dante al componer este poema era llegar al mayor número posible de lectores, y por ello lo escribió en italiano, y no en latín. Lo tituló Commedia porque tiene un final feliz, en el Paraíso, al que llega al final de su viaje. El poeta puede por fin contemplar a Dios y siente cómo su propia voluntad se funde con la divina. Este adjetivo, divina, no apareció en el título hasta la edición de 1555, llevada a cabo por Ludovico Dolce.

 

Indudablemente que sólo los compatriotas de Dante que vivieron en su época pudieron gozar en toda plenitud la hermosura del magnífico poema. Los extranjeros que nos vemos obligados a leerle traducido, en prosa y teniendo que distraer constantemente la atención en la imprescindible consulta de centenares de notas aclaratorias, no podemos percibir más que una sombra de las bellezas de la obra inmortal.

 

Las descripciones de las regiones celestes y de sus moradores —incluso Jesucristo—están hechas a base de escalonar las calificaciones y las exageraciones referentes a luces, destellos, resplandores, claridades, brillos y fulgores..., que, no obstante su abundancia y reiteración, ponen de manifiesto la mezquindad de la inspiración poética y del humano lenguaje frente a la grandeza infinita.

 

Los frecuentes simbolismos que aparecen en todo el poema y las numerosas conversaciones que Dante supone tener con diversas almas, que le cuentan episodios de su vida terrena y de sus culpas—casi siempre relativos a sucesos públicos y privados de su patria y época—, hacen algo fatigosa la lectura de la magnífica obra para los mortales de este siglo, que han de suplir su desconocimiento de aquellos episodios con la consulta de notas.

 

"A la mitad del camino de su vida", el poeta, "por haberse apartado de la senda recta, se extravió en un oscuro bosque", del que sale gracias a Virgilio, que, por encargo de Beatriz—personificación de la Teología, según muchos comentadores—, se ofrece a guiarle al lugar (el Infierno) donde los espíritus dolientes de los condenados llaman eternamente con desesperados lamentos a la segunda muerte, y a otro lugar (el Purgatorio) en que se sufren las llamas con alegría en espera de que llegue la ocasión de tener un puesto entre los bienaventurados; ofreciéndole que después otra alma más digna le guiará al Cielo.

 

Dante y Virgilio llegan a la puerta en cuyo dintel se leía la famosa inscripción: "Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al dolor eterno; por mí se va a la condenada raza; la Justicia animó a mi Sublime Arquitecto; me levantó la Divina Potestad, la Suprema Sabiduría y el Primer Amor (la Trinidad, según los comentadores). Antes de mí no hubo nada creado, a excepción de lo inmortal, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!".

 

Cruzado el umbral, penetran ambos poetas en el lugar eternamente oscuro. Bajo un cielo sin estrellas resuenan los suspiros, quejas, blasfemias, llantos de dolor y apóstrofes iracundos de las almas de aquellos que vivieron sin alabanzas ni vituperios, que no merecieron el Cielo ni el Infierno y de las que el mundo no conserva ningún recuerdo.

 


 

 

Están condenadas a vagar eternamente, aguijoneadas sin tregua por moscas y avispas. Dante y Virgilio llegan a la orilla del Aqueronte, que cruzan en la barca de Carón, y descienden al primer círculo de los nueve en el que el poeta supone dividido el Infierno, al cual atribuye forma de embudo gigantesco. En dicho primer círculo está situado el Limbo, bosque sombrío habitado por las almas inocentes de los que murieron sin bautizar y por las de aquellos que vivieron antes del cristianismo y no adoraron a Dios como debían; allí no se oyen quejas, sino suspiros arrancados por la pena de vivir con el deseo sin esperanza; allí tiene su lugar el propio Virgilio, y entre los compañeros de éste ve Dante a Eneas, César, Hornero, Electra, Lucrecia, Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, Tito Livio y muchos más.

 

En el segundo círculo, carente de toda luz, resuenan los lamentos de los lujuriosos, condenados a vagar para siempre en tromba infernal torturados por el remordimiento. En el tercer círculo expían sus culpas los que fueron esclavos de la gula, metidos en fango y sufriendo una lluvia incesante y tortísima mezclada con granizo, y atormentados los oídos con los horrísonos aullidos del Cancerbero. En el cuarto círculo están los pródigos y los avarientos, condenados a chocar eternamente unos contra otros, como las olas, y a lanzarse enormes pesos con todo el esfuerzo de su cuerpo. "Por haber gastado mal y guardado mal, han perdido el Paraíso y se ven sujetos a ese perpetuo combate."

 

Dante y Virgilio llegan a la orilla de la laguna Estigia, en cuya superficie se golpean y hieren las almas de los coléricos mientras las cenagosas aguas se ven agitadas por los suspiros de los melancólicos y descontentos, que penan en su fondo; atraviesan la laguna o quinto círculo en la barca de Flegias, que los lleva ante la puerta de la ciudad de Dite (Plutón); los demonios y las Tres Furias quieren oponerse a los intrusos, pero un ángel que acude en su socorro les abre las puertas; pasan por ellas, y se ven en el sexto círculo, donde los herejes sufren en sepulcros abiertos el tormento del fuego.

 

El séptimo círculo está dividido en varios recintos: en el primero, resguardado por el Minotauro, ahí padecen los que ejercieron violencia contra la persona o bienes del prójimo, sumergidos en un río de sangre; en el segundo—al que llegan atravesando el Flegetón en la grupa del centauro Neso—sufren los que se hicieron violencia a sí mismos, los suicidas, convertidos a medias en árboles y malezas, y los disipadores, perseguidos por perros feroces; en el tercero son atormentados sobre una llanura de arenas ardientes, que recibe una constante lluvia de copos de fuego, los violentos contra Dios, contra la Naturaleza y contra la Sociedad.

 

Conducidos por Gerión—imagen del fraude—, los visitantes cruzan el espacio y llegan al octavo círculo, que es el de los fraudulentos: Éste se encuentra dividido en diez fosas, en cada una de las cuales sufren torturas diversas los rufianes y seductores, los aduladores y cortesanos, los simoníacos, los adivinos—"que por haber querido ver demasiado hacia delante, ahora miran hacia atrás y siguen un camino retrógrado"—, los que traficaron con la Justicia, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los autores de escándalo, cismas y falsas religiones, y, por último, los charlatanes y falsarios, divididos en tres grupos: usurpadores de la personalidad ajena, monederos falsos y calumniadores.

 

El gigante Anteo deposita a los visitantes en el fondo del noveno círculo que consiste en un lago helado en el cual se castiga en cuatro diversos recintos a otras tantas clases de traidores: en el primero están sumergidos Caín el fratricida y todos los que fueron traidores a sus parientes; en el segundo sufren igual tormento los traidores a su patria (aquí ve Dante al conde Ügolino, que le cuenta su historia); en el tercero, los traidores a sus huéspedes y amigos, y en el cuarto y último, Judas y todos los traidores a sus bienhechores. El centro de este círculo final coincide con el de la Tierra, y en él está Lucifer o Dite, monstruosa y descomunal figura sumergida hasta la mitad del pecho en el agua helada, y con tres caras, en la boca de una de las cuales agita sus piernas Judas, a quien Lucifer tiene cogida la cabeza entre los dientes. Dante y Virgilio se deslizan por una de las alas del monstruo, se agarran a sus velludas costillas y, de pelo en pelo, descienden, atraviesan el hielo, que no se adhiere al cuerpo de Satanás por impedirlo la espesa vellosidad que le cubre, y por la grieta de una roca salen a la superficie de la Tierra por sitio antípoda del que les sirvió de entrada, y contemplan de nuevo las estrellas.

 

Al amanecer encuentran a Catón de Utica, custodio del Purgatorio, quien aconseja a Virgilio que lave el rostro de Dante con rocío y le ciña con un cinturón de juncos de los que crecen a la orilla del mar, indicando a ambos lo que han de hacer para emprender la subida a la abrupta montaña en que están los recintos y círculos del Purgatorio—"el monte más alto de cuantos hacia el Firmamento se elevan sobre las aguas"—. Ven deslizarse por el mar una barca llena de almas, conducida por un ángel que las deja en la orilla para que se encaminen al lugar de su purificación.

 

Virgilio y Dante empiezan a marchar por áspera pendiente, observando el segundo que el sol no proyecta sobre el suelo la sombra del primero, porque solo los cuerpos interceptan los rayos luminosos, pero no las almas. Antes de ascender hasta la puerta del Purgatorio, pasan por los parajes en que esperan la hora de penetrar en el lugar de purificación las almas de los excomulgados que murieron arrepentidos de su terquedad, las de los negligentes que aguardaron a la hora de la muerte para arrepentirse de sus culpas y las de los que perecieron violentamente, pero con tiempo para reconciliarse con Dios.

 

Como la noche se aproxima, los poetas tienen que esperar, pues no se puede subir entre tinieblas a la montaña del Purgatorio. Dante se duerme, y al rayar el alba tiene una visión en la cual le parece sentirse transportado por un águila gigantesca con plumas de oro a través del espacio; al despertar se encuentra en el tercer descanso de la montaña, frente a la puerta del recinto que van a visitar, siéndoles franqueada la entrada por el ángel de la guarda.

 

Ascienden al primer círculo, en que se purga el pecado de soberbia, viendo las almas de los orgullosos y vanidosos transportando agobiadores pesos, contraídas por el esfuerzo, como ménsulas que soportasen un techo. En el segundo círculo las almas de los envidiosos purgan su pecado cubiertas con ásperos cilicios, sosteniendo cada una a otra sobre la espalda, y todas con los párpados cosidos con alambre. En el tercer círculo expían su culpa los coléricos, maltratándose unos a otros entre espesa y asfixiante humareda e implorando la misericordia divina. En el cuarto círculo, los perezosos corren unos en pos de otros sin descanso. En el quinto círculo, los avarientos, "cuyos ojos fijos en las cosas terrenales no miraron nunca hacia allá arriba", sufren y lloran, tendidos siempre en el suelo boca abajo.

 

Hallándose los poetas en este quinto círculo, sienten temblar violentamente la montaña y oyen entonar a todas las almas el Gloria inexcelsis Deo. Ellos siguen su marcha y se les aparece la sombra del poeta Estacio, que les explica cómo el monte se estremece cada vez que un alma purificada se mueve para subir al Cielo, acompañándola aquellos cánticos que oyeron, y cómo su propia alma, que ahora les hablaba, era la que acababa de terminar su purificación después de haber permanecido más de quinientos años en los círculos de los perezosos y de los avarientos. Desde aquel momento el espíritu de Estacio se une al de Virgilio para acompañar a Dante en la peregrinación. Llegan al sexto círculo, en el que se purga el pecado de la gula, y ven el tormento de los glotones, cuyas almas, extenuadas de hambre y de sed, mascan el aire.

 

En el séptimo y último círculo presencian el suplicio de los lujuriosos, abrasados por llamas inextinguibles.


 

 

Una vez en la cumbre de la montaña del Purgatorio, los tres poetas se encuentran ante la selva del Paraíso, de la cual los separa el Leteo. Desciende Beatriz del Cielo, y Virgilio desaparece. Dante escucha las reconvenciones de Beatriz, confiesa sus culpas y cae desmayado.

 

Purificado por las aguas del Leteo, en las que es sumergido, y por las del Eunoe, que bebe, puede ya ascender a las estrellas. Guiado por Beatriz, el poeta pasa del Paraíso terrestre al celeste, entrando, sucesivamente, en los diversos cielos, que supone colocados en la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno; sube luego a la región del cielo estrellado, desde la cual puede dirigir la vista a la Tierra y a los planetas; asciende aún a otra región superior, en la que le es dado contemplar el brillo cegador de la Esencia Divina; y, por último, llega con Beatriz al décimo cielo o Empíreo, donde, en visión sobrenatural, se recrea en el triunfo de los ángeles y bienaventurados y en la gloria de la Virgen María, resplandeciente en medio de la rosa celestial, en la que Beatriz sube a gozar del puesto que le corresponde, quedando el poeta acompañado de San Bernardo. Por la intercesión de este, obtiene Dante la gracia de contemplar la Humanidad unida a la Divinidad en la Esencia Divina, con lo cual termina el soberbio poema.

 

En los diversos cielos, Beatriz, Justiniano, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, Salomón, San Pedro Damián y San Benito responden a preguntas del poeta y le aclaran dudas

Filosóficas y teológicas, y los apóstoles San Pedro, Santiago y San Juan le examinan acerca de las Tres Virtudes Teologales.

*Elda Ruíz Flores (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva, y  Coordinadora  de Difusión Cultural en la Universidad Pedagógica Nacional U 211 Puebla; colabora en los programas de radio: Sexo Sentido e InteligenciaSexual.com

* Carlos Omar Mejía (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es estudiante del Instituto Tecnológico de Monterrey campus Puebla. 

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