DANTE ALIGHIERI. LA DIVINA COMEDIA. SINOPSIS
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Están condenadas a vagar eternamente, aguijoneadas sin tregua por moscas y avispas. Dante y Virgilio llegan a la orilla del Aqueronte, que cruzan en la barca de Carón, y descienden al primer círculo de los nueve en el que el poeta supone dividido el Infierno, al cual atribuye forma de embudo gigantesco. En dicho primer círculo está situado el Limbo, bosque sombrío habitado por las almas inocentes de los que murieron sin bautizar y por las de aquellos que vivieron antes del cristianismo y no adoraron a Dios como debían; allí no se oyen quejas, sino suspiros arrancados por la pena de vivir con el deseo sin esperanza; allí tiene su lugar el propio Virgilio, y entre los compañeros de éste ve Dante a Eneas, César, Hornero, Electra, Lucrecia, Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, Tito Livio y muchos más.

 

En el segundo círculo, carente de toda luz, resuenan los lamentos de los lujuriosos, condenados a vagar para siempre en tromba infernal torturados por el remordimiento. En el tercer círculo expían sus culpas los que fueron esclavos de la gula, metidos en fango y sufriendo una lluvia incesante y tortísima mezclada con granizo, y atormentados los oídos con los horrísonos aullidos del Cancerbero. En el cuarto círculo están los pródigos y los avarientos, condenados a chocar eternamente unos contra otros, como las olas, y a lanzarse enormes pesos con todo el esfuerzo de su cuerpo. "Por haber gastado mal y guardado mal, han perdido el Paraíso y se ven sujetos a ese perpetuo combate."

 

Dante y Virgilio llegan a la orilla de la laguna Estigia, en cuya superficie se golpean y hieren las almas de los coléricos mientras las cenagosas aguas se ven agitadas por los suspiros de los melancólicos y descontentos, que penan en su fondo; atraviesan la laguna o quinto círculo en la barca de Flegias, que los lleva ante la puerta de la ciudad de Dite (Plutón); los demonios y las Tres Furias quieren oponerse a los intrusos, pero un ángel que acude en su socorro les abre las puertas; pasan por ellas, y se ven en el sexto círculo, donde los herejes sufren en sepulcros abiertos el tormento del fuego.

 

El séptimo círculo está dividido en varios recintos: en el primero, resguardado por el Minotauro, ahí padecen los que ejercieron violencia contra la persona o bienes del prójimo, sumergidos en un río de sangre; en el segundo—al que llegan atravesando el Flegetón en la grupa del centauro Neso—sufren los que se hicieron violencia a sí mismos, los suicidas, convertidos a medias en árboles y malezas, y los disipadores, perseguidos por perros feroces; en el tercero son atormentados sobre una llanura de arenas ardientes, que recibe una constante lluvia de copos de fuego, los violentos contra Dios, contra la Naturaleza y contra la Sociedad.

 

Conducidos por Gerión—imagen del fraude—, los visitantes cruzan el espacio y llegan al octavo círculo, que es el de los fraudulentos: Éste se encuentra dividido en diez fosas, en cada una de las cuales sufren torturas diversas los rufianes y seductores, los aduladores y cortesanos, los simoníacos, los adivinos—"que por haber querido ver demasiado hacia delante, ahora miran hacia atrás y siguen un camino retrógrado"—, los que traficaron con la Justicia, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los autores de escándalo, cismas y falsas religiones, y, por último, los charlatanes y falsarios, divididos en tres grupos: usurpadores de la personalidad ajena, monederos falsos y calumniadores.

 

El gigante Anteo deposita a los visitantes en el fondo del noveno círculo que consiste en un lago helado en el cual se castiga en cuatro diversos recintos a otras tantas clases de traidores: en el primero están sumergidos Caín el fratricida y todos los que fueron traidores a sus parientes; en el segundo sufren igual tormento los traidores a su patria (aquí ve Dante al conde Ügolino, que le cuenta su historia); en el tercero, los traidores a sus huéspedes y amigos, y en el cuarto y último, Judas y todos los traidores a sus bienhechores. El centro de este círculo final coincide con el de la Tierra, y en él está Lucifer o Dite, monstruosa y descomunal figura sumergida hasta la mitad del pecho en el agua helada, y con tres caras, en la boca de una de las cuales agita sus piernas Judas, a quien Lucifer tiene cogida la cabeza entre los dientes. Dante y Virgilio se deslizan por una de las alas del monstruo, se agarran a sus velludas costillas y, de pelo en pelo, descienden, atraviesan el hielo, que no se adhiere al cuerpo de Satanás por impedirlo la espesa vellosidad que le cubre, y por la grieta de una roca salen a la superficie de la Tierra por sitio antípoda del que les sirvió de entrada, y contemplan de nuevo las estrellas.

 

Al amanecer encuentran a Catón de Utica, custodio del Purgatorio, quien aconseja a Virgilio que lave el rostro de Dante con rocío y le ciña con un cinturón de juncos de los que crecen a la orilla del mar, indicando a ambos lo que han de hacer para emprender la subida a la abrupta montaña en que están los recintos y círculos del Purgatorio—"el monte más alto de cuantos hacia el Firmamento se elevan sobre las aguas"—. Ven deslizarse por el mar una barca llena de almas, conducida por un ángel que las deja en la orilla para que se encaminen al lugar de su purificación.

 

Virgilio y Dante empiezan a marchar por áspera pendiente, observando el segundo que el sol no proyecta sobre el suelo la sombra del primero, porque solo los cuerpos interceptan los rayos luminosos, pero no las almas. Antes de ascender hasta la puerta del Purgatorio, pasan por los parajes en que esperan la hora de penetrar en el lugar de purificación las almas de los excomulgados que murieron arrepentidos de su terquedad, las de los negligentes que aguardaron a la hora de la muerte para arrepentirse de sus culpas y las de los que perecieron violentamente, pero con tiempo para reconciliarse con Dios.

 

Como la noche se aproxima, los poetas tienen que esperar, pues no se puede subir entre tinieblas a la montaña del Purgatorio. Dante se duerme, y al rayar el alba tiene una visión en la cual le parece sentirse transportado por un águila gigantesca con plumas de oro a través del espacio; al despertar se encuentra en el tercer descanso de la montaña, frente a la puerta del recinto que van a visitar, siéndoles franqueada la entrada por el ángel de la guarda.

 

Ascienden al primer círculo, en que se purga el pecado de soberbia, viendo las almas de los orgullosos y vanidosos transportando agobiadores pesos, contraídas por el esfuerzo, como ménsulas que soportasen un techo. En el segundo círculo las almas de los envidiosos purgan su pecado cubiertas con ásperos cilicios, sosteniendo cada una a otra sobre la espalda, y todas con los párpados cosidos con alambre. En el tercer círculo expían su culpa los coléricos, maltratándose unos a otros entre espesa y asfixiante humareda e implorando la misericordia divina. En el cuarto círculo, los perezosos corren unos en pos de otros sin descanso. En el quinto círculo, los avarientos, "cuyos ojos fijos en las cosas terrenales no miraron nunca hacia allá arriba", sufren y lloran, tendidos siempre en el suelo boca abajo.

 

Hallándose los poetas en este quinto círculo, sienten temblar violentamente la montaña y oyen entonar a todas las almas el Gloria inexcelsis Deo. Ellos siguen su marcha y se les aparece la sombra del poeta Estacio, que les explica cómo el monte se estremece cada vez que un alma purificada se mueve para subir al Cielo, acompañándola aquellos cánticos que oyeron, y cómo su propia alma, que ahora les hablaba, era la que acababa de terminar su purificación después de haber permanecido más de quinientos años en los círculos de los perezosos y de los avarientos. Desde aquel momento el espíritu de Estacio se une al de Virgilio para acompañar a Dante en la peregrinación. Llegan al sexto círculo, en el que se purga el pecado de la gula, y ven el tormento de los glotones, cuyas almas, extenuadas de hambre y de sed, mascan el aire.

 

En el séptimo y último círculo presencian el suplicio de los lujuriosos, abrasados por llamas inextinguibles.

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