ANÁLISIS DEL TEXTO LA POSITIVIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA, DE G. W. F. HEGEL, DESDE LA PERSPECTIVA
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 La crítica que lanza Hegel contra la Iglesia como institución poderosísima y como ideología y herramienta de dominación y degeneración de las facultades intelectivas libres y autónomas de los individuos, además de la critica que basa en el papel de la Iglesia como desconfiguradora del orden y los valores sociales civiles, propios de los estados republicanos, tiene todo que ver con las nociones de razón, libertad y virtud y moralidad, heredadas en buena medida del pensamiento kantiano.

 

 Para Hegel la finalidad de la religión es la moralidad, y la libertad le es propia esencialmente a esta última. Y si le es propia, es porque la moralidad debe de estar fundada en la razón si desea poseer algún valor intrínseco, no positivo. Esto es, la razón debe ser libre. La razón, como facultad legisladora que es, debe ser capaz de darse ella misma sus propias leyes y principios, de modo que toda otra ley y todo otro principio que provengan del exterior, no deben significar nada para la razón y, si la razón insiste en obedecerles, se está sujetando servilmente.

 

 Así, un código normativo positivo, aceptado acríticamente, es decir, aceptado sin haberlo antes hecho pasar por el cedazo de la propia razón y el propio juicio (cosa de la que potencialmente somos todos capaces), no significa otra cosa sino haber dejado de ejercer la libertad que nos es propia por ser seres de razón, además de significar un ahuecamiento del verdadero contenido virtuoso de nuestros códigos de moralidad. Una religión positiva, cuyos códigos morales carezcan de la aceptación razonada, consciente y vigilante de los miembros de la sociedad que la profesa, es una religión desvirtuada, que no consigue los fines moralizadores para los cuales se supone estar, esencialmente (a juicio de Hegel), hecha.

 

 La positividad de las normas, cuya característica principal es la de no poseer valor intrínseco sino solo extrínsecamente adquirido, inhibe la propia especulación e imposibilita alcanzar verdaderamente una vida de virtud, una vida respetuosa de la ley moral, una ley que para Hegel está de por sí ya grabada en nuestros corazones, aunque a parecer al modo de una capacidad de reconocimiento: es decir, somos todos capaces de reconocer dentro de nosotros mismos y por nosotros mismos, una clara inclinación hacia la moralidad. Tan está grabada en nosotros la ley moral, tan cercano es el parentesco de la misma con nuestra razón, que el contenido de las religiones, esto es, la moralidad impresa en ellas, tiene un carácter de inmutable, de esencial, tanto como los son las verdades de la razón, necesarias y universales. Sin la libertad esencial a nuestra razón, tampoco valdrían nada los códigos morales, pues una moralidad que no es aceptada libremente, cuya validez no proviene de sí misma sino de la autoridad de una persona (como ocurrió precisamente con la religión cristiana y el caso de Jesús), es una moralidad falsamente valorada, sin virtud e incapaz de hacer virtuosos a sus seguidores, pues sin libertad no puede existir la virtud. Así, la virtud debe también ir acompañada de razón y, con ella, de libertad.

 

 Todo aquello que se postule sin la razón se postula entonces sin libertad y, ni una moralidad prometedora de virtud puede revertir esa valoración. O existe razón y libertad en lo que se hace, o no se está haciendo nada verdaderamente valioso, verdaderamente virtuoso.

 

 La religión cristiana cometió el error de validar los contenidos morales de su doctrina basados en la autoridad de que estaba investido el maestro de la misma. Poseyó además, desde siempre y debido a las características del pueblo al que las enseñanzas iban dirigidas, esto es, el pueblo judío, cuya religión había sido sumamente positivizada, ciertas cualidades propias, a juicio de Hegel, de una secta positiva, como el afán expansionista, el carácter intolerante (una vez que se constituyó en institución, es decir, en Iglesia), la pérdida de sus valores intrínsecos debido en parte a la imposibilidad de mantenerlos puros por la gran cantidad de seguidores de la doctrina y la burocratización de la misma. No había, comenzando por el modo mismo de transmisión de la doctrina por parte de los discípulos de Jesús, la iniciativa de un espíritu libre, como en los amigos de Sócrates, de aportar, especular, criticar, razonar, juzgar lo enseñado.

 

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