POSITIVISMO Y EVOLUCIONISMO SOCIAL: ENTRE LA REFORMA JUARISTA Y EL PORFIRIATO
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POSITIVISMO Y EVOLUCIONISMO SOCIAL:

ENTRE LA REFORMA JUARISTA Y EL PORFIRIATO.

Por: Ximena Franco Guzmán*

 

   En esta entrega hemos decisivo abordar el tema del Positivismo Mexicano. Para hacerlo, tendremos que hablar de dos filósofos europeos: Auguste Comte (1789- 1857) y Herbert Spencer (1820- 1903). El primero, padre del positivismo; el segundo, del evolucionismo social.

 Las doctrinas de estos pensadores fueron repensadas desde la realidad mexicana de mediados del siglo XIX y principios del XX. Son precisamente los “positivistas mexicanos” quienes retoman a Comte y Spencer para moldear el carácter político del país.

 

   La pretensión de los positivistas mexicanos fue siempre la de transformar la realidad nacional, tan convulsa por aquellos años. Buscaron incidir directamente en cuestiones políticas, y lo lograron. Dentro de los pensadores afectos a esta corriente podemos encontrar nada menos que a Gabino Barreda y Justo Sierra. Barreda es el creador de la Escuela Nacional Preparatoria, y el cerebro detrás de su plan de estudios, en el cual se educaron generaciones de mexicanos. Justo Sierra llegó a ser ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes durante el porfiriato, entre otros cargos. El primero de estos pensadores mexicanos representa la primer etapa del positivismo mexicano, a la que más propiamente se le denomina como “positivista”. Sierra, por su parte, representaría a la segunda fase del positivismo mexicano, mejor conocida como “cientificista”.

 

 Dada la importancia de los acontecimientos históricos nacionales en el desarrollo del pensamiento positivista mexicano (llamamos así genéricamente tanto a la primera como a la segunda etapa), y dada la influencia determinante que sobre él ejercen las ideas de Comte y Spencer, resulta imposible exponer esta corriente mexicana de pensamiento sin antes esbozar las ideas centrales del positivismo comtiano y del evolucionismo social desarrollado por Herbert Spencer, además de explicitar la situación histórica que atravesaba nuestro país.

 

 Rompiendo o deseando romper definitivamente con el pasado[1], los pensadores mexicanos positivistas emprenden una labor intelectual que, en buena medida, configurará la futura identidad política de la nación.

 

Comenzaremos primero por exponer de manera sintetizada las principales tesis comtianas y spencerianas, al menos hasta donde nos sea pertinente abordarlas para comprender mejor el alcance de su influencia para el positivismo mexicano. Después presentaremos las características centrales del positivismo mexicano, intercalando en dicha presentación la situación histórica que enfrenta cada etapa.

 

Auguste Comte y Herbert Spencer: Positivismo y Evolucionismo social.

 

EL POSITIVISMO DE AUGUSTE COMTE

 

Ciencia vs Teología. El método científico y sus premisas.

 Uno de los aspectos que vale la pena resaltar, por su importancia dentro del positivismo comtiano, es el rechazo de las tesis y doctrinas teológicas, a favor de las científicas positivas. El punto central de esta cuestión descansa sobre la consideración de las leyes naturales, descubiertas por las ciencias a través del método positivo, como las verdaderas ordenadoras y únicas capaces de explicar el devenir de la realidad, dejando de lado como retrógradas, falsas y oscuras las explicaciones teológicas al respecto, entre ellas la de la divina providencia, la creación ex nihilo, el hombre como criatura de Dios.

 

 Lo apodíctico de la ley es descubierto por la razón en la incesante repetición de los fenómenos que, inductivamente, logra mediante la experimentación justificar empíricamente la validez de la ley. El método positivo de Comte es en realidad el método adoptado por las ciencias positivas de la época y está conformado principalmente por tres momentos: observación, experimentación y comparación. Se reconoce, sin embargo, el alcance finito e imperfecto del intelecto humano, por lo que las leyes y en general todo el sistema del conocimiento no se considera absoluto, sino relativo.

 La única posible unidad o sistematicidad de las ciencias la da el método, no los principios ni las doctrinas. Es la aplicación del mismo y único método la que llevará a cabo la tarea de la homogeneización de las doctrinas. La relevancia política de esta idea se verá más adelante. La ciencia sustituirá en la doctrina comtiana a la teología en su papel explicativo del mundo. Pero además, a esta confrontación entre teología y ciencia o espíritu positivo, subyace unan idea mucho más importante dentro del pensamiento de Comte: 


 

La “Ley de los tres estados”. La emancipación mental.

 

 “Según esta doctrina fundamental [la Ley de los tres estados], todas nuestras especulaciones (…) están sujetas inevitablemente, sea en el individuo, sea en la especie, a pasar sucesivamente por tres estados teóricos (…), teológico, metafísico y positivo (…) indispensables en todos aspectos, el primer estado debe considerarse siempre (…) como provisional y preparatorio; el segundo (…), una modificación disolvente de aquel (…), un simple destino transitorio, a fin de conducir gradualmente al tercero (…), el único plenamente normal (…), el régimen definitivo de la razón humana.”[2]

  

 Podemos encontrar en esta cita varios aspectos importantes del pensamiento positivista comtiano. Lo primero es el carácter de necesidad que Comte otorga al desarrollo de las diferentes etapas del desarrollo del espíritu humano a través del tiempo. Las diferentes etapas se suceden “invariablemente” y cada una es tan necesaria como las anteriores, que son su condición de posibilidad. El último de los estados es el mejor de todos, es el resultado de un desarrollo progresivo hacia mejor, una idea sumamente ilustrada todavía.

 Es en el estado positivo que el hombre alcanza su madurez intelectual y se libera por fin de las cadenas oscurantistas de la teología y de las luchas incesantes y el perpetuo estado de anarquía propios del estado metafísico, un estado crítico o de transición. En el estado positivo domina finalmente el principio de observación sobre el antiguo principio de imaginación. Es mediante ese paulatino cambio de paradigma que se logra la emancipación mental. Cada etapa supera a la anterior y necesita de ella para poder desarrollarse, pero tan sólo necesita de ella como momento que ha de ser superado para no volver sobre él jamás, so pena de retroceso.

 La aparente incoherencia y contingencia de las etapas históricas de la humanidad, deben ser sometidas al escrutinio metódico de las ciencias positivas para hallar las leyes que en realidad lo rigen. La política, llevada a cabo como ciencia, es la encargada de encauzar mediante el conocimiento de dichas leyes y ordenamientos, a la civilización, cuidando que ésta no retroceda a fases ya superadas del pasado evolutivo.

 

 

“En todos los aspectos -dice Comte-, la evolución fundamental de la humanidad es naturalmente espontánea [quiere decir aquí que no se guía por providencia sobrenatural alguna, sino que se autoregula], y la apreciación exacta de su desenvolvimiento natural es lo único que puede aportarnos la base general de una sabia intervención (…), las modificaciones sistemáticas que podemos introducir en ella tienen (…) mucha importancia, para disminuir mucho las desviaciones parciales, los retrasos funestos y las grandes incoherencias (…) si quedase totalmente abandonada a si misma. La realización continúa de esta indispensable intervención constituye el dominio esencial de la política.”[3]

 



 

 

 

 En general, la importancia del descubrimiento de las leyes que rigen todos lo procesos, naturales y sociales, aporta la ventaja de poder actuar sobre dichos procesos, pudiendo intervenir así a favor del progreso.

 El estado positivo es aquel donde el intelecto y la socialidad humanas deben haber alcanzado su punto más alto, y esto sólo puede lograrse a través del positivismo como doctrina universal. Con tal progreso en las cualidades sociables del hombre, en el estado positivo resulta ya innecesario y además injustificable la guerra y las aspiraciones belicosas, en principio, porque se habría alcanzado una homogeneización de las opiniones, basada en la objetividad provista por el método positivo de las ciencias, y después, porque es el industrialismo, la división del trabajo y de las ciencias, la que en adelante ha de ordenar la sociedad, que encuentra mediante estas condiciones una feliz convergencia de todos los intereses.

 Un régimen predominantemente militar o belicoso, sólo podía servir para mantener un orden social cuya autoridad se sustentaba en lo teológico: las jerarquías eclesiales que pretendían haber obtenido su poder de fuerzas sobrenaturales.

 

Orden y Progreso
 

 Comte, heredero del pensamiento ilustrado racionalista, cree firmemente en el progreso. La dinámica entablada entre el progreso y el orden se explica a través de dos nociones: la de dinamismo o actividad y la de estabilidad, respectivamente.

 

 Las nociones de orden y progreso se imponen como necesarias al intelecto humano. Son dos ejes sobre los cuales se erige la comprensión de las ciencias y su dinámica más íntima. Para el planteamiento de leyes naturales es fundamental establecer un equilibrio entre lo estático de la forma legal, vertido en la necesidad y universalidad de la ley, además de su invariabilidad, y la dinámica de los fenómenos observados. El vínculo entre lo estático y lo dinámico en la naturaleza es el vínculo del orden y el progreso. Orden y progreso se conforman mutuamente. Ninguna anula a la otra, por más contradictorio que pudiera resultar la unión armónica de lo estable (orden) con lo dinámico (progreso). Pero existe siempre una cierta subordinación del progreso al orden: “Para la nueva filosofía [positiva], el orden constituye siempre la condición fundamental del progreso; y, recíprocamente, el progreso se convierte en el fin necesario del orden (…).”[4]
 

 La política y en general todo el tratamiento de las ciencias sociales como ciencias positivas, constituirá el cuerpo de la sociología, el estudio científico de las leyes y principios que determinan y rigen el orden social a través de su desarrollo histórico, con lo que la historia se supeditaría también al método positivo. Es del estudio de esta “física social” del que depende el develamiento del proceso civilizatorio de la humanidad como dinámica orden-progreso: “Los dos principios, el orden y el progreso, representan las dos nociones fundamentales, cuya deplorable oposición trae consigo el trastorno de las sociedades humanas.”[5] 

 El progreso es perfeccionamiento del hombre dentro de sociedad, colectivamente, haciendo a un lado impulsos egoístas, individualistas, para dar paso a los impulsos altruistas, condicionantes de toda vida pacífica en sociedad. El espíritu positivo es social, esta idea se repite en los escritos de Comte. “Para él [Comte se refiere aquí espíritu positivo], el hombre propiamente dicho no existe, no puede existir más que la Humanidad, puesto que todo nuestro desarrollo se debe a la sociedad (…).”[6] Es necesario el dominio de lo social sobre lo individual porque la urgencia de Comte es la de establecer el orden para dar fin a las revueltas civiles, y el orden sólo se logrará a través de la inclinación de los hombres hacia la sociabilidad, que descansa en impulsos altruistas y que resulta imposible si lo que se estimula son los impulsos egoístas.

Orden, anarquía. Heterogeneidad, homogeneidad. 

 “La anarquía espiritual ha precedido y engendrado la anarquía temporal. Incluso el malestar social depende hoy mucho más de la primera causa que de la segunda.”[7] Si existe un continuo choque entre las doctrinas, las personas que las profesan estarán continuamente en estado belicoso, debido a que las diferencias entre sus puntos de vista redundan en diferentes formas de actuar que encuentran invariablemente opositores. La heterogeneidad de opiniones conlleva la anarquía. En este sentido la filosofía positiva también es el remedio al mal social. La neutralidad de su método, que se abstiene de indagar con pasión o especulación metafísica los hechos del mundo, proporciona una forma de conocimiento verdadero, basándose exclusivamente en la experimentación empírica rigurosa. La verdad para ella no es cuestión de fe, sino de análisis empírico. La objetividad es su ley y ésta, por encima de cualquier credo o doctrina, es verdadera en todo tiempo y lugar, es una verdad universal y necesaria.

 

 La filosofía positiva y su método, de ser aplicado a todos los ámbitos de la sabiduría humana, inclusive a la religión y a la política, pondría fin a la heterogeneidad de las opiniones, y con ello al desorden y la anarquía. La importancia de las implicaciones políticas y sociales de la aplicación universal del método positivo, redunda en la necesidad de hacer recaer en los sabios o científicos, aquellos que poseen la doctrina de la ciencia y saben ejecutarla, la administración de las cuestiones sociales. “…la naturaleza de las cosas evita en este punto toda divagación (…) prohíbe en absoluto la libertad de elección al mostrar a la clase de los sabios (…) como la única adecuada para ejecutar el trabajo teórico de la reorganización social.”[8]
 

 El carácter científico-positivo del conocimiento como principio normativo del mismo, el estudio de la historia y la política como ciencia positiva, la homogeneización de las opiniones como medio para erradicar la anarquía; el fin del paradigma teológico como horizonte explicativo, la jerarquización comtiana de las ciencias, la secularización del conocimiento humano y la emancipación mental como resultado gradual de esa sustitución; el orden como medio para alcanzar el progreso, son todas ideas centrales del positivismo Auguste Comte.

 

 

EL EVOLUCIONISMO SOCIAL DE HERBERT SPENCER

 

Aplicación de la ciencia biológica a la explicación del desarrollo de las entidades sociales.

 El programa comtiano de las ciencias y la universalidad de la aplicación del método positivo, es cabalmente llevado a cabo por Spencer. Éste desarrolla un sistema filosófico evolucionista. Dentro de su doctrina, todo cuerpo colectivo, todo grupo y división social, toda institución, es explicada desde los principios biológicos de su época.

 
 Herbert Spencer establece una analogía entre el modo de comprender a los organismos vivos, desde los más primitivos a los más complejos, y el modo de comprender a los organismos sociales. Spencer sostiene que la evolución, el desarrollo de cualquier organismo, está determinado en parte por las acciones externas del ambiente a las que está expuesto, y en parte depende de la naturaleza misma de las unidades o partes que componen el todo del organismo vivo[9]. En este doble juego de factores, extrínsecos e intrínsecos, se encuentra la dinámica de la evolución. Y, dado que los organismos sociales funcionan también según las leyes que rigen a la naturaleza, éstos también, en su evolución, presentan la misma doble determinación.
 

 La sociedad es para Spencer un organismo, mucho más complejo quizá que los demás organismos vivos simples, pero finalmente un organismo. Reconoce muchas similitudes entre los organismos vivos y las sociedades, así como también algunas diferencias. Pero: “The principles of organization [de los organismos vivos y los sociales] are the same; and the differences are simply differences of application.”[10] Las analogías que Spencer encuentra son las siguientes:

 

 Tanto sociedades como organismos vivos, comienzan, en su proceso evolutivo, por pequeños agregados hasta lograr un aumento masivo. Avanzan de la simplicidad a la complejidad de su estructura. En los estadios menos avanzados de su evolución, las partes constituyentes del todo no guardan ninguna, o apenas guardan alguna dependencia con las otras partes, mientras que en las fases más avanzadas, cada parte constituyente depende íntima y esencialmente de todas las demás. Otra similitud es que la vida y desarrollo del colectivo es más duradera e independiente de la vida y el desarrollo de cada una de sus partes. En ambas entidades analogazas (sociedades y organismos vivos) la progresiva diferenciación de estructuras está acompañada por una progresiva diferenciación de funciones.

 

 Las diferencias señaladas por Spencer entre sociedades y organismos vivos, son las siguientes: Las sociedades no tienen formas externas específicas. Los elementos constitutivos del todo social no forman una masa continua ni homogénea, como sucede en algunos organismos. Además, las partes del organismo social, a diferencia del vivo, no están sujetas a una posición o función determinadas, y son capaces de movilidad y mutabilidad de funciones. Y la diferencia más importante es que en los organismos vivos, las partes constituyentes no están todas dotadas de sensibilidad, mientras que en el colectivo social cada uno goza de sensibilidad independiente.
 

  El análisis de las sociedades, que Comte había destinado al método de las ciencias positivas y cuya tarea consistía en encontrar las leyes del progreso de la humanidad a través de su historia, es en la doctrina spenceriana supeditado a la aplicación de los principios de la biología en lo concerniente al desarrollo evolutivo de los organismos. Es en este desarrollo evolutivo que las sociedades se asemejan a los organismos y pueden ser estudiadas con la misma precisión. La historia de las sociedades se comprende entonces como la historia de un organismo u organismos en constante evolución.

Idea de Evolución. La importancia de la lucha en el proceso evolutivo.

 La evolución es entendida por Spencer como un cambio, cuantitativo pero, preponderantemente, cualitativo. Es la transición de un estado menos coherente y más homogéneo, a otro más coherente y heterogéneo. 

 La evolución está estrechamente ligada al concepto de progreso. El progreso, según lo hemos entendido, está forjado en la ley de la evolución, que Spencer enuncia como la supervivencia del más fuerte por su mayor capacidad de adaptación. Todos los organismos, tanto individual como colectivamente, crecen y sus funciones se van diferenciando a la par que se van especializando. A mayor diferenciación y especialización, mayor es el grado de evolución. Este es uno de los principios del evolucionismo de Spencer[11].

 De modo que en los organismos muy evolucionados, la estrecha interdependencia entre sus partes ocasiona que cualquier daño causado a la parte, se resiente en el todo. El progreso, en evolución, constituye el avance de lo homogéneo a la heterogeneidad compleja de partes y funciones. Evolución es diferenciación y complejidad; y esa es también la forma del progreso.

 Dentro de la doctrina spenceriana, la ética también queda referida y subordinada a la biología. Incluso el mal, tanto moral como físico, se explica por la evolución: “All evil results from the non-adaptation of contitution to conditions. This is true of everything that lives.”[12] El principio que Spencer enuncia, de manera subyacente en esta afirmación, es el de la supervivencia del más apto, del mejor adaptado, lo que conlleva a la permanencia de su especie. Este principio es una ley de todo lo viviente. Pero también es una ley el que el mal tienda a desaparecer, es decir, que la adaptación ser imponga a la desadaptación; así la vida perdura y se reproduce. Los organismos tienden naturalmente a adaptarse al medio, modificándose ellos mismos o bien, modificando el medio. La lucha por la supervivencia tiende a eliminar paulatinamente a los débiles, y hace prevalecer a los más fuertes, los mejor adaptados. Las actividades de hostilidad y lucha crean las condiciones necesarias para el mejoramiento de las especies, porque incrementan en ellas la fuerza, la sagacidad, la inteligencia. Este principio se aplica a todos los organismos vivos, incluidos los hombres y las sociedades. El principio de la selección natural, la supervivencia del mejor adaptado, es un factor de avance, de progreso.

Algunas diferencias con Comte e implicaciones del evolucionismo spenceriano.

 A diferencia de Comte, en Spencer el progreso (evolutivo) no permite injerencia de la inteligencia ni de la voluntad humana. Tal injerencia terminaría por hacer un mal, modificando aquello que por sí mismo caminaba a la perfección, naturalmente.

 Esta idea de la evolución y del progreso, aunada a su idea de la supervivencia del mejor adaptado como medio de mejoramiento de las especies (idea más lamarckiana que darwiniana), llevan a Spencer a pugnar por un individualismo exacerbado, que la filosofía de Comte rechazaba, y por pugnar por una no injerencia del Estado en la evolución natural de las sociedades. La sociedad pensada por Spencer, a diferencia de la pensada por Comte, está sustentada en el individualismo.

 



 

  El liberalismo implicado en el individualismo spenceriano, persigue también en lo económico la aplicación de la ley del mejor adaptado. Fomenta la competencia individual. El desarrollo y progreso de las sociedades depende de una libre competencia entre sus miembros, y hasta de una abierta oposición y lucha entre ellos, que naturalmente llevará a la supervivencia del mejor adaptado. A diferencia de Comte, la lucha y no la paz, son el factor del progreso.

 

El positivismo mexicano:

Situación histórica y características primordiales

 Según Leopoldo Zea[13], el positivismo mexicano puede dividirse en tres etapas: orígenes, desarrollo y crisis. Ignacio Sosa[14] hace también una división parecida. Podemos darnos cuenta, a través de los escritos de los positivistas de cada etapa, que cada una de éstas introduce, a la par de las nuevas circunstancias, elementos teóricos diferentes cada vez. Pero a pesar de las diferencias, que por cierto algunas veces son de importante magnitud, existen ciertas características que dan forma al movimiento y persisten en él como sus constantes.

 Pero quizá podríamos subdividir las tres etapas del movimiento señaladas más arriba, en dos más: la primera sería la correspondiente al decenio 1867-1877, en que Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada se sucedieron en la presidencia; la segunda correspondería a los treinta y cuatro años que Profirió Días se mantuvo en el poder. [15] Este periodo abarca de 1877, año en que Porfirio Díaz, al grito de “no reelección” (cosa irónica) derroca a Lerdo de Tejada, hasta 1911, año en que Díaz es depuesto por la nueva clase revolucionaria.

 La primera etapa correspondería al positivismo comtiano traído a México por Gabino Barreda, quien en Francia recibió lecciones directamente del propio Comte. En esta primera fase la influencia del liberalismo de Mora se deja sentir con mucha fuerza, aunque en algunos puntos es modificado por el mismo positivismo de Barreda[16].

 En la segunda etapa, que corresponde al mandato de Porfirio Díaz, los discípulos de Barreda y los primeros alumnos de la escuela Nacional Preparatoria podrían tener aquí cabida. Pero corresponde más propiamente a esta etapa la fase “científica” (spenceriana, más que comtiana) del positivismo, que encuentra en Justo Sierra a uno de sus mejores representantes.

 

 Existen varias interpretaciones del positivismo; la de idealista, utópica e ineficaz, que sostuvo algunas veces la generación posterior de positivistas o “científicos” respecto, principalmente, de las tesis liberales que sustentaban los primeros positivistas; la de una doctrina retrógrada, anacrónica, servil de intereses económicos particulares, que sostuvo la generación crítica al positivismo, los ateneístas; la de una doctrina adecuada a los intereses y necesidades de una nación que buscaba entrar en el curso del progreso y el desarrollo tal como lo conocía Europa, que nos parece que es la del primer positivismo de Barreda y sus discípulos.
 

 El positivismo mexicano se caracterizó siempre por la búsqueda de un orden en el que prevaleciera la paz y la salvaguarda de la sociabilidad, y en el que pudiera por fin despuntar el progreso del país. Además, el positivismo mexicano estuvo influido hasta su última etapa (el porfiriato), por ideas de corte liberal, cuya doctrina tuvo en México a grandes exponentes, siendo el más paradigmático José María Luis Mora. De hecho, las ideas liberales que acompañaron a las fuerzas independentistas y anti-imperialistas hasta el triunfo juarista de 1867, dejan sentir su influencia aún más durante la última etapa del positivismo mexicano, (los positivistas “científicos”), aunque el liberalismo que ellos defendían estaba ya más influido por Spencer que por José M. Luis Mora.

 Todos creyeron firmemente en la idea de progreso moral, intelectual y político, y en la legaliformidad de la historia humana, escenario del progreso. Creyeron que la historia se regía por leyes, que cada etapa era necesaria como necesaria era la superación de fases pasadas, que no debían volver a repetirse. Pensaban también que México era parte del curso de la historia universal, y que debía mantenerse en el flujo de los tiempos que corrían, sin dejar por un momento de seguir avanzando por el mismo camino que lo hacían las naciones más desarrolladas. Estados Unidos y países europeos como Francia, eran el ejemplo a seguir. Es importante señalar también la influencia cientificista y materialista que se dejó sentir en casi todos los pensadores positivistas mexicanos.

 Además, el positivismo mexicano, teniendo siempre una decisiva injerencia en los programas y proyectos sociales y políticos de la época, se caracterizó por su constante preocupación en lo concerniente al problema educativo. Creían, enseñados por Gabino Barreda, que la educación positiva, una educación independiente de las supercherías retrógradas de la Iglesia católica y cimentada en los principios de las ciencias positivas y su método, era el fundamento necesario de un proyecto de nación que deseaba salir del atraso histórico en que lo habían mantenido siglos de dominación bajo las fuerzas regresivas del conservadurismo.

 



 

 

 La preocupación de la educación como motor del desarrollo del progreso continuó siendo una constante en las generaciones posteriores de positivistas, cuyas filas estaban formadas por los jóvenes que habían sido educados en la Escuela Nacional Preparatoria, fundada en 1868, y cuyo programa de estudios había sido encargado a Barreda y era enteramente positivista. Muchos de los miembros de esta generación llegaron a formar parte del grupo positivista de los “científicos”, que escribió y participó políticamente durante todo el porfiriato.
 

 Una de las más importantes y fundamentales constante positivista en México era el ataque, o al menos el sentido descrédito, de las instituciones religiosas. Pero esa constante no sólo era positivista, sino antes bien, liberal reformista. Buena parte de los contenidos de las leyes de reforma tratan de la desamortización de tierras eclesiales y de la secularización de la política y la educación.

 Además, todo el movimiento positivista conjuró a la ciencia, sus principios y, sobre todo, su método, como respuesta frente al atraso y la colonización mental de los mexicanos y del país cuya corrosiva obra llevaba operando ya muchos siglos. La solución a los problemas de índole política, económica, moral y social estaban estrechamente vinculados con la aplicación generalizada del método positivo y la ciencia como criterio último de validez, ya que la verdad hallada por la ciencia a través de su método era neutral y totalmente objetiva, ajena a cualquier intento de utilización ideológica por parte de cualquier grupo de poder, liberal o conservador. La racionalidad emparentada con el método y la verdad positivas, era garantía de neutralidad y ésta, a su vez, mantendría a raya los posibles motivos de discordia, nacidos de puntos de vista diferentes. El método finalmente aseguraba aquella homogeneización que tanto preocupara a Comte y a Barreda como condición de posibilidad de la concordia social.

 Todos los positivistas concuerdan en su condena a la anarquía, la revuelta y la discordia. Lo que el país necesitaba, y así lo reconocen todos, era la unificación nacional. Esta debía darse no sólo en aras del progreso material y moral de la nación, sino también como precaución contra posibles intentos de conquista por parte, principalmente, de Estados Unidos. Abelardo Villegas explica esto en otros términos. Para él, el método científico que permeaba toda producción intelectual y política, condena la noción de revolución, y su práctica, sustituyéndola por la de evolución.[17]  

 

 Los primeros positivistas sienten todos un gran respeto y admiración por las leyes de Reforma, y creen firmemente en que sólo la aplicación íntegra de la Constitución del ’57, a la que se había añadido ya las leyes de Reforma, podía llevar a México por el camino tan anhelado del progreso y el desarrollo. A la segunda etapa correspondería el predominio del positivismo de los llamados “científicos”. Durante este periodo se revisa el positivismo de Barreda, pues la influencia filosófica preponderante deja de ser Comte, y Spencer y el evolucionismo social toman su lugar. Se critica también el proyecto positivista de nación de la “República Restaurada”, término que se refiere a la época del triunfo juarista sobre las fuerzas imperialistas que, comandadas por Napoleón III, buscaban reconquistar México, y que culmina con la victoria mexicana y el fusilamiento de Maximiliano en el cerro de las campanas. Al criticarse el proyecto de la República Restaurada, y con él, el tipo de gobierno liberal de Juárez y Lerdo, los nuevos positivistas rechazan también la Constitución del ’57 como panacea de todos los problemas que aquejaban a la nación. Es interesante detenerse en este punto un poco más:

 Después del triunfo político liberal en 1867, y tras la expulsión de las fuerzas francesas de territorio nacional (cuya batalla más recordada es la del 5 de mayo, con Ignacio Zaragoza como su héroe militar, y Juárez como su héroe político), México siguió sin alcanzar la anhelada paz. Y cómo no habría de ser anhelada, después de las incesantes luchas, primero independentistas, luego contra la dictadura de Santa Anna, el imperio de Iturbide y finalmente contra las fuerzas neocolonialistas norteamericanas (inglesas) y francesas. México deseaba paz y estabilidad política, pero sobre todo, deseaba la unificación nacional. Esa era la urgencia que le dictaba su momento histórico.

 Las naciones del mundo europeo florecían, mientras que las latinoamericanas, y específicamente, la mexicana, seguían luchando contra fuerzas conservadoras, dentro y fuera de sus territorios[18], sin poder entrar en el progreso que aparentemente desbordaba a Europa. Se tenía la esperanza firme de que, una vez triunfando las fuerzas progresistas liberales del ’67, México entraría en una etapa de desarrollo imparable. Garantizar la libertad política de la nación era una tarea impostergable. Y se pensaba que la Constitución del ’57, aunada a las leyes juaristas o de Reforma, garantizarían la estabilidad y la libertad políticas propias de una República federalista liberal como pretendía serlo México, según el modelo de los países más desarrollados, y que mediante la aplicación y el respeto de las leyes se alcanzaría la paz.

 El proyecto liberal de Juárez, (al que por cierto Barreda se sumó con entusiasmo participando, como afirma Luis González, como uno de los treinta miembros de la élite que Juárez había elegido para puestos y funciones importantes[19]); el proyecto liberal de Juárez, decíamos, encontró sin embargo muchos obstáculos y no logró conciliar la paz entre las distintas facciones que habían quedado como rastro de las luchas anteriores. Entre los muchos obstáculos podemos contar al indiferentismo político del pueblo llano, pobre e ignorante en su mayoría; las ambiciones políticas de los caudillos militares y las incesantes pretensiones de autonomía de los grupos étnicos y algunos estados cuyos gobernadores no simpatizaban con el régimen juarista.[20] Entre estos obstáculos, el del indiferentismo político parecía ser el más grave, pues al convocarse elecciones, solamente acudía a votar la minoría ilustrada y enterada de cuestiones políticas, mientras que la mayoría de la población no se presentaba a las urnas. Las elecciones carecían entonces constantemente de legitimidad y despertaban siempre la sospecha y el enojo, tanto de liberales como de conservadores. Así sucedió durante los gobiernos de Juárez y Lerdo. Esta situación se tradujo en constantes luchas y revueltas, entorpeciendo el urgente proceso de pacificación nacional.

 

 El proyecto liberal aparentemente fracasó es su intento de aplicar las libertades políticas establecidas en la Ley del ’57 y con ello, en lograr pacificar al país (o así lo pensaron los inconformes). Además, la realidad mexicana de pobreza e ignorancia de su pueblo, falta de infraestructura para echar a andar el progreso material, intereses políticos polarizados…, no parecía responder a los llamados liberales del proyecto juarista de nación. Parecía necesario un nuevo tipo de régimen político. Las circunstancias parecían demandar una nueva estrategia. Orden y progreso, antes que Libertad, y justamente como condición de posibilidad de ésta. Justo Sierra, por ejemplo, es uno de los positivistas “científicos” que demanda la la vuelta a la instauración de un gobierno liderado por un partido conservador. Lo conservador no le vendría de exigir de nuevo la preponderancia o injerencia de la Iglesia y la religión en los asuntos políticos, sino de su demanda de orden en lo político y lo jurídico. No podía llevarse a cabo el programa liberal, exceptuando de este programa la libertad política o democracia y dando preponderancia a la libertad económica y de conciencia, sin antes fortalecer el centro de la autoridad y poner orden al interior de las facciones políticas que sembraban la anarquía.

 

Los positivistas de la segunda etapa achacaron a la Constitución liberal del ’57 la inaplicación del programa liberal, que, dice Luis González, “…quería el federalismo, la separación y el equilibrio de los poderes, la participación popular en la vida pública mediante el voto, y la puesta en uso de los derechos civiles”.[21] Para Emilio O. Rabasa, el propósito esencial de la Constitución del ’57 “…había sido unir una nación dividida, y no obstante su enorme calidad técnica y humanista, produjo el efecto opuesto…”.[22] Ni los liberales jacobinos, inconformes con el régimen liberal juarista, ni los conservadores, estaban de acuerdo con los contenidos de la constitución. A los primeros les parecían insuficientes, a los segundos, demasiado radicales. Según explica el propio Emilio O. Rabasa, muchos culparon a la del ’57 de las sublevaciones y luchas intestinas que le sucedieron y que siguieron sucediendo aún después del triunfo liberal. Dos reconocidos positivistas, Justo Sierra y Emilio Rabasa, la atacan. Para Rabasa, el principal problema con la Ley es que deja inerme al poder ejecutivo, dejando demasiado poder en manos del poder Legislativo, tendiendo a una “anarquía congresional”.[23] Para Justo Sierra, tiende a “diferenciaciones” y a la “autonomía individual llevada al máximo”, dejando de lado la posibilidad de conservar los deberes sociales.[24]

 La importancia de esta discusión radica, a nuestro parecer, en que el corte liberal de la Constitución del ’57 y de las leyes de Reforma es lo que parece ser, para los “científicos”, el verdadero obstáculo del proyecto progresista que debía regir a México. El pueblo parecía no estar aún a la altura o, simplemente, no estar aún preparado para las libertades políticas estipuladas por aquella Ley, calificada entonces de “utopista”. El idealismo de aquella Ley, decían algunos, había sumergido de nuevo al país no sólo en el atraso material, sino en el desorden y la anarquía, que es su causa, según enseñaba también Comte. Leopoldo Zea nos remite a Francisco G. Cosmes, un positivista “científico” que se expresa en estos términos “…después de medio siglo de constante batallar por un ideal [se referiría al Ley del ‘57] que una vez realizado no ha dado sino resultados funestos para el país…”, y más adelante, el mismo G. Cosmes: “¡Menos derechos y menos libertades, a cambio de mayor orden y paz! […]. Es más, no está distante el día en que la Nación diga: Quiero orden y paz aún a costa de mi independencia”.[25] Esto nos hace preguntarnos: ¿No sería la crítica a la Constitución del ’57, tan propia de la segunda etapa del movimiento positivista, comandada por los “científicos”, sólo una justificación para la dictadura de Porfirio Díaz?

 El liberalismo político de la Ley del ’57 era rechazado pero, como sugiere Zea, no así el liberalismo económico que la misma Ley defendía. Muy probablemente Zea tenga razón cuando afirma que lo que los positivistas buscaban era la justificación de un enriquecimiento desmedido, avalado únicamente por el liberalismo económico y un individualismo que encontraron imposible de justificar en las ideas de Comte[26], que creía en el hombre sólo en tanto ser perteneciente a una sociedad, y no como individuo. Esa fue la razón por la optaron por el evolucionismo social de Spencer, quién justificaba no sólo el individualismo, sino la competencia individual como único camino para el progreso evolutivo. Pero, si seguimos la interpretación que da Leopoldo Zea del positivismo de la primera etapa, es decir, el de Barreda, entonces los primeros positivistas (Barreda y sus primeros discípulos), no eran diferentes a los “científicos”, en tanto que también buscaban justificar al poder. Zea aplica al pensamiento de Barreda la misma perspectiva que aplicó, como vimos, al pensamiento de Comte. Cree que Barreda está casi exactamente en la misma posición en la que se encontró Comte.

 

 La guerra de reforma, como la Revolución francesa, había terminado con la hegemonía del poder conservador, aristocrático y clerical en ambos casos. Las viejas clases habían visto mermados o perdido definitivamente sus antiguos privilegios. El nuevo poder, liberal en ambos casos, se vio en la necesidad de luchar, política, militar e ideológicamente contra las viejas fuerzas pero también contra las fuerzas liberales progresistas que eran críticas frente al nuevo poder. Las fuerzas liberales de reforma se enfrentaban a liberales y conservadores por igual. Barreda, como una vez Comte, adopta una doctrina con la que puede representar mejor los intereses de la clase en el poder, clase a la que Barreda pertenece, y que como explica el mismo Zea, Sierra llamaba “burguesía mexicana”. La importación del positivismo responde para Zea, no al azar, sino a un “plan de alta política nacional”.[27]

 


 En analogía con lo que para Zea sucedió en Francia con Comte, la nueva doctrina buscaba desmantelar el radicalismo de las tesis que habían llevado a esa nueva clase al poder, y buscaba justificar el nuevo orden. Si seguimos la interpretación que Zea hace de la filosofía de Comte y la llevamos hasta el pensamiento positivista de Barreda, entonces también Barreda detenta tesis reaccionarias y contrarevolucionarias, como lo hacía el propio Comte. Pero, ¿qué es una doctrina adecuada perfectamente para justificar al poder instaurado o que se busca instaurar sino una ideología? Podríamos decir, aunque Zea no lo diga, que Barreda fue un ideólogo del poder. Eso parece estar sugerido en la interpretación de Zea. Pero nosotros no estamos tan seguros de que sea así.

 Quizá las expectativas de los primeros positivistas, con sus ideas de orden y progreso, eran demasiado idealistas y tenían poco sustento en un análisis serio de la realidad mexicana. También quizá padecían el mismo defecto los ideales liberales. Y probablemente la razón de ello es que la perspectiva que aquellos hombres tenían estaba sustentada en una doctrina que se había gestado en tierras muy lejanas, cuyas realidades eran muy diferentes a la nuestra en aquella época.
 

 

 

 El liberalismo en política había ya demostrado, pensaban algunos, su incapacidad para llevar a cabo, paradójicamente, el programa social y económico liberal. Quizá fue resultado de percibir como grave y potencialmente peligrosa la situación política y social, lo que permitió que Porfirio Díaz se mantuviera en el poder y lo que hizo que muchos positivistas asintieran definitivamente con el régimen dictatorial. O quizá fueran intereses personales y de clase los que se ocuparon de legitimar y apoyar al régimen de Díaz. Lo que sí es claro, es que muchos de los argumentos que los positivistas llamados “científicos” esgrimían a favor del porfiriato y contra sus detractores, casi todos liberales, eran en aras de un desarrollo pacífico y progresivo en lo material, como condición previa de la libertad política. Otro argumento muy recurrido y claramente influido por la filosofía spenceriana, era que el pueblo mexicano no había alcanzado aún el estadio evolutivo apropiado para gobernarse democráticamente y que el régimen porfirista se encargaba precisamente de prepararlo para su ulterior etapa, la de la libertad política.

 Las diferencias que puedan hallarse entre los pensadores de las diferentes etapas por las que atraviesa el positivismo, se deben, creemos, a dos factores principalmente: El primero de ellos es el cambio en las situaciones político- sociales del país. De la esperanza liberal sustentada en el triunfo mexicano sobre las fuerzas neocolonialistas francesas, a la desesperanza sustentada en el supuesto fracaso del proyecto liberal, hay una abismal diferencia. El sentir producido por cada una de estas realidades marcó directamente los intereses y temática de los pensadores positivistas.

 El segundo factor es el cambio de horizonte filosófico, pasando del comtiano al spenceriano-darwinista. No podríamos decir sin más que el intenso deber y compromiso social que fundaba el positivismo de Comte fuera suplantado por un individualismo exacerbado, de tipo evolucionista, sustentado por Herbert Spencer. Por el contrario, el patriotismo que los positivistas mexicanos perecían hacer derivar de las tesis sociológicas de Comte, es constante también en la etapa positivista “científica”, aunque las metas de ese patriotismo, sobre todo en lo referente a la libertad política, fueron entendidas de diversa manera en cada grupo.

 Lo que sí parece ser un cambio de perspectiva más claro, una diferencia más obvia al interior del movimiento positivista mexicano, es la transposición desde la idea de progreso como manipulación política de las leyes que rigen el desarrollo histórico humano en aras del progreso, que planteaba Comte, a la idea de progreso como desarrollo natural, autoregulado, que no requiere, como en el primer caso, de la intervención política de los hombres, que postulaba Spencer como evolución. Desde luego y, como en toda época filosófica, hay excepciones por ambos lados, y no todos los positivistas “científicos” defienden un individualismo en lo político o económico. Hemos visto que Justo Sierra lo condena. De hecho, lo interesante del positivismo mexicano es la originalidad de la adaptación de las ideas, tanto de Comte como de Spencer, a la realidad mexicana. Y justamente en esa peculiar adaptación pueden hallarse algunas novedades. Justo Sierra, al combinar principios comtianos con spencerianos, es un claro ejemplo de ello.
 

Pero a pesar de las diferencias que puedan existir al interior del movimiento positivista mexicano, dicho movimiento quizá debería entenderse como un solo proyecto que fue evolucionando conforme lo hacían las circunstancias en torno a las que reflexionaba. De hecho, los positivistas “científicos” fueron, casi en su mayoría, educados por los primeros positivistas en la Escuela Nacional Preparatoria según el plan de estudios preparado por Barreda y, en buena medida, fueron sus continuadores. Incluso, algunos positivistas “científicos”, como Porfirio Parra, trazan un puente no sólo doctrinal entre los ideales políticos liberales y los conservadores del porfiriato, sino un puente histórico entre la Reforma y el Porfiriato.


  Creían que las semillas implantadas por la Reforma, aunque no pudieron eclosionar durante los gobiernos liberales, sí pudieron efectuarse durante la Pax porfiriana. En su texto Consecuencias de la Reforma, Parra se ocupa de establecer las relaciones de continuidad del proyecto liberal reformista y del conservador porfirista, siendo éste último la consecuencia necesaria del primero. Así, el porfiriato no sería ninguna regresión o vuelta al conservadurismo, sino la plena realización, y del único modo realmente viable en que podía llevarse a cabo, del programa liberal de nación[28].

 Por otro lado, Agustín Aragón, que cronológicamente podría ser considerado positivista “científico”, es uno de los pocos positivistas que, en plena época porfirista, sigue sustentando las tesis de Barreda, sin recibir casi ninguna influencia spenceriana, como sus contemporáneos. En La República de Panamá y la diplomacia contemporánea, Aragón advierte, frente a las amenazas yankees de dominio sobre América Latina, que debe preservarse el orden y salvarse las discordias. “En una palabra, conservando el orden dentro de nuestras propias casas, trabajando por el progreso e inspirándonos en el amor, es como hemos de evitar todo pretexto de intervención […]. No somos los discípulos de Auguste Comte de los que predicamos el pesimismo ni el optimismo […] Predicamos la actividad reflexiva y movida por el afecto, porque siempre conduce al mejoramiento humano individual y colectivo”.[29] 
 

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