POSITIVISMO Y EVOLUCIONISMO SOCIAL: ENTRE LA REFORMA JUARISTA Y EL PORFIRIATO
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La “Ley de los tres estados”. La emancipación mental.

 

 “Según esta doctrina fundamental [la Ley de los tres estados], todas nuestras especulaciones (…) están sujetas inevitablemente, sea en el individuo, sea en la especie, a pasar sucesivamente por tres estados teóricos (…), teológico, metafísico y positivo (…) indispensables en todos aspectos, el primer estado debe considerarse siempre (…) como provisional y preparatorio; el segundo (…), una modificación disolvente de aquel (…), un simple destino transitorio, a fin de conducir gradualmente al tercero (…), el único plenamente normal (…), el régimen definitivo de la razón humana.”[2]

  

 Podemos encontrar en esta cita varios aspectos importantes del pensamiento positivista comtiano. Lo primero es el carácter de necesidad que Comte otorga al desarrollo de las diferentes etapas del desarrollo del espíritu humano a través del tiempo. Las diferentes etapas se suceden “invariablemente” y cada una es tan necesaria como las anteriores, que son su condición de posibilidad. El último de los estados es el mejor de todos, es el resultado de un desarrollo progresivo hacia mejor, una idea sumamente ilustrada todavía.

 Es en el estado positivo que el hombre alcanza su madurez intelectual y se libera por fin de las cadenas oscurantistas de la teología y de las luchas incesantes y el perpetuo estado de anarquía propios del estado metafísico, un estado crítico o de transición. En el estado positivo domina finalmente el principio de observación sobre el antiguo principio de imaginación. Es mediante ese paulatino cambio de paradigma que se logra la emancipación mental. Cada etapa supera a la anterior y necesita de ella para poder desarrollarse, pero tan sólo necesita de ella como momento que ha de ser superado para no volver sobre él jamás, so pena de retroceso.

 La aparente incoherencia y contingencia de las etapas históricas de la humanidad, deben ser sometidas al escrutinio metódico de las ciencias positivas para hallar las leyes que en realidad lo rigen. La política, llevada a cabo como ciencia, es la encargada de encauzar mediante el conocimiento de dichas leyes y ordenamientos, a la civilización, cuidando que ésta no retroceda a fases ya superadas del pasado evolutivo.

 

 

“En todos los aspectos -dice Comte-, la evolución fundamental de la humanidad es naturalmente espontánea [quiere decir aquí que no se guía por providencia sobrenatural alguna, sino que se autoregula], y la apreciación exacta de su desenvolvimiento natural es lo único que puede aportarnos la base general de una sabia intervención (…), las modificaciones sistemáticas que podemos introducir en ella tienen (…) mucha importancia, para disminuir mucho las desviaciones parciales, los retrasos funestos y las grandes incoherencias (…) si quedase totalmente abandonada a si misma. La realización continúa de esta indispensable intervención constituye el dominio esencial de la política.”[3]

 

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