EL "HOMBRE NUEVO" DEL RENACIMIENTO: Y SEREMOS COMO LOS DIOSES...
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El valor que adquiere el hombre en la Oración sobre la Dignidad Humana de Pico della Mirándola, típicamente citado en toda reflexión sobre el humanismo renacentista, centra su atención en dos puntos, principalmente. La indeterminación ontológica del hombre (al que Pico no le niega sin embargo su condición de haber sido creado), y el papel de la actividad del hombre a través de su libre voluntad. El ser del hombre debe ser construido por el hombre mismo, y nunca por fuerzas exteriores, ajenas a él. La dignidad humana se levanta frente a la de cualquier otra criatura, incluso frente a las inteligencias celestiales. La ventaja del hombre consistiría precisamente en su orfandad ontológica, en su falta de fundamento. Al faltarle éste, toda determinación le es tan ajena como propia. Sin embargo, aquella que debe preocuparle y a la que debe dedicarse con noble empeño es a la determinación de su firmeza de juicio, inteligencia y amor vía la filosofía natural, la moral y la dialéctica.

 

 

 

 

 Desde esta amorosa perspectiva humanista, para Pico el hombre puede ser, literalmente, lo que él quiera ser. Animal o dios. El camino es la sabiduría, que media entre el amor a Dios y la firmeza del juicio. La propedéutica, por así decirlo, es, primero, la filosofía moral. Un hombre que no aprende a amar la virtud y la justicia estará perdido. Caridad, ocio contemplativo, amor a Dios, son los elementos que harán del aún incompleto hombre, un completo dios.

 

 

 

 

 El ser del hombre, que él y solo él puede y debe elegir libremente, proviene de su hacer. Si su hacer es equivocado, si el empeño de su existencia lo lleva más a emular a las bestias que a los dioses, él solamente será el culpable, pues solamente en él, en su actividad libre, radica la decisión y la consecución de sus fines propuestos. El despliegue de la actividad del hombre en esta tierra, despliega también las posibilidades de su ser. La configuración de su ser está en estrecha dependencia de su actividad, de su vida activa. También en Pico, la facultad suprema y distintiva del hombre es la de crear. Y crear, tanto en Dios como en los hombres, resulta ser el acto por excelencia, “el acto” propiamente dicho. El hombre es creado por Dios, pero el hombre es para sí su propio y libre re-creador, su propio y libre constructor. El ideal renacentista de la humanidad incluye el ideal de autonomía, una que no necesita más ni de la religión ni de sus regidores para permitirse comandar sobre sí. Su confianza en sí comienza a ser absoluta.

 

 

 

 

 Hay otro rasgo interesante en Pico, y que cunde además entre muchos otros pensadores renacentistas: el eclecticismo. Pico cree, para empezar, que la filosofía griega es de origen oriental. Aprueba también (y así lo deja ver el método que describe para llegar hasta Dios ya como dioses), el ingresar por todos los caminos y mediante todos los filósofo y las filosofías, conversar con los pensadores de todas las culturas para acceder a la sabiduría humana contenida en todos ellos.

 

 

 

 

 Quizá podríamos decir que este nuevo hombre renacentista, bien representado por Pico, no está ya convencido, como lo estaban las generaciones que le precedieron, que el dogma pueda producir conocimiento. El dogma único e inefable, que ostenta él sólo la verdad, filosófica, moral o religiosa, nos resta oportunidades de ser, a nosotros, que en nuestra indeterminación llevamos impresa nuestra grandeza. Dar valor a todos los caminos que la humanidad ha forjado en diferentes culturas, para la construcción de los que deseemos ser, eso es algo que, ciertamente, aleja a Pico del medioevo de manera determinante. Todos, por caminos diferentes, han dicho algo verdadero y valioso. El hombre, momento culminante de la creación, debe conocer y seguir los preceptos délficos. Ellos bastan para que merezca la felicidad. Y sabemos bien que los preceptos délficos no son precisamente los preceptos de la cristiandad, ni mucho menos los de la iglesia. Y aunque seguiremos siendo criaturas, podemos llegar a dios y beber de su néctar, y gozar de su inmortalidad. Criaturas divinas.

 

 

 

 

 El ámbito político también se ve sacudido por el pensamiento renacentista. La libertad, la acción creadora libre, la libre determinación, la confianza en sí, la revaloración del sujeto y sus facultades, todo ello pedía a gritos la liberación del Padre (6). En el ámbito de lo político la secularización de las relaciones de poder, del manejo de las instituciones y las discusiones y debates políticos tenía ya varias décadas de haberse producido. Las instituciones de los nuevos hombres se liberaban también del yugo institucional de los viejos amos, que representaban además la figura de la predestinación, de la pérdida de valor de la existencia terrenal y de una vida contemplativa como ejemplo de vida buena que ya no podía satisfacer las inquietudes y las necesidades de los tiempos. El problema de la libertad política se seculariza y discute ampliamente.

 

 

 

 

Últimas palabras….. 

 

 

 

 

 Pero a pesar de la grandeza del periodo renacentista, nosotros debemos pensar sobre las consecuencias que podría acarrear (y que de hecho ha acarreado) la consideración de la razón humana como omnipotente.

 

 

 

 

 Pues no podemos dejar de señalar que el movimiento renacentista se gesta en la Europa cristiana, y que la razón en la que los pensadores del quattrocento están pensando es la razón de occidente. A pesar de las exigencias “eclécticas” de un Pico della Mirándola, por ejemplo, para los europeos fue imposible enfrentarse a nuevas formas de racionalidad. El colonialismo, (tanto la de los siglos XV-XVI como el de los siglos XIX-XX), siempre encabezado por europeos (más tarde también por norteamericanos), ha mostrado que la razón europea no pudo concebir siquiera a esos hombres colonizados como hombres. ¿Cómo iba entonces a concebir que pudieran tener una forma de racionalidad, o siquiera razón? Los hombres que llegaron a las costas americanas, africanas y asiáticas, eran hombres del período renacentista (aunque quizá no todos eran propiamente pensadores renacentistas). Y esos hombres negaron a otros hombres su humanidad misma. Ejercieron sobre ellos un avasallamiento sobre su pensamiento, su religión, su libertad, su vida misma. Quizá debieron haber agragado a sus teorías una pequeña cláusula: los hombres pueden ser como dioses, pero sólo los hombres del occidente “civilizado”.

 

 

 

 

 Además, la omnipotencia de la razón humana, que alcanza su punto más álgido en la época de la modernidad filosófica al menos hasta Hegel (siglo XIX), negó como falso, y hasta lo persiguió políticamente, toda forma otra que saliera de los límite establecidos por la racionalidad occidental. Lo llamó despectivamente “lo irracional”. Otros pensadores tuvieron que venir después a revalidar eso “irracional”. Pero es otra historia….

 

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