INDIVIDUALISMO Y TRIBALISMO: DOS PERSPECTIVAS SOBRE EL INDIVIDUO Y LAS SOCIEDADES POSMODERNAS
Por: Ximena Franco Guzmán*

Octubre 2007

 

 

 

 

 

 

Introducción:

 

 

      El problema que me propongo analizar proviene de la lectura de dos textos: El tiempo de las tribus, de M. Maffesoli (2000), y La sociedad Individualizada, de Zygmunt Bauman (2001). Han contribuido también la lectura de textos de enfoque psicológico, centrados sobre todo en el aspecto narcisista de la personalidad que, sostienen la mayoría, conforma el tipo de personalidad del sujeto contemporáneo. He hallado en la lectura y análisis de estos textos, dos visiones diferentes, aunque no diametralmente opuestas. Por un lado, el sociólogo Maffesoli sostiene la tesis de que la tendencia actual de los sujetos es cada vez más desindividualizante y más comunitaria, aunque las nuevas formas que adquiere la comunidad no pueden ya explicarse según las viejas categorías político-filosóficas modernas; él las caracteriza las nuevas formas como tribalismo.

 

 

 

 

     Por el otro lado, Bauman, como otros, sostiene que los sujetos contemporáneos y las comunidades de las que forman parte, tienden a atomizarse, aislarse, individualizarse. Esa condición explica además por qué muchos de los rasgos de tal individuo emparejan predominantemente con las características del tipo de personalidad narcisista.

 

    

 

     En efecto, muchos de los pensadores que creen en la tendencia individualista de los sujetos en las comunidades contemporáneas, afirman también las tendencias narcisistas del hombre y sus sociedades. ¿Cómo pueden ofrecer apreciaciones tan diferentes autores que no sólo comparten el mismo tiempo (son contemporáneos), sino la misma perspectiva (ambos son sociólogos)? ¿Acaso pueden tendencias tan opuestas darse en el seno de las sociedades contemporáneas? Creemos que los contenidos de cada teoría tienen importantes implicaciones en la configuración de un nuevo sentido para la subjetividad contemporánea.

 

 

 

     Ya sea que rechacemos éstas perspectivas, ya sea que las retomemos, no podemos eludir la tarea de pesar al sujeto y las sociedades latinoamericanas, quepan éstas o no en el concepto de “posmodernas” (polémico y complejo de por sí). Y aún más importante: incluso más allá de usar las perspectivas aquí presentadas como herramientas de análisis y reflexión, es importante que nosotros, americanos, propongamos otras herramientas (filosóficas, sociológicas, pedagógicas….etc.) para pensarnos y pensar nuestra realidad.

 

 

 

 

 

 

 

Individualismo y narcisismo[1]: una perspectiva psicológica:

 

 

 

     Según Christopher Lasch (1999), el narcisismo no debe ser considerado básicamente egoísta y socavadora del amor fraterno y la cooperación. El narcisismo sería más bien, y entendiéndolo según lo hizo el propio Freud, “[…] una defensa contra los impulsos agresivos antes que como amor a uno mismo.” (Ibid., p. 54) Sería entonces un error tender un puente muy simplista entre narcisismo, y egoísmo y vanidad. El narcisismo no es mero ensimismamiento sino, en principio, “[…] la inversión libidinal del Yo, como una condición necesaria del amor objetal […]” (Ibid., p.58). En la personalidad narcisista, que Lasch también identifica con la del individuo contemporáneo, podemos encontrar los siguientes elementos:

 

 


 

 

     Pérdida de un sentido de continuidad histórica y de pertenencia a proyectos a largo plazo. Ello implica el alejamiento de la política y rechazo o indiferencia por el pasado reciente. La sociedad contemporánea, podríamos decir, carece de una visión y preocupaciones reales por el futuro no meramente inmediato y concerniente a las propias necesidades. Como consecuencia de la devaluada o nula imagen del futuro, la pasión dominante es vivir el momento, vivir para uno mismo y no para nuestros predecesores o para la posteridad. La supervivencia individual se considera un bien de mucho valor. Fuerte tendencia a la introspección y el conocimiento de uno mismo que, sin embargo, no logra realizarse de manera adecuada. Preocupación por la “salud mental”. Escrutinio ansioso de uno mismo. Cualidad ensimismada y fantasías de grandeza. Pero pese a sus ilusiones de omnipotencia, el narcisista depende, para su autovalía, de la aceptación y admiración que otros le prodiguen. Un enorme vacío, una avidez insaciable de experiencias emocionales fuertes para sentir un saciamiento (efímero) del vacío que perciben en su interior. Las relaciones interpersonales forman parte de este conjunto de experiencias emocionales; se vuelven pasajeras, superficiales, falsas, mezclada con temor a la dependencia. Viven la sexualidad de manera promiscua y a menudo son pansexuales. Su personalidad consiste sobre todo en defensas contra la ira. Predominan elementos arcaicos, primitivos, (escasa capacidad de sublimación) y se someten al orden social más por temor al castigo que por conciencia de la necesidad de los códigos morales o sentimientos de culpa por dañar a otros.

 

 

 

     Lasch admite además que ciertos factores sociales influyen en la conformación de tal personalidad. Sociedad e individuo se correlacionan dando lugar a un nuevo tipo de sujeto. Estos pueden ser, según recava Lasch de otros autores: “ […] la estimulación de los anhelos infantiles por la publicidad, la usurpación de la autoridad paternal por los medios de comunicación y la escuela, y la racionalización de la vida interior acompañada de la falsa promesa de realización personal”. (Ibid., p. 66) En la sociedad contemporánea el impulso del individuo es “[…] estimulado, pervertido y privado tanto de un objeto adecuado con que satisfacerse como de formas  coherentes de control. El escenario es el de la alineación antes que de control”. (Ibid.)

 

 

 

     A su vez, algunas de las características de esta personalidad se ven reflejadas en ciertos fenómenos de la sociedad posmoderna, como el miedo a la vejez y la muerte, con un poder tal que la sociedad misma idea sin cesar formas de retrasar la muerte e impedir o simular la vejez, métodos que no sólo atañen al aspecto fisiológico del individuo, sino también al mental y sicológico. Hay también, según nuestro autor, una cierta percepción alterada del tiempo, fascinación por los famosos y la fama, temor a la competencia, mengua del espíritu lúdico; relaciones deterioradas entre hombres y mujeres.

 

 

 

     La perspectiva ofrecida por Lasch nos remite a una visión del sujeto actual (posmoderno) como tendiente cada vez con más claridad a atomizarse, a aislarse del vínculo real afectivo y dependiente de sus semejantes. Las sociedades modernas no crean las condiciones necesarias para que sea posible revertir este proceso; todo lo contrario, únicamente perpetúan aquellas en las que el narcisista puede desenvolverse. Podríamos decir que la correlación sociedad- individuo actúa en conjunto para configurar una forma de socialidad que no sólo permite, sino que exige del sujeto su individualización y aislamiento. Ambas condiciones dejan a su paso, sin embargo, una estela de ansiedad e insatisfacción generalizadas, y una escalada de indiferentismo hacia los demás y hacia el futuro.

 

 

 

     También podríamos hablar entonces de indiferentismo político, social y comunitario. Los átomos narcisistas que las condiciones sociales han ayudado a proliferar y crear, no hallan formas de agregación en que puedan darse nuevas formas de socialidad. En autores como Lasch, que afirman una tendencia individualista-narcisista de los sujetos y las comunidades, se plantea a la personalidad narcisista como la dominante en nuestra época, hallando a la vez un énfasis en el predominio cada vez mayor de las estructuras arcaicas y primitivas de la psique (pérdida de complejidad), todo ello aunado a una intrincada correlación con fenómenos socioculturales contemporáneos. Se gestan nuevas formas agregativas que no consolidan el establecimiento de modos de convivencia pacífica y regulada. Operan en función de la violencia reprimida de sus miembros, represión llevada a cabo por la culturización. Lasch pone énfasis en los caracteres individualistas que, trabajando conjuntamente con las condiciones sociales posmodernas, llevan a una creciente atomización de los sujetos en las sociedades. El narcisismo que predomina en las formas de socialidad contemporáneas es el que desvincula a los individuos de otros.

 


 

 

 

 

     El narcisismo atribuido al proceso individualizante de las sociedades y formas modernas de socialidad conllevaría una tendencia atomista de los sujetos; de desvinculación e irrealidad en las relaciones. “El narcisismo es, siendo realistas, la mejor forma de lidiar con las tensiones y ansiedades de la vida moderna. Las actuales condiciones sociales tienden a hacer aflorar rasgos narcisistas que están presentes en mayor o menor grado en cada uno de nosotros”. (Ibid., p. 74) Podemos decir entonces que las sociedades modernas y sus diversas formas de sociabilidad coadyuvan a sacar de nosotros nuestras tendencias narcisistas.

 

 

 

          Podríamos sin embargo ofrecer aquí la perspectiva de otro estudioso de la psicología que, contrariamente a que opina Lasch, piensa que el narcisismo es justamente el factor que posibilitaría el vínculo entre los individuos. Para Igor A. Caruso, que explícitamente concuerda con Freud: “ […] el estadio más profundo, originario, del amor, es el  ´amor narcisista’”. (Caruso, 2000, p. 9). Este autor explica que el narcisismo es una etapa del desarrollo normal del humano que, sin embargo, puede volverse patológico. El narcisismo primario sería aquel estadio que, evolucionando normalmente, juega un papel de suma importancia en la capacidad socializadora del individuo sano. El narcisismo secundario sería una deformación del primario, marcando a  la personalidad así caracterizada, entre otras cosas, por el egoísmo, el aislamiento y la absoluta incapacidad de vincularse.

 

 

 

     El narcisismo primario, el que propiamente constituye la fuente de todo amor (y con ello, podríamos agregar, quizá también de otras formas de socialización), se presenta como una relación diádica entre el niño recién nacido, dependiente de otros para la satisfacción de sus necesidades, y la madre, de quien el niño no logra aún distinguirse y quien satisface todos sus requerimiento básicos y amorosos. El niño no experimenta amor, sólo es él el objeto del amor. No posee aún un “yo”. Este se va formando durante el proceso de separación del infante y su entorno. El niño se supera en la madre. Hay una transferencia de deseos y sentimientos del uno al otro. “Esta participación, ser parte, es una de las raíces de las ulteriores ‘relaciones de objeto’, que sólo son posibles mediante proyecciones e introyecciones”. (Ibid., p. 14)

 

 

 

     Caruso explica que el amor a sí mismo del narcisismo bien evolucionado debe transformarse en amor al prójimo, dirigiéndose en primer lugar hacia la madre. “El estadío narcisista normal no es la soledad de uno, sino la comunidad de dos […]”. (Ibid. p. 15). Pero el narcisismo patológico o secundario desemboca en un aislamiento. Éste se caracteriza porque “[…] la libido se aparta de los objetos del mundo exterior, normalmente los primeros en ser explorados, y se dirige aun yo no totalmente formado”. (Ibid., p. 40) El narcisismo secundario se tornó en un estado autista, y contrariamente a lo que sucede en el narcisismo primario, hay un miedo insuperable al contacto. Así entonces, el narcisismo primario es indispensable para desarrollar las formas básicas de la sociabilidad en los individuos sanos, mientras que el narcisismo secundario o patológico, según hemos alcanzado a entender, crea el estado autístico en que la imposibilidad de establecer relaciones y vínculos es casi absoluta. No deben ser confundidos ambos estados.

 

 


 

 

 

     Lo   que aquí nos interesa resaltar no son las diferencias que pueden existir dentro de la literatura psicoanalítica en torno a la valoración y caracterización del narcisismo, como el hecho de que el narcisismo no necesariamente debe remitir a un estado propulsor del aislamiento y coadyuvante de la individualización de los sujetos. Nos interesa también señalar el hecho de que, para Caruso, el aspecto diádico del primer narcisismo es una etapa primitiva en el desarrollo de la psique; pero él mismo explica que  toda etapa previa en el desarrollo del individuo deja rastros en nosotros en los estadíos posteriores. Y aquí entramos justamente en el aspecto que buscamos resaltar del texto de Caruso: el yo-nosotros (Cf. Ibid., p. 78). Este estado propio del primitivo estado narcisista, que se da entre el niño recién nacido y la madre (estado diádico), es un estado del que queda en nosotros necesariamente algún rastro. Frente a la constitución del Yo, el yo-nosotros sería una regresión. “El yo-nosotros, filogenética y socialmente más antiguo, es dominado y reprimido por nuestra cultura con su estructura de poder”. (Ibid., p. 79).

 

 

 

     En efecto, en nuestra cultura, según aprecia Caruso, domina la estructura del Yo, misma que permite la separación del sí mismo de otros objetos (incluidas las personas) fuera de él. Y lo que nos parece más importante, Caruso asocia la aparición de ciertos fenómenos contemporáneos como “[…] las tendencias autoritarias globales, la inclinación a la mística y la orgiástica […]” (Ibid.), con otro fenómeno: la regresión desde el Yo hacia el yo-nosotros.

 

 

 

Supongo que la lucha violenta de la organización extremadamente centrada en el yo contra la organización del nosotros está perdida de antemano; sólo queda esperar que la organización centrada en el nosotros se vaya desprendiendo del arcaico ello y acabe por formar una síntesis con la función del yo, crítica y comprometida. (Caruso, 2000, p. 80;)

 

 

 

     Esa “organización extremadamente centrada en el yo”, suponemos, es aquella organización en que se han dado las condiciones sociales del aislamiento e individualización de los sujetos. Éstas los han desvinculado y convertido en individuos narcisistas del tipo secundario del que habla Caruso (autistas). También Caruso observa en las sociedades contemporáneas y sus individuos una clara tendencia segregativa: “La soledad –característica también de las ‘enfermedades mentales’ narcisistas- de ninguna manera ataca sólo a los ancianos, sino que es aún más virulenta con la joven generación y sus ‘dificultades de contacto’”. (Ibid., p. 93).

 

 

 

     El peligro del retroceso en la estructura psíquica que va del yo al yo-nosotros en Caruso, introduce, sin embargo, la posibilidad de una nueva forma de comunión entre los individuos y las sociedades de las que forma parte. Algunas condiciones sociales coadyuvan también a la nueva configuración del yo-nosotros, sobre todo la “ […] ‘planetización’ de nuestro mundo […] El hecho de que un indochino o un zulú sea hoy nuestro ‘vecino’ y que su destino nos afecte rápida y casi directamente puede (no tiene que) favorecer la síntesis progresista del ‘yo-nosotros’ ”. (Ibid., p. 81)

 

 

 

     Podemos observar ciertas semejanzas entre los planteamientos de Lasch y de Caruso. Ambos, desde la perspectiva de la psicología, concuerdan que en la modernidad tardía (ellos no la llaman así) existe una tendencia a la regresión en las funciones y las estructuras. Esta vuelta a lo primitivo no se da de manera consciente. Esta conjuración de los estadios primitivos se identifica con la aparición del narcisismo. Pero, mientras que en Lasch el narcisismo opera fundamentalmente aislando y desvinculando a los individuos, en Caruso opera de modo contrario: el narcisismo es el origen del amor y el vínculo (a menos que se trate del narcisismo patológico o secundario, el de tipo autista). Hay otra diferencia interesante: En uno, el regreso aparece como algo indeseable pero, paradójicamente, necesario (Lasch). En otro, el regreso puede ser una alternativa contra el narcisismo patológico que ha dominado las estructuras societales modernas occidentales (Caruso).

 


 

 

 

 

     Ya podemos atisbar que el narcisismo puede ser interpretado como actuando a favor o en contra de las tendencias agregativas o segregativas. También la idea de que en la posmodernidad opera una regresión a las estructuras primitivas de la psique, puede ser interpretada en ambos sentidos: como un signo negativo o como un signo positivo para la socialidad. Lo que se mantiene, sin embargo, es un rechazo del individualismo y la individualización como un estado de cosas deseable y benéfico. Posteriormente veremos que, desde la perspectiva contraria, es decir, desde aquella que ve en las sociedades modernas y los sujetos que las conforman una clara y creciente tendencia de agregación, y no de individualización o segregación, aparecen de nuevo muchas de las ideas.  

 

 

 

 

 

Z. Bauman: La tendencia individualista del sujeto posmoderno

 

 

 

          Para Zygmunt Bauman la tendencia de las sociedades contemporáneas es también de individualización y atomización. A partir de la lectura de algunos artículos contenidos en su texto La sociedad individualizada, inferimos que el discurso eminentemente mercantilista-liberal que intenta apropiarse de la configuración de sentido de la modernidad contemporánea ha llevado a la lógica del aislamiento, a una tendencia cada vez más particularista en los individuos. Éstos finalmente se muestran indiferentes frente al sufrimiento y las necesidades de sus semejantes. Podríamos decir que incluso la idea misma de “semejante” o “prójimo” se ha vaciado del sentido moral del que antes estuvo revestida.

 

 

 

     Pero al perderse el vínculo primordial con los otros, al volverse superficial y tornarse una forma hueca de relación simplemente necesaria y redituable, carente de empatía, se pierde también el sentido de la comunidad verdadera. Lo que queda son las falsas comunidades, impotentes para configurar un sentido de identidad estable.  No se logra forjar lazos verdaderamente vinculantes que proporcionen a los individuos ese sentimiento tan indispensable de pertenencia, que no de disolución e indistinción, que lograban proporcionar las verdaderas comunidades.

 

 

 

     En su artículo “La identidad en un mundo globalizador” (Bauman, 2001), Bauman analiza la relación entre la búsqueda de identidad que caracteriza a los sujetos de la modernidad contemporánea y la pérdida de la comunidad[2]. Pero la pérdida del sentido de la comunidad conlleva asimismo la pérdida de criterios universales de valor. Por ejemplo, la ética se individualiza en la misma proporción que lo hace el sujeto. Y, según entendemos, una ética individualista deja de operar precisamente allí donde se buscaba su efectividad: en la conformación de comunidades o modos de convivencia.

 

 

 

[…] el dilema que atormenta a hombres y mujeres en el cambio de siglo no es tanto cómo conseguir las identidades de su elección y cómo hacer que las reconozcan los que están alrededor, cuanto qué identidad elegir y cómo mantenerse alerta y vigilante para que sea posible hacer otra elección si la identidad anteriormente elegida es retirada del mercado o despojada de su capacidad de seducción. La preocupación principal […], no es cómo encontrar un lugar dentro del sólido marco de una clase o categoría social […], lo que causa  preocupación es la sospecha  de que ese marco, arduamente conquistado, pronto se romperá o se fundirá. (Bauman, 2000, p. 169)

 

 


 

 

      Y es que parece que otra de las peculiaridades de los individuos contemporáneos es, según lo piensan también autores como Lasch, la pérdida del sentido de una pertenencia histórica, una carencia de capacidad de proyección al futuro. Las propias acciones se ven desconectadas de efectos futuros significativos y la sensación de absurdo de toda empresa cuya proyección se extienda más allá del presente, infecta el ámbito de la misma identidad. Sin un anclaje al pasado y sin una esperanza en el futuro, o siquiera alguna consideración de relevancia por él, el sujeto contemporáneo pierde todo asidero con algo así como su identidad. Esta, lo mismo que el tiempo en el que transcurre su existencia, es cambiante, superfluo y maleable. La falta de sensación de continuidad afecta a la de mismidad. Se vive el presente pero, al parecer, no se tiene a él asidero. Como si la vida transcurriera sin hacer historia. Buscar una identidad se convierte en una empresa desesperada, dispuesta a adoptar cualquier molde prefabricado y hacerlo lo más rápidamente posible, sin importar cuán fatua, banal o incluso represiva sea dicha identidad.

 

 

 

     Las condiciones sociales que parecen predisponer a los individuos a individualizarse, son la globalización de las comunicaciones y de los modos de proceder, pensar y sentir, impulsadas por la mediatización de la cultura. Entre mejor y más ampliamente comunicado está el hombre, más aislado puede llegar a sentirse. El papel que tiene la seductora publicidad es  uno de los ejemplos más claro de ello. Ésta, a partir de las pulidas técnicas de la mercadotecnia, que han llegado a prender bien las de la psicología, ofrece al individuo contemporáneo un producto, probablemente innecesario, e incluso y, paradójicamente, le ofrece una mano amiga contra sus problemas de represión. La publicidad enajena al comprador y, estimulándolo al consumo acrítico, le promete su liberación.

 

 

 

      Para Bauman, las identidades que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo buscan desesperadamente construir en compañía de otros, se funda en la paulatina pérdida de las comunidades. Las falsas identidades creadas a partir de apariencias, gustos, afinidades, son una respuesta frente al fin de la comunidad, y un mal sustituto de las mismas. Esas identidades creadas al interior de falsas comunidades, de vínculos efímeros y superficiales, no suscitan la comunión de los miembros: paradójicamente significan el trazado de fronteras que separan marcada y radicalmente a los miembros de diferentes identidades.

 

 

 

     La búsqueda de la identidad divide y separa; sin embargo, la precariedad de la construcción solitaria de la identidad impulsa a los constructores a buscar perchas en las que colgar juntos los temores y ansiedades que experimentan individualmente y a realizar los ritos de exorcismo en compañía de otros individuos igualmente atemorizados y ansiosos. (Bauman, 2001, p. 174)

 

 

 

        Pero aún hay más sobre Bauman. En su artículo “Órdenes locales, caos mundial” (2000), el autor identifica la cultura con la estrategia de  la diferenciación, la distinción y la separación. “La cultura es la actividad de establecer distinciones […]” (Ibid., p. 45). La clasificación y separación de los elementos del mundo en categorías, clases, jerarquías…etc., que la sociedad civilizada lleva a cabo, asegura un orden en el que es posible predecir lo que sobrevendrá. Las diferentes categorías y clasificaciones de comportamiento de las personas, por ejemplo, o incluso los tipos de personas, permitirían saber cuáles serán sus reacciones ante determinados actos. La previsibilidad es uno de los factores que proveen de seguridad al mundo civilizado.

 

 

 

     La crisis sobreviene en una cultura cuando las distinciones se borran y aparece el fenómeno de la ambigüedad. Pero eso es justamente lo que sucede en las actuales sociedades contemporáneas, según observa Bauman. La ambigüedad entre, podríamos decir, lo correcto y lo incorrecto; lo verdadero y lo falso, incluso la ambigüedad y relatividad del tiempo y la distancia, caracterizan aquella “planetización” de la que habló Caruso. En nuestra era globalizada se desdibujan las fronteras, se relativiza cada elemento que antes guardaba una posición y un orden dentro del sistema de las tradiciones y las costumbres y lo que se genera, finalmente, es el caos.  “[…] el mundo como un lugar de inestabilidad, cambio desprovisto de una dirección coherente, espontaneidad y perpetua experimentación, con unos resultados inciertos y esencialmente imprevisibles […][es], lo más contrario a la imagen del orden”. (Ibid., p. 46)

 


 

 

 

 

     Ese mundo globalizado que inestabiliza también al individuo que interactúa en él y ayuda a configurarlo, presenta una nueva estructura de poder que, a diferencia de las estructuras de poder del pasado, no está ya basada en los referentes fijos, constantes e inamovibles ni de las fuerzas, ni de los sujetos, ni de las normas y las leyes. El paradigma de la estabilidad, podríamos pensar, ha sido sustituido por el de la dinamicidad[3]. Pero el dinamismo de los centros de poder (que propiamente han dejado de ser “centros”), su movilidad, evasión, ligereza son, sin embargo, una nueva forma de dominación. Se domina a través de la inseguridad, de la falta de resultados concretos, de la ambigüedad y la falta de regulación.

 

 

 

    Todas estas condiciones en el ámbito social mantienen una estrecha correlación con el desarrollo de los individuos. Pero el factor que finalmente determinaría esa amplia red de interrelaciones es la tendencia de individualización actual. “ […] ahora, como antes, la individualización es un sino, no una elección: en la tierra de la libertad individual de elección la opción de escapar a la individualización y negarse a participar en el juego individualizador, no está en el programa […]”. (Ibid., p. 59) La individualización es casi una condición obligada para los habitantes de las sociedades modernas. Se encuentran aquí la perspectiva de Lasch y Bauman.

 

    

 

     Así como las fuerzas que impulsan el movimiento globalizante, las que impulsan el individualizante son ya incontenibles, arrastrando consigo al individuo que tiene cada vez menos armas disponibles para hacer frente a las estructuras de dominación. Ha creado una lógica que él mismo no puede ya detener. Así, aislado, el sujeto individualizado (atomizado, segregado) no consigue en sus relaciones con los demás sino una compañía borrosa, abstracta, que hace resaltar frente a sus ojos la propia soledad. Una de las consecuencias más inquietantes de la modernidad tardía observada por Bauman es el hecho de que a mayor individualización, menor capacidad de participación política real y efectiva, y menores las posibilidades de que los hombres y las mujeres programen luchas o revoluciones a favor de mejores condiciones de vida. El individuo aislado redunda directamente en la pérdida de la efectividad real de las acciones políticas[4].

 

 

 

      Bauman converge en muchos puntos con Lasch. Muchas de las características del narcisista son también las del sujeto individualizado de las sociedades posmodernas. Es interesante resaltar que el indiferentismo y la impotencia políticas es uno de los más acuciados rasgos que, desde la perspectiva de estos autores, pueden adscribirse a los individuos contemporáneos. También lo es la pérdida de la identidad y la fabricación de identidades falsas y espontáneas, efímeras y superficiales, que no hacen sino perpetuar el estado de ansiedad y angustia de las personas. Además, uno de los principales efectos de la individualización resulta ser, justamente, la pérdida de los elementos básicos de la comunidad y las relaciones verdaderamente vinculantes. Al perderse dichas formas y vínculos, se pierden también los códigos morales que las sostenían. La falta de referentes fijos y estables genera una ordenación localista que ha hecho emerger un nuevo tipo de ordenamiento caótico: la paradoja del ordenamiento caótico de la globalización; una ordenación si regulación.

 


 

 

 

 

      En consonancia con los estudios sobre la personalidad narcisista, podríamos aventurarnos a establecer algunas analogías. Si consideramos, con Caruso, que la civilización occidental se ha fundado en el Yo, y éste ha sostenido la creación de determinadas estructuras de poder que desencadenaron el extremo dominio del Yo sobre el nosotros, y consideramos además que el Yo se forma paulatinamente  mediante la conciencia de la separación del sí mismo de los objetos a los que tiende libidinalmente, podemos entender por qué para Bauman la diferenciación, segregación, clasificación, es también la estrategia que la cultura se ha impuesto para establecer el orden.

 

 

 

     Autores como Lasch, pero también como Bauman, observan en la tardomodernidad una tendencia hacia una individualización que desmonta las formas típicas de socialidad y las sustituye por otras falsas, efímeras y superficiales. Lo efímero parece un elemento desvalorizado en las perspectivas de estos autores. Sólo aquellas formas que perduran, que son estables, son capaces no sólo de conformar comunidades verdaderas, sino individuos verdaderamente vinculados, socio-política y hasta espacio-temporalmente. Es interesante resaltar falsedad y banalidad que Barman adscribe a las “comunidades percha”. Tales formas nuevas de “pseudsocialidad”, diríamos, no poseen las características de las viejas formas que, parece querernos decir Barman, sin ser necesariamente mejores al menos no eran tan catastróficas[5].

 

 

 

     Las propuestas que hemos estado analizando difieren en muchos y muy importantes puntos. El más importante es justamente su visión general de la tendencia en la sociedad posmoderna. Para unos, la tendencia es la individualización, para otros, dentro de los que se encuentra Maffesoli, la tendencia no es segregativa, sino, por el contrario, agregativa. En particular, Maffesoli piensa que interpretar a la sociedad posmoderna y a los sujetos que en ella se correlacionan bajo las tendencias del individualismo-narcisismo (como lo hacen Lasch y Barman, v.gr.), no es sino una apreciación miope y superficial, propia de aquellos que han perdido todo contacto real con las sociedades reales, y que siguen estudiando sociedades ideales imaginadas por ellos en sus gabinetes universitarios. Examinemos ahora la segunda perspectiva, la del tribalismo, e intentemos finalmente sacar nuestras conclusiones y plantearnos algunas preguntas.

 

 

 

 

 

M. Maffesoli: la tendencia tribalista del sujeto posmoderno

 

 

 

     El tribalismo de Maffesoli es una visión opuesta de las circunstancias en que se moldean las nuevas sociedades y piensa, además, que esos nuevos moldes determinarán en el futuro la nueva sociabilidad humana. No ve en ello un peligro, aunque sí ve en ello un retroceso, una vuelta a las formas primitivas, acercándose aquí de manera inquietante a las observaciones hechas por Caruso y Lasch.

 

 

 

          Maffesoli es también un crítico de la tardomodernidad o posmodernidad. Para él, la idea fundamental sobre la que se estructuraron las sociedades modernas fue la idea del progreso. Pero esta idea degeneró en violencia totalitaria, develando como mito lo que se creía era verdad absoluta. El tribalismo es para Maffesoli una paradoja, lo suficientemente efectiva para explicar la correlación que entre los individuos y las nuevas formas de socialidad contemporánea. Si el tribalismo funciona como una paradoja, es justamente porque sólo esta figura (lo paradójico) es apta y adecuada para explicar la dinámica de la posmodernidad, de sus individuos y sus sociedades. A una realidad paradójica, correspondería un método que no elimine de su estrategia de comprensión y explicación lo paradójico, lo ambiguo, lo efímero. Podemos notar que todos estos elementos fueron valorados negativamente por autores como Bauman y Lasch; sin embargo, en esta nueva perspectiva, dichos elementos no son sino los indispensables para analizar la posmodernidad.

 

 

 

[…] ya no se trata de definir algo negro o blanco, sino de entender el vaivén en el seno de la vida social, entender el claroscuro de la dinámica social, es precisamente aquí, donde encontramos la referencia a la ambivalencia, la ambigüedad. Es esto lo que se encuentra en la paradoja intrínseca de la vida social en donde uno no se puede dividir de manera tajante, dicotómica, donde siempre existe una ida y vuelta entre un polo y otro, entre una circunstancia y otra venidera. (Maffesoli, 2000, p. 12)

 


 

 

 

 

        Esta paradoja ha mostrado que las grandes instituciones y las formas que configuraban a las comunidades, no prevalecen más en la dinámica social. El predominio actual lo muestra un ordenamiento en que la aparición de microgrupos es la encargada de la nueva configuración social. “Se trata de microgrupos emergiendo en todos los campos (sexuales, religiosos, deportivos, musicales, sectarios): Regresamos así, a algo anterior al llamado mito del progreso […]”. (Maffesoli, 2000, p. 10). La dinámica social se daría más al interior de esos microgrupos que al interior de las viejas formas de organización social basadas en la estabilidad de las instituciones, lo universal de los códigos morales y la regularización estricta de los múltiples modos de intercambio dentro de la red social. Al contrario de lo que autores como Bauman o Lasch creerían, al interior de esos microgrupos se darían fenómenos tan importantes como los del sentimiento de pertenencia. Pero en Maffesoli ese sentimiento no parece ser caracterizado como superficial o propulsado por una desesperada búsqueda de identidad, sino que sería tan legítimo y efectivo como pudo haberlo sido en el pasado, al interior de los sistemas tradicionales estables.

 

 

 

      Frente a la lógica racionalista que predominó en la constitución de los individuos y sus sociedades durante la época moderna, Maffesoli devela otra, de contracorriente, que no sería sino la reacción más natural frente al exacerbado proceso civilizatorio. En las sociedades occidentales éste terminó por “aceptizar” las relaciones humanas y ordenar el mundo bajo formas abstractas, universales, necesarias. Esa lógica de contracorriente, de reacción, es la del pensamiento popular, la del sano sentido común, tan vituperado por las doctrinas ilustradas y positivas de siglos anteriores.

 

 

 

     Por un lado estaría el pensamiento “lógico-dialéctico” y, por otro, el pensamiento popular que, a diferencia del primero, no opera separando tajantemente los elementos del mundo; pues en la cotidianidad, el reino del pensamiento popular las cosas no aparecen ciertamente seccionadas para caber en las frías y racionalistas clasificaciones del pensar abstracto. Lo que para Bauman es la condición de la cultura y el orden, i.e., la separación, la distinción, la diferenciación, para Maffesoli sería el origen de una lógica de dominación, que violentando la realidad, impone un determinado y arbitrario orden, que termina por dar fin a la vitalidad de la realidad. En efecto, la realidad, cuando no ha sido diseccionada fríamente, lo que presenta como su lógica es una vitalidad que derrama los moldes impuestos por el pensar humano.

 

 

 

     La realidad suele presentarse más ambigua que concreta; más ambivalente que unidimensional. Precisamente por eso, es que el método que busca analizarla, sin falsearla, debe tomar en cuenta esos elementos y los inevitables límites que tales elementos ponen al intelecto humano. En las sociedades europeas contemporáneas, luego de un largo proceso de racionalización de la realidad y consecuente constitución de los individuos y sus sociedades, se ha llegado al punto del hastío y el aburrimiento. Muchos de los fenómenos observados por autores como Lasch y Bauman, se deben precisamente a que esos individuos racionalizados hasta la exageración, buscan nuevas formas de insuflar vida a lo que ha perdido ya su natural dinamicidad. El gusto por los deportes extremos, la búsqueda de aventuras en la naturaleza y de contacto con la misma, el gusto por los reality shows, denuncian en los sujetos un fastidio por lo perfectamente clasificado, ordenado, regulado. Un fastidio, podríamos decir,  por el dominio increíblemente pesado de la cultura, que llega a sentirse más como fardo que como solución.

 

 

 

     Esta búsqueda de vitalidad es también una tendencia regresiva. Pero lo que pensadores como Bauman o Lasch ven con desasosiego, Maffesoli lo ve con entusiasmo. Pues sólo una vuelta a las formas primiti