INDIVIDUALISMO Y TRIBALISMO: DOS PERSPECTIVAS SOBRE EL INDIVIDUO Y LAS SOCIEDADES POSMODERNAS
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      Y es que parece que otra de las peculiaridades de los individuos contemporáneos es, según lo piensan también autores como Lasch, la pérdida del sentido de una pertenencia histórica, una carencia de capacidad de proyección al futuro. Las propias acciones se ven desconectadas de efectos futuros significativos y la sensación de absurdo de toda empresa cuya proyección se extienda más allá del presente, infecta el ámbito de la misma identidad. Sin un anclaje al pasado y sin una esperanza en el futuro, o siquiera alguna consideración de relevancia por él, el sujeto contemporáneo pierde todo asidero con algo así como su identidad. Esta, lo mismo que el tiempo en el que transcurre su existencia, es cambiante, superfluo y maleable. La falta de sensación de continuidad afecta a la de mismidad. Se vive el presente pero, al parecer, no se tiene a él asidero. Como si la vida transcurriera sin hacer historia. Buscar una identidad se convierte en una empresa desesperada, dispuesta a adoptar cualquier molde prefabricado y hacerlo lo más rápidamente posible, sin importar cuán fatua, banal o incluso represiva sea dicha identidad.

 

 

 

     Las condiciones sociales que parecen predisponer a los individuos a individualizarse, son la globalización de las comunicaciones y de los modos de proceder, pensar y sentir, impulsadas por la mediatización de la cultura. Entre mejor y más ampliamente comunicado está el hombre, más aislado puede llegar a sentirse. El papel que tiene la seductora publicidad es  uno de los ejemplos más claro de ello. Ésta, a partir de las pulidas técnicas de la mercadotecnia, que han llegado a prender bien las de la psicología, ofrece al individuo contemporáneo un producto, probablemente innecesario, e incluso y, paradójicamente, le ofrece una mano amiga contra sus problemas de represión. La publicidad enajena al comprador y, estimulándolo al consumo acrítico, le promete su liberación.

 

 

 

      Para Bauman, las identidades que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo buscan desesperadamente construir en compañía de otros, se funda en la paulatina pérdida de las comunidades. Las falsas identidades creadas a partir de apariencias, gustos, afinidades, son una respuesta frente al fin de la comunidad, y un mal sustituto de las mismas. Esas identidades creadas al interior de falsas comunidades, de vínculos efímeros y superficiales, no suscitan la comunión de los miembros: paradójicamente significan el trazado de fronteras que separan marcada y radicalmente a los miembros de diferentes identidades.

 

 

 

     La búsqueda de la identidad divide y separa; sin embargo, la precariedad de la construcción solitaria de la identidad impulsa a los constructores a buscar perchas en las que colgar juntos los temores y ansiedades que experimentan individualmente y a realizar los ritos de exorcismo en compañía de otros individuos igualmente atemorizados y ansiosos. (Bauman, 2001, p. 174)

 

 

 

        Pero aún hay más sobre Bauman. En su artículo “Órdenes locales, caos mundial” (2000), el autor identifica la cultura con la estrategia de  la diferenciación, la distinción y la separación. “La cultura es la actividad de establecer distinciones […]” (Ibid., p. 45). La clasificación y separación de los elementos del mundo en categorías, clases, jerarquías…etc., que la sociedad civilizada lleva a cabo, asegura un orden en el que es posible predecir lo que sobrevendrá. Las diferentes categorías y clasificaciones de comportamiento de las personas, por ejemplo, o incluso los tipos de personas, permitirían saber cuáles serán sus reacciones ante determinados actos. La previsibilidad es uno de los factores que proveen de seguridad al mundo civilizado.

 

 

 

     La crisis sobreviene en una cultura cuando las distinciones se borran y aparece el fenómeno de la ambigüedad. Pero eso es justamente lo que sucede en las actuales sociedades contemporáneas, según observa Bauman. La ambigüedad entre, podríamos decir, lo correcto y lo incorrecto; lo verdadero y lo falso, incluso la ambigüedad y relatividad del tiempo y la distancia, caracterizan aquella “planetización” de la que habló Caruso. En nuestra era globalizada se desdibujan las fronteras, se relativiza cada elemento que antes guardaba una posición y un orden dentro del sistema de las tradiciones y las costumbres y lo que se genera, finalmente, es el caos.  “[…] el mundo como un lugar de inestabilidad, cambio desprovisto de una dirección coherente, espontaneidad y perpetua experimentación, con unos resultados inciertos y esencialmente imprevisibles […][es], lo más contrario a la imagen del orden”. (Ibid., p. 46)

 

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