UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES - Sinopsis: Elda Ruíz Flores
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LUCIO VICTORIO MANSILLA

Sinopsis: UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES

Por: Elda Ruíz Flores*

                 La figura que hoy nos ocupa, fue un gran militar; ministro de gabinete; escritor; miembro de la intelectual Generación de 1880. Nacido en Buenos Aires; hijo de Lucio Norberto Mansilla y Agustina Ortiz de Rosas (hermana de Don Juan Manuel de Rosas); luego de haber sido educado en Buenos Aires, se sintió hastiado del trabajo del saladero familiar y, a los diecisiete años de edad, partió para la India regresando en 1851.

 

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             Fungió como portavoz de un grupo que patrocinaba la candidatura de Sarmiento para la presidencia e intervino activamente en la campaña electoral a su favor; enviado en carácter de comandante militar de la frontera meridional de la provincia de Córdoba, emprendió, con un reducido destacamento, la exploración y estudio del territorio indio entre los ríos Cuarto y Quinto; entró en relaciones amistosas con los aborígenes; fundó el fuerte Sarmiento alrededor del cual se desarrolló la población del mismo nombre; como gobernador del Chaco austral, en 1878, fundó la ciudad actual de Formosa en 1879, y luego ejerció funciones en el Congreso (1882-1892); la forzada renuncia del presidente Miguel Juárez Celman configuró un rudo golpe para las esperanzas políticas de Mansilla, que le había dado todo su apoyo.

 
            Volvió como ministro de Guerra, en el gabinete de José Evaristo Uriburu; enviado a Europa en 1895 con la misión de estudiar las escuelas militares y obtener ideas adaptables para las academias argentinas; el General Mansilla se retiró del ejército al año siguiente (1896). 


            Representó a la Argentina en la corte del káiser Guillermo en Alemania, en 1897; regresó a Buenos Aires donde siguió escribiendo, siendo uno de sus ciudadanos más distinguidos. Se lo considera como uno de los más característicos voceros de la Generación de 1880, "un producto espiritual de nuestro tiempo," uno de los mejores cuentistas argentinos; sus escritos, a veces criticados, pero nunca tediosos, hicieron de él el escritor argentino más profusamente leído en París y sus obras en general tienen real significación tanto para los historiadores como para sus lectores contemporáneos; entre las más conocidas se cuentan; "De Adén a Suez" (Paraná, 1855); "Una excursión a los indios ranqueles", basada en sus viajes hechos a territorios indios, mientras era comandante de frontera de Córdoba en 1869, apareció por primera vez en La Tribuna de Buenos Aires en 1870; más tarde se publicaron muchas ediciones y una de las primeras en Leipzig; fue traducido a varios idiomas; ganó mención honorífica, conferida en la reunión del congreso internacional de Geografía celebrado en París; sumamente elogiado (así como también criticado por carecer de profundidad, por contemporáneos tales como José Manuel Estrada); atrajo singular atención pública debido al nuevo interés hacia los indios, pero aun con mayor razón en virtud del don y talento especial de Mansilla por los relatos emocionantes y sus esmeradas descripciones de ese casi desconocido ámbito junto con su penetración y discernimiento en la sociedad; "Retratos y recuerdos", en torno de las hombres de Paraná en 1852; "Mis memorias; Rosas". "Ensayo histórico-psicológico", meditado intento de bosquejar un objetivo retrato de su tío a quien él conoció bien, pero cuya memoria se hallaba todavía vastamente aborrecida en la Argentina, apareció en París, en 1898, habiendo sido publicadas, en otras partes, varias ediciones posteriores; hallándose profundamente atribulado acerca de las condiciones imperantes en la Argentina a principios del siglo XX y muy preocupado por la juventud, que parecía estar completamente confusa y turbulenta, Mansilla escribió "En vísperas" (Buenos Aires, 1910), expresando sus ideas sobre la vida política e institucional de su país; murió en París en 1913. 

 

            Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX constituían un grave problema en la Argentina las agresiones fronterizas de los indios, que asolaban tierras y cometían toda clase de delitos. Entre esas tribus se encontraba la de los terribles indios ranqueles. Una guerra organizada contra estas bandas era difícil por las condiciones de las inmensas zonas donde se movían y el número de los salteadores, que se suponía muy elevado. El año 1870 apareció en el diario La Tribuna, de Buenos Aires, una serie de cartas dirigidas por Mansilla a su queridísimo amigo Santiago Arcos, en las que le exponía claramente los términos del "problema de los indios". Estas cartas suscitaron la atención general, obtuvieron gran éxito y pronto se publicaron en   un   volumen.

 

            La excursión a los indios ranqueles es un libro de viajes escrito con amenidad y que, gracias a ese carácter inconfundible de las cosas vividas, interesó a toda clase de lectores y se hizo popular. Hoy es una obra clásica en la literatura argentina. Su autor, Víctor Lucio Mansilla, sobrino del dictador Juan Manuel Rosas -hizo de este una semblanza bastante objetiva en su libro Rosas- , concibió su  obra siendo jefe militar de fronteras en el río Quinto. Era entonces comandante del ejército, acababa de regresar de la guerra del Paraguay y ya tenía cierta nombradía como periodista y como partidario resuelto de presidente *Domingo Faustino   Sarmiento.

 

            Su propósito era emprender una expedición militar contra los ranqueles; pero desaprobado este proyecto por el gobierno, Mansilla comenzó a trabajar por su cuenta y riesgo. Por lo pronto, concertó un tratado con el cacique indio Mariano Rosas, en Leubucó, cosa que le ofrecía nada más que relativas garantías de seguridad. Hombre valeroso, no se detuvo a pensar en peligros, y sin aparato militar y con una escolta de solo veinte individuos, se internó en las tolderías de los indios.

 

            Las descripciones que hace Mansilla, con un estilo natural y sencillo, se distinguen por lo "pintorescas", en el sentido genuino de esta palabra, porque, en efecto, están llenas de notas de color, detalles exóticos y expresión costumbrista. Presenta a sus indios como si los descubriese por primera vez. La vida en el toldo de Mariano Rosas retiene la atención del autor, porque viene a ser un compendio de la que se lleva en las demás tonterías.        Supersticiones y brujerías las hay entre los ranqueles como en todos los pueblos primitivos, pero las prácticas que de ellas derivan no alcanzan a todas las funciones de la tribu.

 

            Estos indios son monoteístas y antropomorfistas; Cuchanentrú (Dios) es el "hombre grande". El diablo, Gualicho, se mete en todo y es temible, pero si le sacrifican reses se aplaca y no hace daño. Practican el culto de los muertos. Entre ellos, la mujer soltera goza de gran libertad y puede entregarse a quien quiera sin ser por eso mal mirada. La casada, en cambio, es una esclava del marido, que tiene sobre ella derecho de vida y muerte.

 

            En aquel mundo bárbaro ocurren dramas terribles. Los cautivos de guerra son tratados despiadadamente, azotados y muertos por la menor falta. Las cautivas jóvenes son objeto de placer para su señor y perseguidas de mil maneras por la esposa de este, la cual, a veces, acaba con ellas. Cuando el amo se cansa de una sierva la regala o la vende. A muchas viejas las matan porque las creen poseídas por Gualicho. Creen en la metempsicosis y en las resurrecciones. A los muertos ilustres los entierran con su caballo y todos los objetos de plata que posean. Mansilla habla del famoso Bargas, el bandido de Córdoba, verdadero monstruo de perfidia y crueldad. Una vez hizo enterrar junto con el cadáver de un personaje a su caballo y a un pequeño cautivo de ocho años para que le sirviera de espolique; caballo y niño fueron  enterrados vivos.

 

            Mansilla pudo recorrer las tribus ranqueles de arriba abajo sin que ningún accidente grave le ocurriese, hecho extraordinario si se tiene en cuenta la animadversión del indio, y, sobre todo, el ranquel, por el "cristiano". Las guerras entre nos escritores de reconocido prestigio, entre ellos el español Azorín y el cubano Jorge Mañach. Antes venía siendo objeto de una atención secundaria por parte de los historiadores  de  la literatura y  críticos.

 

            Mañach plantea en su ensayo el problema ético-estético de Numancia, "comedia del cerco de Numancia" la llamó Cervantes, no especificando centro del género dramático lo que muy posteriormente se denominó en el lenguaje usual "tragedia", devolviendo con esta palabra su primigenio concepto griego a la obra teatral que reuniese determinadas características.             Fueron principalmente los escritores neoclásicos quienes consolidaron la palabra y la lanzaron a la circulación. Por lo demás, ni los antiguos ni los modernos preceptistas han logrado dar una definición exacta y convincente de lo que es tragedia.

 

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