11 de enero de 2014

He aquí el primer mes del año y como cada año, llegan con él no solamente las fiestas o las comidas y ni qué decir de los kilos de más, pero algo que todos o casi todos alrededor del mundo hacemos a principios de años, es tener propósitos para el año que llega y buscamos que estos propósitos llenen muchas veces esos aspectos de la vida que buscamos llenar, mejorar o hasta hacer algo nuevo. Son éstos propósitos los que hacen que el año se vea atractivo, de cierta forma sabemos lo que podríamos esperar o lo que queremos de él.
 
Sabemos desde el principio que realizarlos no será del todo fácil, tenemos siempre cierta apatía hacia los cambios, a pesar de que nosotros mismos nos proponemos realizarlos, buscamos de cierta manera que sean estos cambios a la rutina, estas nuevas experiencias, cómodas, agradables y obviamente sin el menor esfuerzo.

Iniciamos el año con todas las ganas del mundo para iniciar nuevos proyectos, empezamos a vislumbrar un panorama lleno de oportunidades para nosotros y vemos que el universo se pone de nuestro lado para cumplirlos. Llegamos a pensar que esta es una oportunidad única para ser mejores en lo que queramos.  En los primeros meses, vemos llenos los gimnasios, las pistas para correr de los parques y ahora todos usan bicicletas; buscamos ayudar al prójimo y somos las mejores personas. No obstante parece que los meses se vuelven borradores de la memoria pues conforme van pasando, se nos olvidan todos esos propósitos que al principio eran los motivadores para iniciar el día. Ahora los días se vuelven más pesados no solamente con la carga escolar o la del trabajo, pues ahora aparece en nuestra vida la crisis de no estar cumpliendo con lo que nos propusimos o que realizarlos se vuelve no solamente tedioso, sino caro: siempre buscamos un pretexto.

Ahora bien, debido a que nos vemos rápidamente a mitad de año y no hemos logrado cumplir o hemos dejado a medias ese proyecto que habíamos planeado, nos sentimos frustrados, impotentes y pensamos que ahora todo está en nuestra contra; buscamos inspiración o por lo menos un poquito de motivación para realizar todo lo planeado.

He aquí cuando llegamos al punto central del asunto: la constancia y la motivación. Muchos empezamos pero no acabamos; tenemos el tiempo pero no la motivación; tenemos las ganas pero no el tiempo, etc. Nos reducimos a pretextos que a la larga se convierten en esos fantasmas que nos van atrasando en el camino. La constancia es algo que se aprende con la práctica, necesitamos de ella para poder terminar lo que iniciemos; el problema muchas veces es que llega un momento en que pensamos que si hemos empezado tan bien, no podremos terminar mal, o que si a veces hacemos o dejamos de hacer no pasará nada.

No dejemos que la apatía o la indecisión nos alejen de lo que queremos ni que nos haga entrar en crisis. Siempre se necesita de un poco de pasión y sacrificio para alcanzar lo que se quiere. Esperemos que éste año que inicia podamos realizar lo que nos propusimos y que no se conviertan ahora meramente en deseos para el próximo año.
 
Luis Canchola CupichLuis Canchola Cupich es estudiante en la Facultad de Derecho de la UNAM.