MUSEO, ARTE E HISTORIA
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3. ARTE, museo e historia.

 

            Este punto es el último pues es una tarea harto difícil de abordar, ya que el concepto de Arte es un término en constante evolución que siempre deja insatisfechos a muchos. Sin embargo, lejos de entender el concepto como un proceso humano con productos específicos y producto de la cultura, son los objetos del Arte los que tomaremos en cuenta para esta última relación; esto por su carga estética antes que la artística, pues todo objeto como producto de lo humano la contiene.

 

            Aquí se parte de la idea que todo objeto, desde un punto de vista semiótico, contiene tres cargas importantes depositadas de manera intencional por el sujeto que las elabora. Una carga funcional que define el uso del objeto, una carga estética que define la forma y, por último, una carga simbólica que destina una connotación desde el sujeto al objeto[4]. Esto es todo objeto tiene una forma, una función y un significado preciso, en mayor o menor medida voluntario, pero siempre conteniendo estos valores. A ello hay que agregarle que las cargas, a pesar de estar siempre presentes, no siempre están en razón de una jerarquía equidistante. Hay objetos que simbólicamente son más importantes que desde el punto de vista estético o funcional como lo es una mitra cristiana o un cuchillo de sacrificio, que no por ello dejan de tener una forma o una función clara y específica. Así también existen objetos multifuncionales, como algunos electrodomésticos o la navaja suiza, que depositan un mayor valor en lo pragmático antes que en la sintaxis o en lo simbólico. Igual sucede con la carga estética que se refiere a lo morfológico y su composición por sobre los otros dos aspectos. Estas jerarquías se deben a un contexto humano y en ello son destinadas, por lo que cada cultura determina los valores de la carga a cada objeto.

 

            Así que, con lo anterior, es claro decir que  el museo de arte selecciona, conserva y expone un patrimonio con una carga estética y artística importante, y así con cada museo de cada tipo, sin embargo, parece que los otros museos también hacen uso del valor estético en su jerarquía.  Esto es, las cargas depositadas originalmente en los objetos se modifican dentro de un museo cuando son exhibidos, depositando un mayor peso en lo simbólico o en lo estético.  Si en México se piensa en un museo donde el arte prehispánico es exhibido, el primero que viene a la mente es, para quien lo ha visitado, el Museo Nacional de Antropología e Historia cuando en su propio nombre no indica ello. La mayoría de las exhibiciones de un museo, que no sea de arte, promueven el valor estético de la pieza al unísono del histórico, el antropológico o el científico; así se busca que la exhibición de mariposas sea un espectáculo visual por las consideraciones formales de las mismas, que la recreación de la vivienda de una etnia sea agradable a la vista, o que la experiencia adquirida en un instrumento interactivo que demuestra alguna ley física o matemática sea lúdica, donde lo agradable se incluye. Seguramente todo esto sucede porque lo aprendido a través de una experiencia agradable, que se ha  disfrutado, es significativo positivamente para el visitante, pero ¿El museo es una entidad que proporciona experiencias estéticas y recreo para sus visitantes? ¿Hasta donde llega el papel educativo del museo? ¿El fin de la experiencia estética no debería proporcionar los elementos para una reflexión de la temática del museo? ¿Qué quiere el público al visitar un museo de arte? La imaginación como parte de la experiencia estética es importante, sin embargo, cuando se procura sin fin alguno, eso mismo se obtiene. El uso crítico de los procesos imaginativos que conversan con el conocimiento del visitante para generar nuevo conocimiento, usa los valores del objeto a favor de este fin y no del recreo del visitante.

 

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