MUSEO, ARTE E HISTORIA
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2. HISTORIA, Museo y arte.

 

Parte de la historia del arte se hace en los museos o pasando por ellos, pues también los doctos en el tema trabajan dentro de sus instalaciones o las visitan para el mismo fin de la investigación. A pesar de que muchos hallazgos y proyectos sigan efectuándose fuera del museo, el museo es el depositario, por excelencia, del patrimonio manifiesto. Así que, como institución cultural, cuenta con el equipamiento necesario y las áreas específicas para el escrutinio de lo descubierto.

 

Pero no para ahí el asunto en tanto cuestiones de lo que el museo ofrece para la práctica historiográfica, sino que los productos académicos del museo determinan la historicidad del concepto abordado, por lo menos para un público no especializado. Si bien los libros cumplen en mayor medida este hecho, los museos ratifican los contenidos de los textos acercando al público a los objetos incluidos como imágenes y generan una postura distinta entre quienes han tenido contacto con dichos objetos y quienes no. Así que, retomando la importancia de los textos como depósito del resultado de una investigación para una construcción historiográfica, los museos poseen sus propias publicaciones que tienen la “ventaja” del contacto con el objeto estudiado. Los museos, por ese afán de habilitar un discurso del conocimiento colectivo como oficial, son una analogía tridimensional de los libros que lo contienen, y caminar por sus salas y exhibiciones es como darle vuelta a las páginas de un texto.

 

Las investigaciones avaladas por los museos tienen su fuerza en el valor instituido. En cuanto a la relación entre museo de arte e historia de arte, los documentos impresos del museo sirven de relación, consciente o no, con la historia del arte para quien tiene contacto con dichas divulgaciones, ya sean publicitarias, académicas u otras. No importa el tipo de la publicación considerablemente, pues el hecho de promover una exhibición artística –propaganda, folleto, etc.- o asentir una investigación en el área del Arte –libro, catálogo, etc.-, da una visión de que lo tratado en dicho documento es tema del Arte, importante o no, y entran eventos, personajes y objetos en esa esfera que antes no se concebían en ella, pues la inclusión está avalada por el museo. Esto es, si los libros que algunos artistas leen, las relaciones sociales que tienen, los discursos epistolares que hacen, la vestimenta que usan, por mencionar algunos ejemplos, son objeto de estudio o exhibición desde el museo de arte, entran en una nueva relación de valoración que fue impulsada por el mismo museo. No se diga entonces de las exhibiciones que, con mayor fuerza, introducen al espectador un discurso de la historiografía del arte que sesga su finitud. Aquí existen dos situaciones que envuelven al museo de arte con la percepción de la historia del arte. Por un lado, los recorridos del museo sirven como modelos y discursos historiográficos pues surgieron de esos modelos. Paradójicamente, en la búsqueda de discursos alternativos de los primarios, las exhibiciones muestran novedades que el espectador asume para entender el fenómeno artístico y se lleva para dialogar del Arte. Si bien la intención es buena y requiere de un rigor científico para proponerla, hace falta, en el visitante, una educación estética y artística para la adopción correcta de la mayoría de los discursos. Básicamente se resuelve con enormes cédulas introductorias llenas de textos que, por decisión propia del visitante, difícilmente lee. Así que el entendimiento y el diálogo de lo artístico, que antes se mencionó, se distorsiona. Si bien tampoco es un problema exclusivo del museo, éste debe tomar cartas en el asunto porque le incumbe directamente. Tomando el segundo punto, los objetos exhibidos y resguardados en los museos parecen ser los valiosos para dicho discurso presentado y que se torna oficial pues son los que se estudian y promueven culturalmente. Las salas de los museos de arte están llenas de objetos que detentan la historia del arte cuando en realidad podrían ser otros los que llevaran a acabo esa acción si los primeros no existieran, o incluso, aunque estos existan. A esto hay que agregarle, nuevamente, el fenómeno de difusión donde la publicidad se incluye, pues según esto el impresionismo es un evento que parece surgir de la noche a la mañana por los franceses, pero la influencia inglesa- Turner- es harto conocida y poco difundida. El problema aquí es que saber al dedillo la historia del arte es conocer los objetos contenidos en los museos –“importantes”- de arte, como si la lista fuera una concatenación de objetos que dan una estructura coherente a una actividad humana muy difícil de definir ¿Sin La Gioconda de Leonardo da Vinci –por poner un ejemplo- no tenemos Renacimiento? ¿Si no existiera el MUNAL o el Museo del Prado qué sería de la historia del arte local y mundial? Las respuestas proporcionan posturas, pero el hecho de que una propuesta historiográfica del arte existiría, con o sin los ejemplos, es innegable. Con esto parece que el museo no es importante para la historia del arte cuando este texto le hace imperante[3], pero para dar pie a esa aseveración la pregunta que tuviera que contestarse sería ¿Qué otra institución hubiese adoptado las funciones del museo de arte en el caso de que este no existiera? ¿Cómo se manifestaría nuestra valoración hacia lo estético en los productos humanos sin la influencia del museo de arte? Estas cuestiones dan pauta para ir al tercer punto a tratar en este texto.

 

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