CARTA A EDER SOBRE LA EDUCACIÓN ESTÉTICA Y EL ARTE CONTEMPORÁNEO
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Por ello creo que el hecho autodidacta en lo estético puede subsanar lo que no ha hecho hasta ahora el discurso científico ni ha logrado el político. Te recuerdo que la anterior enunciación implica la labor en conjunto. No los estoy negando, sin embargo se nota poco avance en lo humano a través del discurso de la verdad y la nula puesta en práctica del de la buena moral. La “soflama” estética se tiene como poco práctica para el bien del ser humano. Parece ser perorata de la verdad y el bien cuando en ella puede procurarse la conversación entre las tres, siempre y cuando se encamine de manera individual y no como obligación social, donde el individuo vea para sí los beneficios de la lectura de una obra literaria o la contemplación de una obra escultórica, de danza, pictórica o de la misma naturaleza; o al escuchar una pieza musical. Cuando haga internos los sentidos externos y extienda los otros a un nivel cultural para degustar un platillo o persuada su tacto en las texturas de una artesanía o un utensilio cotidiano. Cuando se de cuenta -sea sensible- de las problemáticas de sí mismo y su comunidad sin exagerarlas ni minimizarlas, mucho menos ser indiferente. De esta manera – y otras tantas- podrá compartir un mundo, el suyo, entonces afín a otros en una misma sintonía.

 

Siendo el mundo algo extenso en el tiempo y variable, consistirá la perfección de la facultad, que pone al hombre en relación con el mundo, en la máxima variabilidad y extensión posibles. Sien­do la persona lo permanente en la variación, con­sistirá la perfección de la facultad opuesta al cam­bio, en la máxima independencia e intensidad posibles. Cuanto más se multiplique la receptivi­dad; cuanto más movediza sea y más planos diferentes ofrezca a la impresión de los fenómenos, tanta mayor cantidad de mundo aprehenderá el hombre, tanto mayor número de virtualidades ger­minarán en su seno. Y, por otra parte, cuanto más fuerte y honda sea la personalidad; cuanto más libre se haga la razón, tanta mayor canti­dad de mundo comprenderá el hombre, tanta mayor cantidad de formas creará, fuera de sí mismo. La cultura humana consistirá, pues: pri­mero, en proporcionar a la facultad receptiva los más variados contactos con el mundo y excitar el máximo grado de pasividad en el sentimiento; segundo, en conquistar, para la facultad deter­minante, la mayor independencia de la facultad receptiva y excitar el máximo grado de activi­dad en la razón. Dondequiera se reúnan ambas cualidades, juntará el hombre la mayor riqueza de existencia con la máxima independencia y libertad: lejos de perderse en el mundo asumirá en si mismo al mundo entero, con la infinidad de sus fenómenos diferentes, y lo subordinará a la unidad de su razón.[18]

  

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