¿POR QUÉ VISITAR UN MUSEO DE ARTE?
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La pregunta que sirve como título es una preocupación sobre lo que comúnmente se argumenta para ir a un museo de arte y no ver en ello una verdadera justificación.

¿Por qué visitar un museo de arte?
Revalorizar el museo de arte como patrimonio según sus funciones estéticas.   
                                                              Por: Agustín René Solano Andrade[1]

[1] Agustín René Solano Andrade ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. ) es Maestro en Comunicación y Diseño (UIA) y Maestro en Estética y Arte (BUAP). Combina su quehacer académico con las letras y las imágenes. Sabersinfin.com agradece a Agustín René la autorización para publicar el presente trabajo.

 

Esta ponencia es posible gracias a la beca otorgada por CONACYT

y a mis catedráticos de la Mtría. En Estética y Arte de la BUAP.

 

La pregunta que sirve como título es una preocupación sobre lo que comúnmente se argumenta para ir a un museo de arte y no ver en ello una verdadera justificación. Entre estas apologías tenemos: el museo de arte es patrimonio de la humanidad, contiene obras importantes, hay grandes autores, expone gente joven con talento, pero después de ello viene un cuestionamiento sobre su praxis. A todos nos es claro el valor de la institución de manera simbólica, pero no en cuestiones prácticas, no nos queda claro su valor objetivo. Así se podrían enlistar las justificaciones –acompañadas de la cuestión- construyendo una indiferencia institucionalizada que siguen mostrando que el museo de arte es innecesario en un mundo industrializado donde ha sido necesario adaptarlo con cafeterías, tiendas de souvenir, y otras comodidades más para una sociedad de masas que tiene en el entretenimiento un espacio para el museo, cualquiera sea su giro. La materia de la visita al museo es una cuestión crítica que es importante abordar –en estos eventos y de manera personal- porque en ella encontraremos que el museo de arte es producto de uno de los intereses más humanamente concebidos: el arte, y que nos retorna a ese origen del hombre, a ese encuentro con nosotros mismos como especie. La siguiente cita de Richard F. Brown, abraza la idea de este texto en tanto que el museo de arte nos permite crecer como seres humanos a través de lo expuesto, que mejor razón para visitarlo:

 

 La finalidad del museo (…) consiste en que cada vez mayor número de personas hagan más descubrimientos sobre arte, más fácilmente y en condiciones agradables que les impulsen a volver frecuentemente, y así, mediante el placer visual, poder alcanzar una comprensión más profunda de la naturaleza, la historia y el hombre.[1]


   ¿Porqué analizar la esencia estética del museo de arte cuando muchos trabajos apuntan a la inmersión del mismo en el mercado a través de prácticas como renta de espacios, publicidad inmersa en el edificio, introducción de tienda o mejoramiento de las ya establecidas o patrocinadores comerciales? Probablemente el contexto consume a la institución cultural y si ésta no acata las normas del sistema mercantil, desaparece. Esta puede ser una idea objetiva sobre lo que le sucede a los museos en el mundo –no sólo a los de arte-, sin embargo no se ha de olvidar un parámetro importantísimo de su supervivencia que puede ser explotado para bien en ese mercado: la institución que es. No se desea navegar contra corriente en un mundo mercantilmente globalizado, lo que se propone es tener más herramientas para una mejor introducción en él y que el museo no termine siendo visto como un mega alhajero o una plaza comercial más donde se ve lo que no puede tenerse mas que como souvenir barato –ni tanto. Las obras maestras, hoy día, lo son porque es el afiche que el museo vende o por la publicidad que han tenido, más que por su propio valor artístico y estético. El museo de arte es mucho más que eso y puede “venderse” de mejor manera.

 


 

 

El museo no ha dejado de ser una institución cultural imperantemente valiosa, pero pareciera que su valor no se justifica dentro de las actividades económicas y su defensa en esta área se ve roída. Por ello es importante reparar en la importancia del museo y su valor[2] como patrimonio humano, ya que en el mundo del museo de arte pareciera que ciertos valores son los que impulsan este tipo de instituciones –económicos, religiosos, culturales- y se dejan a un lado las relaciones con otros valores -estéticos- que deben atenderse y pueden servir como impulsores de esta institución para el turismo local, nacional y extranjero.  Aunque a muchos les queda claro que el museo y su acervo es parte importante de un patrimonio, también existe el prejuicio de la institución como mausoleo y zona restrictiva, e incluso, que muchas piezas exhibidas no son más que una mala broma –sucede sobre todo en el arte moderno y contemporáneo.


   Así tenemos un universo de relaciones humanas según las funciones del museo de arte en su definición: preservación, curaduría, difusión y educación. Pero otra implicación del museo de arte no recae en estas valoraciones -que es necesario conocer para comprender el valor total del mismo-, sino en la puesta en acción de ellas en tanto una relevancia práctica y las que intervienen con singularidad en el desempeño del museo de arte. Es en el museo de arte que la pieza se viste de lo estético y lo artístico para envolver al mismo museo de esa valoración y para establecerse como institución cultural definitoria de los valores y signos del contexto en que se encuentra. Por ello se definen otras funciones, tan valiosas como las anteriores, pero que se supone son exclusivas del museo de arte y en ello reside su importancia para cuestionarlas y exponerlas al turismo como beneficiarios; atenderlas como nuevas estrategias –pretextos- para invitar a la gente a visitar el museo. De esta forma, revalorar el museo de arte como patrimonio cultural, dará, por un lado, nuevas perspectivas a las razones de los visitantes para asistir a este tipo de instituciones y por otro, cuestionar las funciones específicas de otros museos desde la administración de las instituciones.

 

Atinadamente Arthur Danto, en su texto las multitudes sedientas, ve en el museo de arte su capacidad para abstraerse de lo cotidiano y permitirse entonces, enfrentarse a la obra de arte en un espacio destinado para ello. Observa que muchas de esas obras no le son significativas para las nuevas generaciones sedientas de arte y que, sin lugar a dudas, se deben atender como prioridad. Para empatar las funciones del arte con el museo, acertadamente le llama arte del museo. Así entonces, el museo promueve una serie de experiencias que al arte se adjudican por el contenido del mismo, y, si difícilmente se puede balancear estrepitosamente hacia algún lado, las media e instituye. Entonces visitar el museo de arte implica experimentar alguna de aquellas experiencias que van más allá de las rutinarias del arte. El museo de arte acerca a la gente al concepto de arte de manera particular, debiendo permitir que las relaciones entre la obra de arte –maestra o no- y quien la observa –nuevo o no- se desenvuelvan por cuestiones personales más que grupales; no importando si el museo de arte está sostenido por colecciones académicamente  importantes o lo que muestra es una expresión joven y experimental, porque el museo tiene el beneficio de adoptar ciertas funciones del arte por “procurarlo”, pero eso debe ser reconocido por el individuo que se acerca a sus salas y las recorre.

 


 

 

          Era importante detenerse en el punto anterior, de lo individual, antes de pasar a lo grupal, pues a pesar de que el museo está hecho para las multitudes, la experiencia sigue siendo personal. No importa si se hace el recorrido a través de una visita guiada por un aparato o con un guía del museo, si se hace escolarizadamente o con la familia –rara vez se hace con amigos a menos que sean del medio artístico o cultural-, si se pertenece a un tour turístico y demás posibilidades; el encuentro con la obra de arte es tan particular como la vida misma.

 

Este trabajo pretende adjudicar al museo de arte valores estéticos importantes que lo redimensionan por su carácter de especificidad  para el mismo, sin olvidar la cuestión de ser una institución y que por ello medie la relación entre el arte y el individuo. Los valores estéticos que a continuación se proponen, tienen más que ver con la condición sensible del ser humano como especie que con el arte mismo explícitamente.

  

FUNCIONES DEL MUSEO DE ARTE 
Deleitar  Promover el acto artístico  Generar la historiografía del arte Motivar la imaginación Procurar el imaginario social

  

Deleite ¿? 

Parece obvio que el deleite se incluya en las funciones del museo de arte, sin embargo, como la idea principal de este trabajo está contenida en valores específicos del éste que imperen en su visita o en la visión social sobre el mismo, el deleite como tal no se asume estrictamente como una función en el museo de arte, pero tampoco se le puede negar, pues muchas veces se le adopta con relación a la obra, no importando el sitio o museo donde ésta se encuentre o al diseño de la exposición. A esto se le puede agregar que existen obras paradigmáticas en el arte como la Gioconda, que no importa donde esté expuesta, su mediación puede sujetarse a otros elementos; es más una situación de la forma de la exposición que al lugar de la exposición, entre otros. Todavía hay componentes que manifiestan al deleite como un valor entre lo estético y lo extra estético, pues existen piezas que desde su concepción no corresponden a lo artístico y, sin embargo, se asumen como tal. Estas piezas manifiestan su dimensión estética en una exposición y se asumen como obras de arte cuando distan mucho de ello. Un ejemplo muy claro es la cerámica prehispánica o la estatuaria romana que tenían fines distintos a lo artístico, pero que por el apremio de sensibilidad impuesto en las mismas y supliendo hoy el uso primario, lo práctico o lo político, se les denomina arte. Otro ejemplo de esta situación es la exposición de los objetos de diseño bajo cualquier ramificación del mismo, e incluso, el mismo diseño de exposiciones que media la sensibilidad del espectador ante lo expuesto para su deleite. El hecho del deleite corresponde a muchos factores que no le son exclusivos al museo de arte, por ello, se encuentra en lo fronterizo de las categorías planteadas como lo estético y lo extra estético. En realidad se debe adjudicar a la sensibilidad humana y el estado de ánimo del individuo que observa la pieza, es un factor más particular que colectivo o institucional.

 


 

  Promover el acto artístico. 

A través de sus instalaciones y exposiciones, el museo de arte le permite a la obra expuesta llevar a cabo su función, ya sea el acceder al conocimiento de lo bello como menciona James o proporcionar una visión del mundo como dice Ruskin, según Danto; o ser el medio de la naturaleza a través del genio como expresa Kant. El hecho es que por medio de habitaciones, iluminación, cédulas, etc. la obra de arte pueda arrebatar al individuo y dejarle llevar a cabo la función para la cual fue hecha. Es tanto el escenario como la escenografía en una puesta de teatro.

 

El hecho de que el museo albergue obras de arte, no lo obliga a realizar la función de ellas, pero sí, de laguna manera, a procurar ese destino de la obra, a dejarla llevar a cabo la función para la que fue hecha. Por un lado, el edificio está diseñado para albergar y exhibir obras de arte, sin importar si fue hecho con fines museísticos -Guggenheim- o se adaptó para los mismos fines –Louvre-; pero por otro, las exposiciones infieren el mismo fin. Así que, para el primer caso, el diseño del museo, implicando a su exterior e interior, actúa como una introducción para el mundo que contiene. La fachada, forma exterior del edificio y la distribución del mismo permiten –o no- que el entramado del arte como sistema sea definido objetivamente, incluso, como atrevimiento, algunas distribuciones de museos de arte pueden ser utilizadas como esquemas académicos para su acercamiento. Ese ir y venir a través del museo por las salas definidas, le da una idea más clara al espectador de cómo está organizado el arte y, cuando se detiene ante una obra que le llama la atención o fugazmente le atrapa, las condiciones antes previstas deben ayudarle para que esa obra lleve a cabo su fin. Por otro lado, el diseño de la exposición o ambientación de la sala -sea temporal o permanente- intensifica el valor perceptual de la obra expuesta a través de cédulas, paneles, iluminación, vitrinas, recorridos intencionados, disposición de los objetos, selección de los mismos, etc., pero sobre todo, permite que el visitante se acerque de forma única a un objeto expuesto para que éste le acoja en su destino. Seguramente aquí es donde más intervención tiene el museo de arte con la relación visitante-obra de arte y, según el diseño que se proponga para estos fines, la relación puede ser de empatía, o no.

 

Probablemente también, las mejores instalaciones son las que no se hacen notar (a diferencia de las que no se notan) pues su función no es el protagonismo, sino el de procurar el hecho artístico, ya sea como redentor de la humanidad o de salvar la insensibilidad de la vida común.

 

 Generar la historiografía del arte.

         Como institución moderna, el museo de arte define los parámetros de una actividad humana que ha sido clasificada y dispuesta en disciplina académica –la historia del arte como historiografía. Desde el momento que la obra entra al museo de arte para ser expuesta, entra en la categoría de obra de arte o artística y determina clases y condiciones para sus semejantes; siendo así que gran parte de la historia del arte, hoy día, se hace en el museo. No se habla de un planteamiento histórico de la evolución general del pensamiento y de la cultura, sino donde existe un objetivo intelectual de ordenamiento y categorización de la obra artística y su movimiento en un espacio y tiempo determinado.

 


 

El museo de arte no es héroe de la historia del arte, al contrario, las vanguardias le detestaban por el carácter elitista que le imperaba; entonces, existen otros eventos que, al paralelo, llevan a cabo esta función.

 

Es imposible conocer, conectar y entender el conjunto de eventos que suceden para generar un pasado humano, sin embargo, las instituciones determinan la mayor parte de esos eventos para formar una historia sesgada, aunque instituida y oficializada. La historia del arte como historiografía, valor estético que le infiere al museo de arte, es prevista por Duchamp al intervenir una exposición con un urinario y más que aprendida por Warhol, con su obra. Ellos, como muchos más, ven en el museo ese paradigma social como definitorio del arte y que detiene, de alguna u otro forma, la libertad del arte mismo en su ideal. Duchamp, más allá de ser el padre del arte contemporáneo al introducir dicho mingitorio y cuestionar al arte mismo para provocar nuevas formas de arte, cuestiona también la legitimación automática del objeto como artístico al estar dentro de la institución y ser exhibido. Warhol, sin lugar a dudas, advierte la ocasión de ese discurso oficial para su obra, él ve la oportunidad de las nuevas formas de arte en una cultura donde la estetización y la producción simbólica e industrial imperan y utiliza al museo como catapulta. Incluso, el hecho de evitar el espacio museístico para exhibir obra artística, incluye al museo en su exclusión y le devuelve la mirada.

 

La historia del arte antiguo se sigue haciendo en los museos o pasando por ellos, pues también los doctos en el tema trabajan dentro de sus instalaciones o las visitan para el mismo fin de la investigación. A pesar de que los descubrimientos sigan efectuándose fuera del museo –no todos-, el museo contiene el equipamiento necesario para el escrutinio de lo hallado, y en ello se incluye la firma de algunos para llevarlo a cabo.

 

Así entonces, ya sea por eventos artísticos o académicos, la historia del arte sucede de manera importante, mas no total, en el museo de arte.

 

 Motivar la imaginación. 

La imaginación como un proceso consciente es promovida en el museo de arte al estar inmerso en un espacio donde las obras son producto de ese mismo suceso como resultado de la expresión humana. El proceso, incluso, puede comenzar desde antes de visitar el museo de arte, pues conociendo sus contenidos permanentes –y temporales- a través de su enunciación, se lleva acabo dicho proceso mental al visualizar los posibles objetos que el museo expone. La imaginación a la que se alude en el museo de arte no es entonces la que se lleva a cabo al evocar imágenes generales, sino que se asume son las que suscitan el hecho artístico más que el estético.

 

Junto con el valor sobre la promoción del acto artístico sucede el de motivar la imaginación. Por un lado está el edificio y su concepción formal, tanto en fachada como en distribución, que permite dar vuelo a esa construcción libre de imágenes en tanto plásticas, y por otro, el museo permite un ambiente lleno de obras que son producto de ese imaginario artístico. El hecho artístico incluye a la imaginación en dos momentos, uno que simplemente la provoca, la motiva, y en ello encuentra su sustento, y otro en la invitación para el mismo hecho, el acto plástico como fin.

 


 

 

Un museo de ciencias o de historia apelan también a la imaginación, pero en otro rubro. Los procesos imaginativos para estos casos están estructurados en construir un tipo de conocimiento específico, pues en el museo de arte se invoca por la libertad en la imaginación ya que, para la contemplación, el proceso hermeneútico no tiene un fin a priori. El museo de arte invita a la imaginación en cualquier sentido, ya sea por su estructura, por su colección, por el diseño de la exposición, por la selección y disposición de objetos expuestos, en los souvenir; y otros elementos que le son propios y que manifiestan lo contenido como producto mismo de la imaginación.

 

  Procurar el imaginario social. 

  A diferencia de la anterior función, el museo de arte permite tener una experiencia de identidad de especie por la correspondencia que existe en el acto artístico como hecho humano, sin embargo, esa misma especie tiene sus diferencias contextuales que se muestran en la misma obra según los escenarios, por ello el imaginario implica desde lo individual hasta lo social.

 

Otra finalidad del  museo de arte es la de promover el reconocimiento del imaginario social en tanto que provoca la manifestación de las subjetividades humanas a través de la objetivación en lo que la institución define como obra de arte u obra artística, por ello, es quizás la más importante. Para ello hay que tener en cuenta a la obra de arte como un fenómeno subjetivo que promueve valores y/o antivalores exaltándolos o mostrándolos objetivamente. Esto es, la obra de arte, como subjetividad, no muestra belleza, temor, ansia, etc.,  sino que a través de materiales (tela, pigmentos, superficies, etc.) permite que el individuo reconstruya su subjetividad o se manifieste en ella. Para el caso del museo, éste permite que el individuo procure esa acción a través de instalaciones (el edificio y la exposición) con ese fin, pero también que reconozca un imaginario común que le es parte de su identidad como ser social. Así los mecanismos que regularmente se activan bajo ciertos fenómenos que provocan sensibilidades específicas, son reproducidos en otro fenómeno –artístico - para producir los mismos sentimientos o reacciones. A través de colores, olores, sonidos, texturas y otras sensaciones se procura la manifestación de lo estético, lo sensible. El museo aprueba esas relaciones y condicionantes al exponerlas (dentro o fuera de sus instalaciones pero con su firma o autorización –placa-) y llamarlas obra artística. Así el museo procura la intención del artista sobre la creación de fenómenos específicos y las relaciones sensibles para que estas ayuden a la manifestación de la sensibilidad del espectador que, como ente social,  le involucra como pertenencia.

 

Seguramente la idea de la promoción de un imaginario común como un acervo humano no es exclusivo del museo, pues el libro o la galería de imágenes en portales de la red también ayudan a ese propósito, sin embargo se debe pensar en ello como valor estético del museo para prevalecer parte de su percepción social dentro de lo valioso y útil que es, más que como almacén o seudo escuela. La “ventaja” del museo para este hecho reside en que en él están depositados los objetos originales y, como se alude, en una sociedad donde la curiosidad material lleva a que la colección es un hacer prioritario, entonces le conviene verlo más como promotor de un intangible (el imaginario colectivo) que como una caja de curiosidades únicas que lo que hace es depreciarlo y alejarlo de ser un producto humano moderno, propio de su historia y ganancia de la evolución humana, y no un objeto de la modernidad donde la “caja” sea vista como un mega alhajero o el paralelo de un centro comercial.

 


 

 

Con lo anterior expuesto cabe la reflexión de que probablemente sea bueno que al museo de arte se le adjudiquen ciertas características de la disciplina que lo hace, pues le reitera ese papel de institución que le da poder; pero también hay que pensar en el otro lado de la moneda donde el museo de arte impone una forma de ver el arte, mediándolo y haciendo que el artista se aleje y busque nuevos espacios, de la misma forma que lo hace la sociedad. Las experiencias artísticas no son exclusivas de alguna obra o de algún edificio, incluso, como sucede con la literatura, un texto no provoca los mismos sentimientos o juicios, ni las bibliotecas son siempre el lugar propicio para la lectura, así que es importante entender que el lindero que marca la puerta del museo de arte es una cuestión más de una sociedad moderna como proceso histórico que del género humano; por lo que vale la pena acercarse a una educación estética para librarse de los fenómenos publicitarios y turísticos y permitir que la estancia en un museo de arte no esté determinada sino por las experiencias propias, por la búsqueda y encuentro de prioridades personales. Aún cuando haya una democratización de la cultura, el acceso personal a ella continúa siendo pobre.



[1] Brown Richard F. en Rojas R., Crespán J.L. y Trallero M., los museos en el mundo, Ed. Salvat, Barcelona, 1973, p.37

[2]En tanto el alcance de la significación o importancia de un objeto o acción por su grado de utilidad o aptitud para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.

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