¿POR QUÉ VISITAR UN MUSEO DE ARTE?
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El museo no ha dejado de ser una institución cultural imperantemente valiosa, pero pareciera que su valor no se justifica dentro de las actividades económicas y su defensa en esta área se ve roída. Por ello es importante reparar en la importancia del museo y su valor[2] como patrimonio humano, ya que en el mundo del museo de arte pareciera que ciertos valores son los que impulsan este tipo de instituciones –económicos, religiosos, culturales- y se dejan a un lado las relaciones con otros valores -estéticos- que deben atenderse y pueden servir como impulsores de esta institución para el turismo local, nacional y extranjero.  Aunque a muchos les queda claro que el museo y su acervo es parte importante de un patrimonio, también existe el prejuicio de la institución como mausoleo y zona restrictiva, e incluso, que muchas piezas exhibidas no son más que una mala broma –sucede sobre todo en el arte moderno y contemporáneo.


   Así tenemos un universo de relaciones humanas según las funciones del museo de arte en su definición: preservación, curaduría, difusión y educación. Pero otra implicación del museo de arte no recae en estas valoraciones -que es necesario conocer para comprender el valor total del mismo-, sino en la puesta en acción de ellas en tanto una relevancia práctica y las que intervienen con singularidad en el desempeño del museo de arte. Es en el museo de arte que la pieza se viste de lo estético y lo artístico para envolver al mismo museo de esa valoración y para establecerse como institución cultural definitoria de los valores y signos del contexto en que se encuentra. Por ello se definen otras funciones, tan valiosas como las anteriores, pero que se supone son exclusivas del museo de arte y en ello reside su importancia para cuestionarlas y exponerlas al turismo como beneficiarios; atenderlas como nuevas estrategias –pretextos- para invitar a la gente a visitar el museo. De esta forma, revalorar el museo de arte como patrimonio cultural, dará, por un lado, nuevas perspectivas a las razones de los visitantes para asistir a este tipo de instituciones y por otro, cuestionar las funciones específicas de otros museos desde la administración de las instituciones.

 

Atinadamente Arthur Danto, en su texto las multitudes sedientas, ve en el museo de arte su capacidad para abstraerse de lo cotidiano y permitirse entonces, enfrentarse a la obra de arte en un espacio destinado para ello. Observa que muchas de esas obras no le son significativas para las nuevas generaciones sedientas de arte y que, sin lugar a dudas, se deben atender como prioridad. Para empatar las funciones del arte con el museo, acertadamente le llama arte del museo. Así entonces, el museo promueve una serie de experiencias que al arte se adjudican por el contenido del mismo, y, si difícilmente se puede balancear estrepitosamente hacia algún lado, las media e instituye. Entonces visitar el museo de arte implica experimentar alguna de aquellas experiencias que van más allá de las rutinarias del arte. El museo de arte acerca a la gente al concepto de arte de manera particular, debiendo permitir que las relaciones entre la obra de arte –maestra o no- y quien la observa –nuevo o no- se desenvuelvan por cuestiones personales más que grupales; no importando si el museo de arte está sostenido por colecciones académicamente  importantes o lo que muestra es una expresión joven y experimental, porque el museo tiene el beneficio de adoptar ciertas funciones del arte por “procurarlo”, pero eso debe ser reconocido por el individuo que se acerca a sus salas y las recorre.

 

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