¿...y si profano una mezquita?
Tesara*
En la ciudad de Padua, Italia, capital de la provincia del mismo nombre, se encuentra la basílica de San Antonio de Padua, el más representativo ícono de la ciudad que data del siglo trece y en el que se fusionan el arte románico, gótico y bizantino; es además un importante santuario al que llegan más de cuatro millones de peregrinos al año, venidos de todo el mundo.
Adjunto al gran atrio de la basílica se localiza una plazuela –que forma parte de la misma basílica- dedicada a San Maximiliano Kolbe, en la que diariamente se reúnen grupos de inmigrantes que por su fisonomía advierten ser originarios de India, Paquistán, Bangladesh, Marruecos, Túnez, Argelia o de cualquier otro país del norte de África, así como los llamados “rom” o gitanos.
En ese lugar, considerado sacro para el cristianismo católico, los “paisanos” que ahí se citan para mantener un ameno y relajado encuentro, tienen el hábito de disfrutar bebidas alcohólica y no alcohólicas, sin preocuparse por el destino de la basura que generan. Se evitan la molestia de caminar cerca de veinte metros para alcanzar el contenedor más lejano (sí, el más lejano) para depositar los envases vacíos. Tal vez confían en que serán los empleados de la basílica o del ayuntamiento de la ciudad, quienes habrán de resolver el destino de esos desechos.
Ignoro si sus celos por sus lugares santos sean los mismos que yo experimento con los míos. Tal vez no y por ende osan llevar a cabo tal irreverencia. Tal vez sí son devotamente practicantes del Islam, del hinduismo o de cualquier otra religión, pero como la basílica de San Antonio de Padua es un lugar sagrado ajeno al suyo, no se sienten comprometidos a practicar el respeto.
Yo me pregunto: si me atrevo a profanar un lugar santo en un país de mayoría islámica o en un templo hinduísta ¿saldré viva o me lapidan?
La jerarquía católica no ha cesado de manifestarse en contra de los gobiernos europeos que llevan a cabo redadas, discriminación, deportación y todo tipo de vejaciones en contra de los inmigrantes. Y así deber ser, de lo contrario la iglesia católica estaría lejos de ser la institución fundada por el Ser Supremo hecho hombre, quien siempre practicó el amor hacia la humanidad.
Sin embargo, esas declaraciones en defensa de los inmigrantes generan reacciones de desconcierto y molestia entre gran número de europeos occidentales. Sin dejar de reconocer la titánica tarea que realiza la iglesia a través de los numerosos centros de ayuda a inmigrantes, donde les proporcionan alimento, ropa, atención médica, además de la evangelización, se requiere que los obispos dirijan públicamente una fuerte y enérgica exhortación para que todos los inmigrantes sin distinción (léase legales e ilegales, cristianos y no cristianos, comunitarios y extracomunitarios, inmigrantes por necesidad e inmigrantes por causas menos urgentes), ejerzan un comportamiento digno y de respeto hacia las leyes y las instituciones de los países que los acogen, invitándolos a hacerse responsables de sus actos y evitando alterar con su conducta la vida y organización de tales sociedades.
La pobreza obliga a salir de la patria en busca del sustento diario. El fenómeno de la emigración, así como las manifestaciones de ignorancia, irreverencia, violencia, intolerancia, rencor, venganza y revancha, tienen diversas y complejas raíces, sobre todo en los países que fueron brutalmente colonizados por naciones europeas. Pero indiscutiblemente estamos obligados a practicar la virtud del respeto.
Durante siete días me di a la tarea de contabilizar, en un solo periódico de la ciudad de Padua, el número de lo que en México llamamos Nota Roja. En promedio se publican dieciocho de éstas, de las cuales, igualmente en promedio, once se refieren a transgresiones a la ley cometidas por inmigrantes legales e ilegales, principalmente nigerianos, chinos, rumanos, marroquíes y tunecinos.
Determinados puntos turísticos como parques, atrios de templos, monumentos, calles, así como paradas de autobuses, bares y centros comerciales, son ya nichos de operaciones de grupos mafiosos conformados en muchos casos sólo por extranjeros.
En Europa, los ciudadanos comunes saben en qué calle, parque o centro comercial, pueden localizar y re-comprar la bicicleta que les fue robada. Son también testigos de la venta de drogas en las calles del centro de su ciudad. La gente que recorre todos los días su itinerario, no deja de observar los métodos de entrega de la “mercancía”: diminutos bultos de plástico en un orificio de la pared, en un pilar, entre las jardineras y en los contenedores de basura. Pero es sobre todo en la noche cuando ese mundo de drogas y prostitución invade las calles y los ciudadanos se recogen en sus casas porque la ciudad, en ese momento, pertenece a otros.
Por fortuna existe el otro extremo: aquéllos que llegaron con el estómago vacío y cuya excelente conducta es más ortodoxa que la de los mismos comunitarios europeos.
*Tesara es una joven mexicana con estudios de posgrado. Actualmente radica en Europa.
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